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19.5.14

Sobrebeber, sobrevivir

Kingsley Amis está considerado, según ha recordado el crítico José Antonio Gurpegui, como uno de "los diez mejores autores británicos del siglo XX", honor que para buena parte de los lectores anglófilos comparte con su propio hijo, Martin, ilustre representante de la nueva narrativa publicada en el Reino Unido a lo largo de las cuatro últimas décadas. Papá Amis fue un reconocido y multipremiado novelista, poeta, crítico literario y profesor, autor de una veintena de novelas, relatos breves, tres libros de poesía, guiones de radio y televisión y libros de crítica literaria y social. Y fue, además, el ser de carne y hueso más parecido al parabólico Santo Bebedor que protagoniza la leyenda relatada por Joseph Roth, algo de lo que puedo dar fe ahora que ya he pasado la última página de Sobrebeber, una compilación de tres de sus libros dedicados al drinking editada en España por Malpaso.


En el paratexto de la contratapa de esta embriagadora obra no se deja lugar a las dudas acerca de la obsesión que presidió la vida de Kingsley Amis: "La bebida no fue para él una mera contingencia o un complemento de pasiones más hondas, sino una necesidad perentoria, una alegría autónoma y, a menudo, el único argumento de la obra". En el tomo con el que acabo de saciar mi sed de literatura etílica se reúnen tres libros de artículos (Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa) publicados por Amis entre 1971 y 1984. Juntos (y gloriosamente revueltos) vienen a conformar un heterodoxo ensayo sobre el bebercio en el que se imparte doctrina sobre materias de tanta envergadura como "la naturaleza ontológica de la resaca, la dieta del beodo, los ardides del tacaño o las fórmulas (seguramente conjeturas) para eludir una borrachera".

Dichos artículos, como bien ha señalado Miqui Otero, "más que perderse en digresiones clínicas o poéticas, constituyen esa especie de guía maravillosa que se le chiva a un compañero de barra, ya que en muchos casos las reflexiones surgen de largas horas junto a coroneles condecorados en el arte de mirar el mundo a través de telescopios con forma de botella". Amis tenía claro, y lo evidencia con toda la contundencia a su alcance, que "la raza humana no ha descubierto otro sistema para eliminar barreras que resulte la décima parte de eficaz y oportuno a la hora de permitirte relacionarte con los demás en un entorno agradable: basta con interrumpir tu sobriedad". Por eso mismo podemos asegurar sin temor a equivocarnos, como hace Javier Pérez de Albéniz, que esta "apología del bebercio" está firmada por "un especialista, una esponja" que, "a juzgar por lo que cuenta, con el detalle que lo cuenta, y por la pasión que derrocha al contarlo, se lo debió beber todo".

Kingsley Amis, que no se fiaba de quienes no bebían, advierte en el prólogo que "la conversación, la risa y la bebida están conectadas de un modo especialmente íntimo y profundamente humano", y a demostrarlo consagró esta biblia etílica que no para de sumar adeptos. Para los espíritus más elevados (Gurpegui), Sobrebeber intenta "elevar a la categoría de filosofía existencial -no existencialista-, o si se prefiere de modo de vida, la ingesta de bebidas espirituosas". Para los más terrenales (Pérez de Albéniz), se trata lisa y llanamente de un libro "tan letal para el hígado como un gancho de Mike Tyson". Para mí, que ni vuelo tan alto ni me arrastro tan bajo, se trata de un irreverente (anti)manual en el que el lector no puede resistirse a subrayar frases como la siguiente: "La mujer y los demás parientes siempre están llenando la nevera, que consideran suya, incluso el congelador, de porquerías irrelevantes como la comida, sin ir más lejos".


