19.5.14

Sobrebeber, sobrevivir

Kingsley Amis está considerado, según ha recordado el crítico José Antonio Gurpegui, como uno de "los diez mejores autores británicos del siglo XX", honor que para buena parte de los lectores anglófilos comparte con su propio hijo, Martin, ilustre representante de la nueva narrativa publicada en el Reino Unido a lo largo de las cuatro últimas décadas. Papá Amis fue un reconocido y multipremiado novelista, poeta, crítico literario y profesor, autor de una veintena de novelas, relatos breves, tres libros de poesía, guiones de radio y televisión y libros de crítica literaria y social. Y fue, además, el ser de carne y hueso más parecido al parabólico Santo Bebedor que protagoniza la leyenda relatada por Joseph Roth, algo de lo que puedo dar fe ahora que ya he pasado la última página de Sobrebeber, una compilación de tres de sus libros dedicados al drinking editada en España por Malpaso.


En el paratexto de la contratapa de esta embriagadora obra no se deja lugar a las dudas acerca de la obsesión que presidió la vida de Kingsley Amis: "La bebida no fue para él una mera contingencia o un complemento de pasiones más hondas, sino una necesidad perentoria, una alegría autónoma y, a menudo, el único argumento de la obra". En el tomo con el que acabo de saciar mi sed de literatura etílica se reúnen tres libros de artículos (Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa) publicados por Amis entre 1971 y 1984. Juntos (y gloriosamente revueltos) vienen a conformar un heterodoxo ensayo sobre el bebercio en el que se imparte doctrina sobre materias de tanta envergadura como "la naturaleza ontológica de la resaca, la dieta del beodo, los ardides del tacaño o las fórmulas (seguramente conjeturas) para eludir una borrachera".

Dichos artículos, como bien ha señalado Miqui Otero, "más que perderse en digresiones clínicas o poéticas, constituyen esa especie de guía maravillosa que se le chiva a un compañero de barra, ya que en muchos casos las reflexiones surgen de largas horas junto a coroneles condecorados en el arte de mirar el mundo a través de telescopios con forma de botella". Amis tenía claro, y lo evidencia con toda la contundencia a su alcance, que "la raza humana no ha descubierto otro sistema para eliminar barreras que resulte la décima parte de eficaz y oportuno a la hora de permitirte relacionarte con los demás en un entorno agradable: basta con interrumpir tu sobriedad". Por eso mismo podemos asegurar sin temor a equivocarnos, como hace Javier Pérez de Albéniz, que esta "apología del bebercio" está firmada por "un especialista, una esponja" que, "a juzgar por lo que cuenta, con el detalle que lo cuenta, y por la pasión que derrocha al contarlo, se lo debió beber todo".

Kingsley Amis, que no se fiaba de quienes no bebían, advierte en el prólogo que "la conversación, la risa y la bebida están conectadas de un modo especialmente íntimo y profundamente humano", y a demostrarlo consagró esta biblia etílica que no para de sumar adeptos. Para los espíritus más elevados (Gurpegui), Sobrebeber intenta "elevar a la categoría de filosofía existencial -no existencialista-, o si se prefiere de modo de vida, la ingesta de bebidas espirituosas". Para los más terrenales (Pérez de Albéniz), se trata lisa y llanamente de un libro "tan letal para el hígado como un gancho de Mike Tyson". Para mí, que ni vuelo tan alto ni me arrastro tan bajo, se trata de un irreverente (anti)manual en el que el lector no puede resistirse a subrayar frases como la siguiente: "La mujer y los demás parientes siempre están llenando la nevera, que consideran suya, incluso el congelador, de porquerías irrelevantes como la comida, sin ir más lejos".


Respecto al vino, Amis ya veía venir en el momento de redactar estos escritos (recordemos: hace entre tres y cuatro décadas) el floreo que terminaría imponiéndose: "Sigue los consejos de los tenderos, de los clubs de vinos, de los camareros que entienden y hasta de los periodistas especializados, pero ten siempre presente que el veredicto final es cosa tuya. De la misma manera que ciertos abogados mantienen sedados a sus clientes basándose en una sofisticada jerga legal, también hay esnobs del vino, supuestos expertos y vendedores celosos conspirando a tu alrededor para convencerte de que el tema es demasiado misterioso para ser abordado por una persona normal carente de asistencia continua. Esto es, por decirlo de una manera educada, una fantasmada".

En definitiva, Kingsley Amis fue, siguiendo el lenguaje empleado por nuestros ministros lenguarones, alguien que bebía por encima de sus posibilidades; un individuo que entendía la borrachera como una de las bellas artes para el que Sobrebeber fue la única manera alcanzable de sobrevivir.

17.5.14

Antídoto 2011

El tabernero me sirve una copa de Antídoto y, de primeras, no me atrevo a echarme para el cuerpo más que una pequeña dosis. Antes de continuar con la ingesta, trato de descifrar el enigma que esconde su nombre acudiendo a la contraetiqueta de su minimalista y enjoyada botella: "Del lat. antidotus: Medicina o sustancia que contrarresta los efectos nocivos de otra. Medicamento contra un veneno". Mientras intento adivinar cuál será el tósigo que trata de neutralizar este noble bebedizo, le atizo algunos apresurados tragos, con la esperanza puesta en que las nefandas consecuencias de aquel no lleguen a hacer acto de presencia.

Antídoto es el nombre con el que fueron bautizados un vino (primero) y una bodega (más tarde) puestos en marcha por Hernando y Sourdais, una pareja de winemakers francoespañola que ha hecho méritos suficientes como para que las autoridades de Atauta levanten un monumento en su honor en medio de la estepa soriana. David Hernando fue director técnico de Atalayas de Golbán de 2004 a 2010 y Bertrand Sourdais fue cofundador y director técnico de Dominio de Atauta desde su creación en el año 2000 hasta 2010, dos bodegas hermanadas que propiciaron un encuentro cuyos mejores y más variados frutos han comenzado a brotar cuando ambos responsables han quedado liberados de sus antiguos compromisos tras un cambio en la propiedad de sendas casas.

Sourdais pertenece a la quinta generación de hacendados del Domaine de Pallus, una bodega situada en Chinon, en pleno valle del Loira, dedicada a extraer lo mejor de la cabernet franc. En su currículo figuran, además, trabajos para Château Nénin en Pomerol, Álvaro Palacios y Santa Rita (Chile), Château Léoville Las Cases y Château Mouton Rothschild. Por si todo esto fuera poco, en la actualidad trabaja codo con codo junto a su esposa, Olga Escudero, en un nuevo proyecto de vinos de finca: Dominio de Es.


El objetivo de Hernando y Sourdais es prorrogar una labor dedicada durante años a producir los vinos más heterodoxos de la Ribera del Duero. El valle de Atauta forma parte del tercio más oriental de la citada denominación de origen y está fuertemente condicionado por un clima continental con influencia montañosa, caracterizado por inviernos fríos y secos, acompañados de nieve; primaveras tardías con temperaturas bajas y con una pluviometría abundante; veranos secos y cálidos, con noches relativamente frescas; y otoños de temperaturas bastante bajas.

El caldo de cultivo de la bien avenida sociedad creada en 2010 está formado por muchas y pequeñas parcelas de centenarias viñas prefiloxéricas situadas a unos mil metros de altitud, sometidas a un exhaustivo control de los rendimientos siguiendo los parámetros de la viticultura ecológica. En las flamantes bodegas Antídoto se da prioridad a las maceraciones sobre las extracciones, envejeciendo los caldos en barricas bordelesas de segundo o tercer uso con la sana intención de que la madera no se sobreponga a la expresión de la fruta.

En cuanto a los resultados, en su primera toma de contacto una de las tríadas de elmundovino.com, compuesta por Jens Riis, Víctor de la Serna y Ernestina Velasco, echó por tierra las pretensiones de los productores: "Aquí hay mucha fruta roja y negra vigorosa, un tanto escondida por una madera con recuerdos de serrín. Esperemos que se libere pronto de ella y se imponga su buena materia. Conviene esperarlo". Unos meses más tarde, De la Serna añadía su punto de vista de manera individual, corrigiendo ligeramente la percepción inicial: "Aromático, con tanta fruta negra (arándanos) como roja (grosellas, guindas). Algo marcado aún por el roble. Tánico, sabroso, muy buena acidez. Moderadamente largo final".

En su habitual tono de charanga y pandereta, David de Jorge redunda en lo ya apuntado: "Otro vino para sacarle chispas en época estival. Antídoto contra el calor, el aburrimiento y la tristeza. Un ribera soriano, muy ribera en nariz, con buena intensidad, con mucha fruta roja y negra, tostados y especias en su justa medida. Cuando lo bebes es voluptuoso pero fresco, pasa tope fluido y da un regustín del copón, con mucho peso de la fruta, y un recorrido largo y atractivo. Para pimplárselo en menos de lo que canta un gallo".

Tonterías aparte, conviene rescatar que se trata de un ribera muy ribera, complaciente con el catador pero con mucho margen de mejora para sus prestaciones.


Antídoto

2011

Tinto fino

11 meses en barrica

14,5% alcohol

DO Ribera del Duero

Viticultura y Vinificación: Hernando y Sourdais, San Esteban de Gormaz, Soria, Castilla y León, España

Embotellado: Bodegas Valhondo, Vadocondes, Burgos, Castilla y León, España

16.5.14

La bodega de Moncloa

De entre todas las meadas fuera del tiesto protagonizadas por los presidentes de Gobierno de nuestra inmadura democracia, han pasado a la reciente (intra)historia de la embriaguez administrativa aquella temeraria defensa del vino con la que Aznar se empeñó en arruinar el inocente "Si bebes, no conduzcas" de Stevie Wonder, y el eufórico "¡Viva el vino!" de Rajoy, que ha venido a sustituir de manera cachondona al "Viva España, viva el Rey, / viva el orden y la Ley" del 'Himno de la Guardia Civil' en multitud de celebraciones.