Respecto al vino, Amis ya veía venir en el momento de redactar estos escritos (recordemos: hace entre tres y cuatro décadas) el floreo que terminaría imponiéndose: "Sigue los consejos de los tenderos, de los clubs de vinos, de los camareros que entienden y hasta de los periodistas especializados, pero ten siempre presente que el veredicto final es cosa tuya. De la misma manera que ciertos abogados mantienen sedados a sus clientes basándose en una sofisticada jerga legal, también hay esnobs del vino, supuestos expertos y vendedores celosos conspirando a tu alrededor para convencerte de que el tema es demasiado misterioso para ser abordado por una persona normal carente de asistencia continua. Esto es, por decirlo de una manera educada, una fantasmada".

En definitiva, Kingsley Amis fue, siguiendo el lenguaje empleado por nuestros ministros lenguarones, alguien que bebía por encima de sus posibilidades; un individuo que entendía la borrachera como una de las bellas artes para el que Sobrebeber fue la única manera alcanzable de sobrevivir.

16.5.14

La bodega de Moncloa

De entre todas las meadas fuera del tiesto protagonizadas por los presidentes de Gobierno de nuestra inmadura democracia, han pasado a la reciente (intra)historia de la embriaguez administrativa aquella temeraria defensa del vino con la que Aznar se empeñó en arruinar el inocente "Si bebes, no conduzcas" de Stevie Wonder, y el eufórico "¡Viva el vino!" de Rajoy, que ha venido a sustituir de manera cachondona al "Viva España, viva el Rey, / viva el orden y la Ley" del 'Himno de la Guardia Civil' en multitud de celebraciones.

Pese a estas y algunas otras salidas de tono, los presidentes españoles nunca han sido grandes bebedores ni (mucho menos) grandes entendidos en el (para ellos) inescrutable mundo del vino. El que fuera durante treinta y dos años jefe de cocina del palacio presidencial, Julio González de Buitrago, acaba de publicar, ahora que se lo ha permitido su jubilación, La cocina de la Moncloa, un volumen en el que, más allá de las obviedades anunciadas por su título, se adentra en las filias enológicas de los inquilinos que han ido pasando por dicha residencia a lo largo de esas tres décadas largas, cuyo relato se detiene antes de la llegada de Rajoy a la presidencia.


Parece ser que la cocina gubernamental pasó del extremo en el que se instaló la familia Aznar, muy dada a los excesos cotidianos (con especial incidencia en percebes, centollas y helados de café), a la austeridad de la era Zapatero, donde se servían, mayormente, verduras para comer y ensaladas para cenar. Y algo parecido sucedía a la hora de regar los banquetes. Suárez, Calvo-Sotelo y Zapatero no bebieron mucho más de lo aconsejado por el protocolo y la bodega de Moncloa nunca se contó entre sus preocupaciones.

Distinto es el caso de Felipe González y José María Aznar, que ejemplificaron al máximo nivel la guerracivilista división que aún hoy se sigue dando entre los partidarios de Rioja y los de Ribera del Duero, aunque resulta obligado reconocer que el presidente socialista fue el encargado de incluir los vinos de Jerez en la rutina monclovita; y eso le honra.


Al margen de gustos enfrentados, la principal conclusión que se puede extraer del análisis pormenorizado de los caldos consumidos en público y en privado por los máximos mandatarios españoles es una generalizada actitud conservadora. A la hora de entregarse al bebercio, como en la mayoría de sus discutibles decisiones, los presidentes parecen dejar aparcadas las ideologías y dejarse llevar por el interés general, por la mayoría (más o menos) silenciosa, por lo malo (y lo no tan malo) conocido.

Por la bodega del palacio de la Moncloa han corrido en estos (seudo)democráticos años ríos de CVNE, Contino, Torres, Marqués de Cáceres, Marqués de Riscal, Marqués de Monistrol, Viñas del Vero, Juvé y Camps, Lustau, Vega Sicilia, Protos, Matarromera, Dehesa de los Canónigos, Mauro, Valduero, Pérez Pascuas, Pesquera, Recaredo, González Byass... Ríos archiconocidos a los que al tabernero y a mí, que hemos pasado la tarde hablando del gobierno, nos cuesta encontrarles algún afluente que denote riesgo o aventura. Pero es que la política se ha tomado al pie de la letra la recriminación que hizo Eugenio d'Ors al joven que derramó en su presencia una botella de champán probando una nueva técnica de descorche: "Los experimentos, con gaseosa".