Pese a estas y algunas otras salidas de tono, los presidentes españoles nunca han sido grandes bebedores ni (mucho menos) grandes entendidos en el (para ellos) inescrutable mundo del vino. El que fuera durante treinta y dos años jefe de cocina del palacio presidencial, Julio González de Buitrago, acaba de publicar, ahora que se lo ha permitido su jubilación, La cocina de la Moncloa, un volumen en el que, más allá de las obviedades anunciadas por su título, se adentra en las filias enológicas de los inquilinos que han ido pasando por dicha residencia a lo largo de esas tres décadas largas, cuyo relato se detiene antes de la llegada de Rajoy a la presidencia.


Parece ser que la cocina gubernamental pasó del extremo en el que se instaló la familia Aznar, muy dada a los excesos cotidianos (con especial incidencia en percebes, centollas y helados de café), a la austeridad de la era Zapatero, donde se servían, mayormente, verduras para comer y ensaladas para cenar. Y algo parecido sucedía a la hora de regar los banquetes. Suárez, Calvo-Sotelo y Zapatero no bebieron mucho más de lo aconsejado por el protocolo y la bodega de Moncloa nunca se contó entre sus preocupaciones.

Distinto es el caso de Felipe González y José María Aznar, que ejemplificaron al máximo nivel la guerracivilista división que aún hoy se sigue dando entre los partidarios de Rioja y los de Ribera del Duero, aunque resulta obligado reconocer que el presidente socialista fue el encargado de incluir los vinos de Jerez en la rutina monclovita; y eso le honra.


Al margen de gustos enfrentados, la principal conclusión que se puede extraer del análisis pormenorizado de los caldos consumidos en público y en privado por los máximos mandatarios españoles es una generalizada actitud conservadora. A la hora de entregarse al bebercio, como en la mayoría de sus discutibles decisiones, los presidentes parecen dejar aparcadas las ideologías y dejarse llevar por el interés general, por la mayoría (más o menos) silenciosa, por lo malo (y lo no tan malo) conocido.

Por la bodega del palacio de la Moncloa han corrido en estos (seudo)democráticos años ríos de CVNE, Contino, Torres, Marqués de Cáceres, Marqués de Riscal, Marqués de Monistrol, Viñas del Vero, Juvé y Camps, Lustau, Vega Sicilia, Protos, Matarromera, Dehesa de los Canónigos, Mauro, Valduero, Pérez Pascuas, Pesquera, Recaredo, González Byass... Ríos archiconocidos a los que al tabernero y a mí, que hemos pasado la tarde hablando del gobierno, nos cuesta encontrarles algún afluente que denote riesgo o aventura. Pero es que la política se ha tomado al pie de la letra la recriminación que hizo Eugenio d'Ors al joven que derramó en su presencia una botella de champán probando una nueva técnica de descorche: "Los experimentos, con gaseosa".

15.5.14

Mentiras y gordas

Recuerdo que hace aproximadamente una década, el orondo Juan Manuel de Prada denunciaba desde las páginas de ABC lo que ya entonces se veía venir como una 'Cruzada contra los gordos'. Por lo tanto, no me sorprende que hace unos pocos días haya retomado el tema desde su poltrona en el suplemento dominical del vetusto diario, que ahora se hace llamar XL Semanal, gastando la misma retranca que la vez anterior. Tanto el artículo de entonces como el de ahora, inequívocamente entitulado 'Dieta', adornan sus denuncias con una cita políticamente incorrectísima parida por la mente preclara de otro geniecillo entrado en kilos, Edgar Neville, que aseguraba que el único régimen infalible es una estancia prolongada en un campo de concentración nazi.

Esta última defensa del sobrepeso puesta negro sobre blanco por el letraherido De Prada, que he ojeado en una manoseada gacetilla que andaba dando vueltas por la taberna, ha coincidido en el tiempo con otra apreciable humorada al respecto. Ricardo Moure, biólogo de la Universidad de Barcelona, se ha impuesto en la fase nacional del concurso de monólogos científicos Famelab gracias a una hilarante (mini)charla acerca de la venganza de los adipocitos, que es como se conoce en el argot profesional a las células encargadas de almacenar la grasa en el tejido adiposo, o sea, las grandes enemigas del culto al cuerpo.


Lo uno y lo otro vienen a sumarse a las provechosas obras (in)completas alumbradas por un batallón de espabilados tocapelotas que ha decidido plantar cara públicamente al catastrofismo ilustrado que asola los medios con el despreciable fin de convencernos de que el mundo está gordo (al menos un tercio de la humanidad, dicen) y que no hay mayor enemigo que la obesidad para el porvenir de la posmodernidad.

Estamos en pleno apogeo de la operación bikini y es por estas fechas cuando las dietas milagro hacen su agosto. Formamos parte, como reconoce Julio Basulto, de "una sociedad sobrepreocupada por su salud, por su peso y por su figura", y todavía hay quien se deja engatusar por cantamañanas como monsieur Dukan, que prometen imposibles milagros alimenticios a una población necesariamente crédula. Para combatir la cháchara de esos personajillos, despreciados por la comunidad científica internacional (todo hay que decirlo), los que acumulamos algunas lecturas guardamos desde antiguo un irrebatible mandamiento en la billetera: fue dictado por el doctor Gregorio Marañón en su nutritivo Gordos y flacos (1936) y dice así: "El obeso adulto, constituido, debe tener en cuenta que un adelgazamiento no será obra de un plan médico, sino de un cambio total de régimen de vida".


En esa misma línea se expresa el coñón Juan Manuel de Prada: "Pensamos que las dietas son para siempre, olvidando que los kilos son el amigo más fiel del hombre (¡y hasta de la mujer!): no importa cuántas veces reneguemos de ellos, no importa cuántas veces los dejemos plantados en cualquier esquina de la vida, los kilos siempre vuelven a nosotros, con ese gesto mohíno y enternecedor del perrillo apaleado, dispuestos a acurrucarse en nuestra cintura, para protegernos del frío". Sobre el temido efecto yo-yo, el escritor vizcaíno insiste: "Puede que los kilos huyan despavoridos al principio; pero, una vez abandonada su posición, no hacen otra cosa sino urdir estrategias para volver a abrazar al amigo que abandonaron a la ligera. Pueden tardar meses, incluso años, en volver a llamar a nuestra puerta; pero, cuando lo hacen, sabemos que nos abrazarán con un entusiasmo nuevo, arrepentidos sinceramente de su defección, porque el destierro los ha hecho más sufridos y abnegados, más resistentes e intrépidos".

El siglo XXI avanza inexorablemente pero la cruzada contra los gordos aún sigue cobrándose víctimas. La necedad generalizada hace buenas migas con el mercadeo de la dietética, y todavía se cuentan por millones los seres humanos que se prestan como cobayas a experimentos que solo devuelven disgusto y enfermedad. Para estar sano no hace falta pasar por un campo de concentración nazi. Ni siquiera es necesario perder esos kilos que al principio aparentan estar de menos y finalmente vuelven a estar de más. De momento, lo único científicamente comprobado es que el tratamiento más saludable contra el sobrepeso pasa por reírse ampliamente del tema. Por algo se empieza.

14.5.14

Borsao Barrica 2010

Cuando a Luis Tolosa le preguntan por uno "bueno" y "a precio de bolsillo", responde sin titubeos: "Cualquier vino de Borsao". El autor de Los Supervinos lleva ya algún tiempo señalando a la bodega borsaonense como una de las indiscutibles reinas del mercado low-cost pero no trabaja solo en el empeño. Papá Robert Parker ("Posiblemente el mejor vino tinto del mundo en su relación calidad precio”) y mamá Jancis Robinson ("Es el mejor vino tinto por este precio") también se han deshecho en elogios hacia los caldos zaragozanos, principalmente destinados a su Tinto Selección; y antes y después de ellos, una legión internacional de entusiastas imposible de citar aquí ha hecho lo propio. Sea como fuere, lo incuestionable a estas alturas es que Borsao se ha convertido en el motor de ese oficioso "imperio de la garnacha" que se cultiva en el Campo de Borja y en una marca respetada desde todos los niveles del escalafón enológico mundial.


La Cooperativa de Borja y la marca Borsao datan de 1958 pero no fue hasta 2001, con la unión de las cooperativas de Pozuelo y Tabuenca, cuando la empresa tomó su forma definitiva, agrupando a más de seiscientos socios que decidieron unir sus recursos humanos y, sobre todo, sus viñedos, que juntos superan un tercio de la totalidad de la Denominación de Origen Campo de Borja, cuya superficie está ocupada en un sesenta por ciento por cepas de garnacha.

La garnacha es, como bien saben los teóricos del postureo, la variedad de moda en las espurias pasarelas del vino desde que los caprichosos cazadores de tendencias han fijado su mirada en unas cepas de origen aragonés que venían de atravesar un bochornoso desprecio finisecular. Para quienes aún no se hayan coscado, la garnacha se encuentra entre las más antiguas especies de la (intra)historia vinícola y, bajo sus múltiples denominaciones, ha terminado convirtiéndose en la uva tinta más plantada en el mundo, como culminación al proceso expansivo iniciado por el reino de Aragón en el siglo XIX, que la llevó hasta el valle del Ródano, Italia y Cerdeña.

Bodegas Borsao posee en la actualidad cerca de dos mil quinientas hectáreas de viñedos situadas en el noreste de la provincia de Zaragoza y protegidas por las laderas y ondulaciones del Moncayo, que doman el cierzo del norte que infunde carácter a sus uvas. Al estar situada entremares, la región se ve afectada por un clima continental con inviernos de influencia atlántica, fríos y ventosos, y veranos de influencia mediterránea, protagonizados por las altas temperaturas. Y esos contrastes térmicos (día-noche, verano-invierno) ayudan a definir la acidez, el color y los taninos de una gama de vinos basados en la garnacha, algunos de ellos al cien por cien.