23.4.14

Vino de hierro y cordobán

Desde 1996, cada 23 de abril se celebra, con el aval de la Unesco, el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor. Se eligió esta fecha porque las convenciones la señalaban como el día más funesto de la historia de la literatura universal, dando por bueno que Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega la diñaron en la misma jornada del año 1616, aunque, en realidad, el 'Príncipe de los Ingenios' murió un día antes y el 'Bardo de Avon' el 23 de abril del calendario juliano, que viene a ser el 3 de mayo de nuestro calendario gregoriano. Pero, entre la leyenda y la verdad, los gerifaltes de la mercadotecnia globalizadora optaron por la leyenda, como la prensa en 'El hombre que mató a Liberty Valance'.

El caso es que, en España, el sector libresco aprovecha la efeméride para vender algunos miles de ejemplares que el resto del año cuesta sangre, sudor y lágrimas encasquetar, al tiempo que las autoridades estatales hacen entrega del premio Cervantes, que esta vez ha recaído en la escritora mexicana Elena Poniatowska. Los más clásicos, en cambio, preferimos rendir tributo al libro releyendo algún pasaje del más insigne de entre los escritos en nuestra lengua, Don Quijote de la Mancha. Este año, el tabernero y yo hemos seleccionado para la ocasión un trasunto de nuestras ordinarias tribulaciones: un divertido pasaje incluido en el capítulo XIII de su segunda parte. En él, mientras el Caballero de la triste Figura y un desconocido Caballero del Bosque debaten sus respectivas cuitas amorosas, sus escuderos se escabullen con la noble intención de permitir que sus amos "se den de las astas". Sancho Panza y el paje del Bosque se enzarzan en una suerte de entremés que tiene al vino como protagonista y que dice así:


"Escupía Sancho a menudo al parecer un cierto género de saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo:
—Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas, pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo que es tal como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara, y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar tan grande, que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
—¿Y esto trae vuestra merced consigo, señor?
—Pues ¿qué se pensaba? —respondió el otro—. ¿Soy yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta, y dijo:
—Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de encantamento, parécelo a lo menos, y no como yo, mezquino y malaventurado, que solo traigo en mis alforjas un poco de queso tan duro, que pueden descalabrar con ello a un gigante; a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo.
—Por mi fe, hermano —replicó el del Bosque—, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren; fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.
Y diciendo esto se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro dijo:
—¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!
—¿Veis ahí —dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho— como habéis alabado este vino llamándole «hideputa»?
—Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar «hijo de puta» a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?
—¡Bravo mojón! —respondió el del Bosque—. En verdad que no es de otra parte y que tiene algunos años de ancianidad.
—¿A mí con eso? —dijo Sancho—. No toméis menos sino que se me fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha, para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua; el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro; el segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia y que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas.
—Por eso digo —dijo el del Bosque— que nos dejemos de andar buscando aventuras; y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.
—Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré, que después todos nos entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura".

10.4.14

La tradición y el plagio

"Todo lo que no es tradición es plagio". Esa lección la damos por sabida, por lo menos, desde que Eugenio d'Ors la patentara hace poco más de un siglo en forma de aforismo. Y nada tiene de malo la posmoderna deshumanización del arte, que diría Ortega, pero de vez en cuando conviene poner algo de orden en un anónimo totum revolutum que mezcla con demasiada alegría originalidad y copia, verdad y mentira.

Viene esto a cuento porque hoy ha pasado por la taberna un grupo de turistas suecos y, de refilón, he visto que uno de ellos leía absorto lo que luego he sabido que era una versión evangélica cristiana de la modernosa novela policíaca nórdica. Se trataba de Döden ett bekymmer, una devota historia de detectives escrita a cuatro manos por los veteranos Torgny Lindgren y Eric Åkerlund que es, a su vez, una reelaboración de otra colaboración anterior, Den röda slöjan (1990). Pero lo que me ha llamado la atención no ha sido el título, ni los autores, ni el género, ni la temática, ni la lengua original del librito de marras. Lo que me ha despertado de la modorra provocada por los efectos del tintorro ha sido la ilustración de la portada: un dibujo del cotizado Jonas Bergstrand fechado en 2003 que recuerda demasiado a una de las fotografías más reconocibles de Chema Madoz, tomada en 1987. Tanto en la una como en el otro, aparece una mujer en segundo plano; delante de ella, en ambos casos, una copa (siempre una copa) con forma de triángulo invertido estratégicamente colocada hace las veces de pubis; cada una con sus respectivas particularidades pero sospechosamente parecidas.


Semejante plagio fue destinado, curiosamente, a envolver una novela de Lindgren, un autor que en una obra previa dedicada a reflexionar sobre la autenticidad de la obra de arte, En elogio de la verdad (1991), había escrito: "Eso que llaman falsificaciones es la única expresión verdadera de nuestra época". Así que el fraudulento envoltorio no podía ser más apropiado.

Sucede, sin embargo, que algunos todavía preferimos el original (en el más amplio sentido del término) a la copia. En este caso concreto, y por decirlo con palabras del maestro Fernando Castro Flórez, esa "suerte de poesía sonriente en la que los objetos entran en relaciones que no son tanto absurdas cuanto una singular codificación, que podría entenderse nombrando los tropos de la metáfora o la metonimia"; esa "particular reiteración funcional"; ese "simbolismo de una enorme densidad"; esa "finura increíble con los parecidos"; o esa "deriva hacia la heterogeneidad de lo imaginario en clave surrealista" que protagonizan la obra de uno de nuestros fotógrafos imprescindibles, Chema Madoz.

7.3.14

Alcohol en las venas

Ha muerto Lepoldo María Panero, "el último poeta", según el mayor experto en su obra, Túa Blesa. Hará un par de años, en una extensa entrevista para el magazine Jot Down concedida durante un breve paréntesis en su reclusión psiquiátrica, Carlos H. Vázquez le tentaba con asuntos mundanos: "[Wallace] Stevens dice que 'el dinero es una clase de poesía'. ¿Tampoco echa de menos el dinero?"; cuestión a la que el poeta (más) maldito de nuestras letras respondía, antes de echarse unas risas: "No sé para qué sirve el dinero si no es para gastárselo en vino".


Antonio Lucas ha advertido en su prontuario de despedida: "El día que alguien tenga el coraje y la paciencia de cribar ese bulímico bosque de versos veremos el tamaño y el calado de un poeta extraordinario". Porque la obra de este loco desencantado esconde entre sus centenares de páginas a "uno de los mayores y más originales poetas que ha dado la literatura española en las últimas cuatro décadas" (Benjamín Prado).

Una de sus creaciones más notables (y una de mis preferidas) es La canción del croupier del Mississippi (1980), un autorretrato a medio camino entre el monólogo interior y la letanía que dice mucho de su vida pero, sobre todo, de su obra, de su poética. Sirvan como homenaje hacia su incómoda figura estos ebrios versos entresacados de dicha canción que hoy hemos releído a dos voces (y ante sendas copas de vino) el tabernero y yo:

"Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan
".
[...]
"Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre,
que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
-ginebra y cerveza, por ejemplo-
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en 'Dulce pájaro de juventud'
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma
".
[...]
"Y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre Le livre des masques de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas
'Fifteen men on the Dead Man's Chest
Fifteen men on the Dead Man's Chest
Yahoo! And a bottle of rum!".