El tabernero me ha dado a probar hoy una de sus baratijas, Borsao Barrica 2010, un coupage de garnacha (60%) y tempranillo (40%) con una crianza en roble de alrededor de medio año. Me lo ha servido al tiempo que me relataba, como quitándole (y quitándose) importancia, que lo echó un día al carro de la compra (en Mercadona, donde se vende en exclusiva) mosqueado por la avalancha de alabanzas que le llovían desde todos lados a la bodega de Borja; y que había llegado la hora de hacerle un buen examen... oral, por supuesto. Pero, como a mí a la hora de esbozar notas de cata me da la risa, cedo el asunto a narices más entrenadas.

Luis Javier del Valle Vega escribe Dendecagüelu con todo lujo de detalles: "Fase visual: Color granate burdeos, sin irisaciones, de dos capas. Limpio y sin anomalías. Lagrimeo de caída media, en forma acampanada. Fase olfativa: En copa parada no muestra una gran intensidad. En copa movida, se muestra mucho más expresivo, con una buena carga frutal, de gama roja, que envuelve un correcto paso por madera con más presencia de lo deseado, que deja transmitir un leve fondo mineral y balsámico. Fase gustativa: Con entrada en boca agradable, buen cuerpo, buena estructura y correcta acidez; en su paso se muestra mucho más potente que su nariz manifestaba, afrutado y con una maduración menos agresiva de lo esperado, glicérico y con un final untuoso que deja buena carga mineral y balsámica. De persistencia media alta, en retronasal pervive su paso por barrica y en retrogusto su untuosidad balsámica".

A mí, a fuer de ser sinceros, tanta palabrería me parece una pasada para un vino que cuesta poco más de dos euros. Para esta gama de caldos, prefiero apreciaciones como la que se da en el blog Nuestra visión del vino: "No es un vino que pasará a la historia. Pero este tiene la mejor relación calidad-precio que nosotros hemos visto en un vino. Seguro que hay garnachas mejores, pero tal vez cuesten diez veces más". O la que apunta Ismael en El vino y mis historias: "La verdad es que está bastante bueno y teniendo en cuenta su precio, poco más se puede pedir". Pues eso.


Borsao Barrica

2010

Garnacha y Tempranillo

Entre 6 y 8 meses en barrica

14% alcohol

DO Campo de Borja

Bodegas Borsao, Borja, Zaragoza, Aragón, España

13.5.14

Un mal (in)necesario

"La calidad y el precio no están relacionados de ninguna manera". Cuando uno se topa con una frase como esta, de inmediato le asalta una certeza: jamás logrará adivinar si su autor es Pero Grullo o alguna eminencia del saber enciclopédico, porque cualquiera de los dos extremos estaría encantado de apropiársela. En el caso que nos ocupa, sabemos que ha sido pronunciada por el británico Miles Thomas, que no parece ni lo uno ni lo otro (es psicólogo y consultor vinícola) pero que, merced a semejante paradoja, nos deja cautivos y desarmados, pues tan rotunda afirmación esconde la misma dosis de verdad que de mentira; o de verdad y mentira al mismo tiempo, pues alguna relación deben tener el precio y la calidad, aunque sea inversamente proporcional o cueste dios y ayuda encontrarla.

El caso es que, cegado por el cebo de la frasecita de marras, mientras nadaba a contracorriente entre las turbulentas aguas de la blogosfera, he picado un sugerente anzuelo. Entre sorbo y sorbo tabernario me he dejado seducir por una entrevista realizada al ambiguo comecocos por una de mis adoradas femmes fatales del wine business patrio, Maite Corsín. Pero, esta vez, el objeto de seducción no han sido las preguntas sino las respuestas, que ofrecen algunas interesantes pistas sobre los factores que influyen en la valoración de un vino.


Miles Thomas admite, de entrada, lo que (casi) nadie está dispuesto a reconocer en este negociado: que el elemento básico para distinguir entre no catadores, catadores y supercatadores no responde a un don divino, ni a un título académico pagado a plazos, ni a una herencia nobiliaria: lo que debería diferenciar a prescriptores y prescritos a la hora de hacer examen de conciencia enológica es el número de papilas gustativas que descansan sobre la lengua esperando a ser excitadas por San Bebercio, aunque rara vez nos encontraremos un informe médico que avale la categoría profesional de un catavinos.

Según relataba un artículito publicado hace algunas semanas por Madeline Puckette, los no catadores son aquellos que no llegan a alcanzar la quincena de papilas gustativas; son catadores medios quienes atesoran entre quince y treinta receptores sensoriales; y solo pueden ser considerados supercatadores unos cuantos escogidos, condenados a intensidad perpetua, que pueden presumir de tener más de treinta papilas gustativas. Eso es lo que (pre)dispone a cualquier ser humano para percibir con claridad las excelencias de un vino. Eso, sumado a "la experiencia y el aprendizaje" que permiten "desarrollar la sensibilidad". Pero, sobre todo, eso. El resto es parafernalia.