4.3.14

Gatos por liebres

En un puñado de tardes tabernarias me he merendado Lo que hemos comido, una arcaica (y sin embargo deliciosa) declaración de intenciones publicada por Josep Pla en 1972 y reeditada ahora como libro de bolsillo por Austral. Extraído del prólogo encargado a Manuel Vázquez Montalbán con ocasión de su primera traducción al castellano en 1997, 'El verdadero profeta de la cocina mediterránea' es el provocador subtítulo que luce en su fachada la presente edición de una obra menor pero insoslayable en la trayectoria de un autor definido por Francisco Fuster como "un auténtico especialista a la hora de maridar las salsas y las letras".


Para abrir boca, tomemos como aperitivo un somero autorretrato esbozado por el propio Pla a modo de propósito de su obra:

"Yo nunca he sido cocinero. No tengo la menor idea sobre recetas culinarias. Lo que me interesa de la cocina son los resultados, la eficacia. Nunca he sido ni un gourmet ni un gourmand. Mi capacidad de absorción de alimentos siempre ha sido muy precaria. Es probablemente éste el motivo por el que he llegado a vivir algunos años. Estos papeles los escribo habiendo cumplido setenta y cuatro años, que ya son muchos. Mi ideal culinario es la simplicidad, compatible en todo momento con un determinado grado de sustancia. Pido una cocina simple y ligera, sin ningún elemento de digestión pesada, una cocina sin taquicardias. El comer es un mal necesario y, por tanto, se ha de airear".

Acaso sea cierta la anotación con la que la editorial promociona su flamante producto ("La cocina auténtica, sin prisa y con amor al prójimo que reclamaba Pla, parece renacer en el presente"), pero no conviene olvidar que hace cuatro décadas el autor ampurdanés ya denunciaba (de ahí lo de "profeta") las moderneces de un país que a duras penas dejaba atrás el hambre y el racionamiento, a los que ahora volvemos:

"La cocina como arte de lentitud, paciencia, moderación y calma va de capa caída. Me gustaría saber si es posible hacer algo en este mundo, si no es a base de observación y de calma. Todo lo que no sea obedecer este principio es una pura fantasía para primarios. Ahora se quiere hacer una cocina llamada revolucionaria: a procedimientos tradicionales y arcaicamente meditados se les aplica este adjetivo de la más repugnante demagogia. Vayan entrando, si así lo desean, en la cocina revolucionaria, y cada día comerán peor. ¡La cosa es tan notoria y tan clara!".

Si aún estuviera entre nosotros, Pla desmontaría la cocina de vanguardia con la misma facilidad de cuando entonces:

"La cocina lujosa, única, excepcional, basada en algún romántico sacrificio, en algún esfuerzo inusitado o en algo nunca visto es una fuente de enormes desilusiones y desengaños. La cocina es perfectamente compatible con un punto de decorativismo exterior, pero de aquí no se pasa. La cocina, toda forma de cocina, es limitada. Convertir las liebres en gatos o los gatos en liebres por razones de distinción, de esnobismo o de romanticismo es un error garrafal, una absoluta insensatez. En la cocina, el trasfondo de normal demencia humana es inadmisible: se puede hacer el loco en cualquier otro ámbito vital, jamás en la cocina".


Lo que hemos comido fue excelentemente digerido por otros ilustres comilones de nuestras letras como Nestor Luján ("El gran libro de gastronomía que todos esperábamos de él") o Joan Perucho ("Un monumento literario a la cocina general del país"), alistados en el mismo bando que aquel que advertía: "Frente a la cocina, pues, soy un tradicionalista recalcitrante, un conservador enconado. No aspiro a contribuir a ninguna revolución culinaria, sino todo lo contrario: a salvar todo lo que sea salvable".

En cuanto al bebercio, Valentí Puig ha rescatado desde el ámbito académico una jugosa anécdota protagonizada por quien se tenía por orgulloso solterón: "Por lo que sé, Pla tenía un buen paladar, un paladar fino, pero nunca comió mucho. Más bien poco. Seguramente bebía más que comía. Como pequeño propietario rural, en la declaración de Abastos, en la casilla de 'estado' acostumbraba a poner: 'Ligeramente alcohólico”. O sea, uno de los nuestros.