Según Larry Lockshin, director de la Escuela de Mercadotecnia de la Universidad del Sur de Australia, "el tiempo medio para comprar un vino son 38 segundos y las decisiones se toman por la etiqueta", aunque el propio profesor reconoce que en el concepto de "calidad percibida" intervienen otros factores: para consumidores de baja implicación, "el packaging es importante, como lo es el nombre de la marca, el precio y las medallas mostradas"; para los consumidores de alta implicación, los intereses se dirigen a "guías más esenciales tales como la región, el enólogo, críticas de especialistas y recomendaciones del vendedor". Por su parte, Miles Thomas va (mucho) más allá y añade que, a la hora de juzgar un vino, "influyen todos los elementos externos, el contexto en el que es bebido (la luz o la compañía) y la personalidad como la experiencia del catador, su salud, los impactos de la memoria olfativa". Por eso, "un vino que nos encantó en verano nos puede desagradar a la vuelta a casa", que es algo que, en mayor o menor medida, nos ha ocurrido a todos los reincidentes en el maravilloso arte de pimplar.


A lo que se ve, a la hora de desentrañar el aroma y el sabor de un vino lo de menos son las cualidades organolépticas del propio caldo. Pero todavía falta lo mejor: "Los puntos para el vino son necesarios, son una ficción que usamos para entender un producto complejo", confiesa el desentendido piscólogo, que desbarata sus aportaciones anteriores intentando justificar su dictamen: "El sistema de puntuación de Robert Parker nació de un deseo de democratizar el vino y su exclusividad. Parker puede ser visto como un ejemplo de la tradición empírica de cuantificación, y su método puede ser valorado como un triunfo del pragmatismo americano sobre el misticismo francés, o bien como un reduccionismo destructivo y simplista".

A mí me parece que un reduccionismo ficticio, destructivo y simplista nunca debería ser aceptado como un mal necesario, a menos que viniera acompañado de un certificado médico con la relación detallada, cuantitativa y cualitativamente, de las papilas gustativas del catador. Parafraseando a Thomas, la calidad, el precio y los puntos no están relacionados de ninguna manera, pero a nadie se le escapa que los puntos tienen precio. Como advertía el popular soneto de Lope de Vega, "quien lo probó lo sabe".

12.5.14

La música del vino

Conrado Xalabarder, uno de los tipos que más (y mejor) controla de música cinematográfica en nuestro país, sostiene que la banda sonora compuesta por Ramin Djawadi para 'Juego de Tronos' "musicalmente -y salvo en sus partes más líricas- no es excesivamente interesante, pero sin duda es eficiente en su aplicación". Modestamente, mi parecer se aproxima mucho al del responsable del imprescindible Mundo BSO pero, desde hace una semana, cuando el tabernero me abrió los oídos a la (pen)última frikada youtubera, su tono "fantasioso/épico/legendario" me sabe distinto.


La culpa la tiene Dan Newbie, el intérprete de la versión más bizarra (hasta la fecha) del tema principal de la popular ficción televisiva. Armado con una garrafa de agua, una sartén, un cubo, un rodillo de cocina y un puñado de copas de vino, el (seudo)artista (re)interpreta en clave doméstica la danza céltica que acompaña a los títulos de crédito del serial que adapta al lenguaje audiovisual la Canción de hielo y fuego escrita por George R. R. Martin. Y, pese a lo rudimentario del experimento, consigue lo mismo que pretendía el compositor alemán a la hora de abordar el score original: domar los "aires medievales" de esa shakespeareana versión de la guerra de las Dos Rosas "desde una perspectiva moderna".


Interpretar música utilizando como instrumento principal un rosario de copas de vino se ha convertido, con el tiempo, en todo un (sub)género que nos ha regalado, a los melómanos borrachines, gloriosos momentos de placer multiplicado, como el que proporciona el visionado de la campaña creada por la compañía italiana de publicidad viral Mosaicoon para su paisana Tasca d'Almerita: doscientas cincuenta copas, ciento treinta botellas y diez músicos de la BjM Glass Orchestra de Mario Bajardi para extraer el verdadero sonido del vino de la manera más sofisticada posible.

10.5.14

Gladiator 2008

Pretende Viña Santa Marina que su Gladiator "sirva como homenaje al general emeritense Maximus Decimus Meridius, el más reconocido gladiador de la historia cuya leyenda dio origen a la famosa película". Pero la verdad es que esa pretensión da un poquito de vergüenza ajena, teniendo en cuenta que el tal Máximo Décimo Meridio, encarnado por Russell Crowe en el filme de Ridley Scott, jamás existió. Podríamos aceptar, siendo generosos con el beneficio de la duda, que el personaje esté basado en Marcus Nonius Macrinus, hombre de confiaza del emperador Marco Aurelio que ni fue gladiador ni vino al mundo en Augusta Emerita, y, apurando mucho, en Narciso, Espartaco, Cincinato y Máximo de Hispania. Pero poco más. O sea, este supuesto tributo de la bodega extremeña al término municipal en el que crecen sus viñedos (Mérida) evidencia una decisión rayana en el ridículo (tomando al pie de la letra su enunciado), pues incluso el origen emeritense del 'Gladiator' ficticio es producto exclusivo del doblaje a nuestra lengua, ya que el general que defendía que "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad" se declaraba oriundo de Trujillo (Cáceres) en la versión original del larguísimo metraje.