30.1.14

Contra el vino del presente

Perdón por la tristeza pero hoy ha muerto Félix Grande, tan cercano en lo material y en lo spirituals (que diría él) por cuestiones que no vienen al caso. Enmudecidos por la pena, el tabernero y yo hemos gastado la tarde (re)leyendo algunos envinados párrafos de su monumental Memoria del flamenco, como aquel en el que denuncia la intrascendencia del vino del presente:
"Hay un vino intermedio. No tiene relación con la memoria: no quiere asesinarla, no quiere acentuarla. Es un vino ruidoso, que ayuda a hablar, a reír, finalmente a dormir. Se toma en grupo, con abundancia y sin hacerle caso: no se cohabita con él, se le utiliza. Es el vino de las fiestas de fecha fija, es un vino excitante, veloz, sin imaginación. Junto a él hay sonidos de tenedores, músicas voluminosas de aparatos de radio, gritos de camareros o de anfitriones o invitados. Es un vino que comparece en las reuniones familiares, en muchas bodas y bautizos, en los sábados que lograron eludir la desgracia de las horas vacías. No tiene relación con la memoria. A este vino no se lo bebe con desesperación, ni con rencor, ni con autopiedad; tampoco se lo bebe con parsimonia y corazón, con lenta plenitud, con inteligencia del mundo. Se lo bebe, quizá entre baile y baile, con avidez casual, o con una alegría que no tiene conciencia de su propio milagro, una alegría municipal, útil, muy sana, no muy conmovedora. Éste es el vino del presente. Sus consumidores no soportan, creo, demasiados sufrimientos inexplicables; tampoco, creo, sus emociones enigmáticas son demasiado duraderas. Utilitario y subalterno, es un vino eficiente, sin compromisos, sin pasión, sin heridas. Es el vino que tiene mayor número de parroquianos, ni desdichados en exceso, ni emocionados en exceso: de parroquianos sin exceso. Os juro que no hay desprecio en este boceto de una manera de beber. Yo no desprecio a nadie. Pero amo la memoria →ese cordón umbilical del tiempo →ese cordón umbilical del mundo. Amo ese instante de la memoria en que, reventando de nombres y de años y de emoción y de dolor, alcanza ese estado al que se ha hallado un nombre hermoso: los sentimientos oceánicos, las emociones oceánicas. Allí no llega este vino intermedio. Este es el vino del presente. No tiene relación con la memoria. No necesita asesinarla. No necesita acentuarla. Es autosuficiente: es pequeño. Es un vino que no busca al olvido, pero finalmente lo encuentra: en el sueño, en la fatiga, en el embotamiento, en la indiferencia de la repetición. Y ese olvido, aunque sin crispación, de algún modo también sustituye a la vida. De algún modo, la usurpa. De los días, de los hechos monótonos y repetidos, se desprende, fantasmal, la ceniza del Universo. Este vino intermedio no reaviva el incendio de vivir. Sin vehemencia, sin hondura, modesto, el vino del presente carece incluso de lo que tiene aún el vino trágico: la lenta y solitaria lágrima que se enfría".


Ha muerto Félix Grande, el poeta que nos dejó en herencia un soneto (El vino a solas, la memoria ardiendo) cuyos sobrios tercetos finales hoy cobran un nuevo (y doloroso) sentido:

"Delicada catástrofe; desgracia taciturna.
La escasa fe maltrecha que queda se embadurna
en interrogaciones sin futuro ni afán. 
Y me he quedado solo, sin sombra, mortecino,
rebuscando calor en mi aterido vino.
La vida nos engaña, las cosas se nos van".