Viña Santa Marina es, por decirlo en términos vitícolas, un pequeño zarcillo nacido del tallo principal de los Alvear de toda la vida, una noble estirpe de bodegueros que brotó en Nájera (La Rioja), antigua capital del Reino de Navarra, pero que echó raíces en Montilla (Córdoba) en el siglo XVIII. El que fuera durante décadas director de la bodega familiar, Álvaro de Alvear, decidió en 1999 emprender una nueva aventura junto a la enóloga Yolanda Piñero, asentándose por la vía del chanchullo (condiciones a medida, precio de ganga) a los pies de la sierra de Lamoneda, donde parece ser que en la época romana ya se elaboraban vinos muy apreciados en el imperio.

En el arranque de lo que antiguamente fue la Vía de la Plata (por seguir con la presunta filiación latina de la casa), se extiende una finca de unas doscientas hectáreas, de las cuales sesenta y una son de viñedo conducido en espaldera y el resto de bosque mediterráneo perfectamente conservado. El suelo que nutre sus viñas es de origen granítico, de estructura arenoarcillosa y de profundidad moderada con zonas de abundante canto que favorecen el drenaje, mientras que el clima que las arropa es típicamente mediterráneo, con inviernos fríos, veranos secos, largos y cálidos, y transiciones abundantes en lluvias.


De entre las variedades plantadas en Viña Santa Marina, sobresalen las tres de origen francés que forman el coupage de Gladiator: syrah (60%), cabernet sauvignon (30%) y petit verdot (10%). Según sus productores, la primera "es una suntuosa uva, para hacer vinos de textura sedosa, especiados, persistentes en la boca. Tiene un buen envejecer, los vinos pasan de plenos, atractivos cuando son jóvenes, a ganar personalidad y sólido carácter con el tiempo"; la segunda es considerada "la reina para la crianza de vinos. Procede de Burdeos, donde es la base de los vinos importantes, y desde allí ha viajado por todo el mundo, gracias a su gran capacidad para adaptarse a diferentes zonas sin perder calidad y carácter"; por último, la tercera es "original del suroeste francés. Con buenas características para vinos vigorosos, de larga vida, de lento envejecimiento, profundo color, aporta tanicidad, acidez, acompleja los aromas".

Mediante el ensamblaje de estas tres variedades, y tras un envejecimiento de doce meses en barricas de roble francés y americano, se obtiene, según la nota de cata personal del advocate Robert Parker, un vino de "color púrpura de capa cubierta" que "ofrece un atractivo bouquet de ahumados, caza, violetas, pimientos, arándanos y moras" y "frutas dulces" en un paladar "redondo, sedoso"; un vino, por consiguiente, "largo y placentero que se beberá bien durante una década". Pero a esa opinión no hay que echarle mucha cuenta: vale lo que costó convencer al gurú de Baltimore de que catara el caldo, con la (in)estimable colaboración de la enóloga emeritense María Isabel Mijares, aprovechando una visita a nuestro país para recibir la Gran Cruz del Mérito Civil.

Sin embargo, mucho más justa con lo que yo he bebido hoy en la taberna me parece la sucinta valoración del equipo de elmundovino.com compuesto por Víctor de la Serna, Juancho Asenjo y Ernestina Velasco: "Algo vegetal, agradable de entrada, cuerpo medio, con un final amargoso y no excesivamente logrado". Ni más ni menos.


Gladiator

2008

Syrah, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot

12 meses en barricas de roble francés y americano

13,5% alcohol

Vino de la Tierra de Extremadura

Viña Santa Marina, Mérida, Badajoz, Extremadura, España

9.5.14

Cervezas de película

Dedico la primera tarde de asueto del fin de semana a enredar en la taberna retrocediendo casi un siglo en el tiempo (por gentileza de internet) y saltando hasta el otro lado del otro lado del charco, concretamente hasta San Francisco. En la pacífica ciudad californiana se mantiene activa desde hace casi diecisiete años una cervecería artesanal que adoptó como nombre una palabreja que forma parte de la mitología particular de aquellos que sentimos una atracción fatal por eso que Albert Pla llamó "el lado más bestia de la vida" adaptando a nuestra lengua el "wild side" loureediano. El término en cuestión es 'speakeasy' y, para mi sorpresa, el traductor de Google me lo devuelve convenientemente adaptado: "bar clandestino".


En efecto, speakeasy (hablar bajito) era la denominación recibida por los establecimientos que dispensaban tragos de manera ilegal durante la Ley Seca, una enmienda constitucional que se prolongó desde 1920 hasta 1933 y que prohibía la venta, importación, exportación, fabricación y transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio de los Estados Unidos. Desde 1997, Speakeasy es, además, la marca que vende algunas de las cervezas mejor envueltas del mundo, gracias a la lógica asociación entre sus productos y el ambiente gansteril.


La mafia se puso las botas con el contrabando de alcohol durante los años que duró la Prohibición y el cine negro se encargó de inmortalizar su estética, que desde entonces ha supuesto una tentación irrechazable para los cinéfilos. Conscientes de ese legendario atractivo, los responsables de la cervecera Speakeasy encargaron al estudio Emrich Co. un diseño para el etiquetado y empaquetado de sus creaciones líquidas que recreara los peliculeros ambientes habitados por temibles gánsteres, turbadoras mujeres fatales, ambiguos detectives y policías intocables, logrando dar forma a una serie con la que a los coleccionistas de placeres se nos hace la boca agua, por la forma y por el fondo, por decirlo en términos gestálticos.

8.5.14

La arquitectura atroz

Somos horteras hasta para premiar. Justo ahora que hemos conseguido pinchar (ojalá que irreversiblemente) la burbuja megalómana, ahora que la (de)construcción abracadabrante está de ca(s)pa caída, ahora que los presupuestos elefantiásicos duermen el sueño de los (in)justos... justo ahora, en fin, que los medios de comunicación de masas comienzan a preguntar(se) si será verdad que se acerca el final de la arquitectura del absurdo, a nuestros gerifaltes culturales no se les ha podido ocurrir una idea más brillante que nombrar Príncipe de Asturias de las Artes a Frank O. Gehry, un estomagante fulano obsesivamente empeñado en retorcer (literalmente) la realidad en sus arquitectónicos desvaríos. El acta del jurado, entre cuyas lumbreras se encuentra madame Foster (o sea, Elena Ochoa, efímera sexóloga catódica y pretenciosa mecenas cultureta cuyo bagaje se limita a vivir a la sopa boba) no tiene desperdicio: "Sus edificios se caracterizan por un juego virtuoso con formas complejas, por el uso de materiales poco comunes, como el titanio, y por su innovación tecnológica, que ha tenido repercusión también en otras artes". Raro, raro, raro, que diría 'Papuchi'.

Pero no todo el mundo parece de acuerdo con esa tesis. Como recuerda Mónica Zas Marcos en una de las crónicas de urgencia publicadas estos días, la de Gehry "no es una arquitectura con la que sea fácil comulgar, sobre todo por los costes que suponen siempre sus grandilocuentes proyectos. En el sector hay quienes le consideran un genio innovador y otros que piensan que es una burda imitación multimillonaria de Salvador Dalí. Uno de los más críticos es el profesor y ex presidente de la Universidad de Boston, John Silber. Con su libro Architecture of the Absurd: How 'Genius' Disfigured a Practical Art, dirigió un cañón de agua fría hacia Gehry, acusándole de hacer triunfar el capricho sobre la racionalidad". Y no es el único. Esteban Ramón añade a la lista de enemigos íntimos de míster Gehry a "la corriente más funcional y cartesiana de la arquitectura", que reprocha al proyectista norteamericano "que sus edificios desperdician recursos estructurales en beneficio de formas sin utilidad".


"La arquitectura atroz", sostiene el genial Cristian Campos, "es a la arquitectura lo que Rossy de Palma al canon de belleza femenina. Algo considerado por la sabiduría popular como feo pero aún y así magnético y de lo que no puedes apartar la vista por más que lo intentes con toda tu alma". Lo mismo que un reciente artículo publicado en El País denominaba "gran arquitectura" para referirse discreta aunque publerinamente a "esa arquitectura faraónica y de presupuestos megalómanos con la que decenas de arquitectos estrella de todo el mundo engatusan a esos parvenus provincianos con ansias de pisto social a los que nosotros llamamos políticos". La obra (sin gracia) de unos diseñadores a los que el puñetero Campos atiza sin piedad: "Luego ves las casas de los arquitectos que han construido esos horrores... ¡y son todas convencionales! Con sus suelos de madera, sus ventanas, sus jardines y sus terrazas. Pero a la hora de ponerse a diseñar parecen poseídos por el espíritu de los materiales más sucios, incómodos y desagradables que han sido capaces de encontrar y de distribuir en las disposiciones más absurdas imaginables".

Con estas maledicencias nos desahogamos el tabernero y un servidor (que defendemos la calidad de la construcción por encima de la plasticidad de las formas) al tiempo que, por nuestra cuenta, ponemos a caer de un burro la parida gehryana que nos toca más de cerca, ese pegote añadido a estilo melacargué a las bodegas Marqués de Riscal para completar la Ciudad del Vino de Elciego, el complejo enoturístico más visitado de la Rioja Alavaesa. Sobre ese tectónico churro, que tiene toda la pinta de haber sido diseñado en estado de embriaguez, confesó Gehry en su día: "He querido hacer algo excitante, de fiesta, porque el vino es placer". Pues para ti la perra gorda, principesco monstruo. ¡Chin, chin!