9.1.14

Esto (no) es Jauja

Entre trago y trago, ojeo (y hojeo) en la taberna una revistilla entitulada XLSemanal, a la sazón suplemento dominical del vetusto (y desnortado) diario ABC, y entre sus páginas me topo con un publirreportaje destinado a encasquetarnos el último engañabobos del renacentista Umberto Eco, a quien veo en los últimos tiempos mucho más apocalíptico que integrado. El tomo en cuestión pretende ser una Historia de la tierra y los lugares legendarios, y al redactor de turno de la gaceta ilustrada que me traigo entre manos le ha sido encomendada la ardua tarea de entresacar de sus páginas un puñado de extractos que alimenten las (supuestas) ansias lectoras de unos españolitos que las pasarán canutas para reunir los cuarenta y cinco eurazos que pide la editorial Lumen por el lujoso artefacto.

Por lo que a mí respecta, con este aperitivo tengo más que suficiente, así que ya tienen garantizado un lector (y un comprador) menos. Pero centrándonos en las líneas que más me afectan por culpa de mis vicios (y virtudes) blogueros, o sea, aquellas en las que se rastrean los orígenes de Jauja, digamos que la indagación del semiótico piamontés no pasa de paupérrima, pues prima en ella una cegata visión macarroni de la cultura universal que olvida (o prentende olvidar) que el germen del mito jaujiano, como bien recuerda nuestra Real Academia Española, se sitúa en un valle homónimo del Perú famoso por la riqueza de su territorio, motivo por el cual el sustantivo 'Jauja' "denota todo lo que quiere presentarse como tipo de prosperidad y abundancia". Sin embargo, don Umberto solo se hace eco de las fuentes que le cuadran para que su relato quede plagado de mascarpone, marzolino y mortadela. Lee, si no, lo que nos cuenta acerca del reino de la abundancia, y juzga tú mismo:
"En ciertas leyendas, el paraíso terrenal adopta una forma totalmente materialista: el País de Jauja. El nombre aparece por primera vez en un poemilla del siglo X, pero la composición más antigua que ha llegado hasta hoy es del siglo XIII, en el que el autor dice haber viajado, por encargo del Papa, al País de Jauja, donde aparecen todas las maravillas que luego se repiten. En El perro de Diógenes, de Francesco Fulvio Frugoni (1687), la isla de Jauja está situada en el mar del Calducho, 'envuelta en una niebla blanca que parecía cuajada. [...] Corren ríos de leche y manan fuentes de moscatel, malvasía y vino dulce. Los montes son de queso y los valles, de mascarpone. De los árboles cuelgan marzolinos y mortadelas'.
La tradición es imprecisa respecto a la ubicación. La tierra de Bengodi, la Jauja que se describe en El decamerón, donde se atan los perros con longanizas, está situada en 'el país de los vascos'. En un drama religioso germano, el Schlaraffenland nombre alemán de este país feliz se encuentra entre Viena y Praga. En un poemilla inglés aparece en medio del mar, al oeste de España. Ahí se dice, además, que Jauja es mejor que el Paraíso, donde para comer solo hay fruta y para beber, solamente agua. Y es que la leyenda de Jauja no nace en ambientes místicos, sino entre las masas populares que padecen un hambre secular".

27.12.13

Música de taberna

Ando enfrascado en las Maneras de ser periodista de Julio Camba, recopiladas por Francisco Fuster y editadas con primoroso esmero retro por Libros del K.O., y en ellas me topo con un párrafo que ahora me viene al pelo:
"La música de café debe ser una cosa así como la literatura de café; es decir, como la literatura de periódico: fácil, amena y digestiva. Un poco mejor que el café; pero nunca completamente genial. Debe acompañar la conversación sin interrumpirla, y no debe expresar jamás grandes ideas, porque las grandes ideas están fuera de lugar en el café. Si en una reunión de café se levanta alguien a exponer grandes ideas, todo el mundo se le echa encima, diciéndole que no se ponga trascendental. ¿Por qué han de ponerse trascendentales los músicos de la orquesta? ¿Que ellos saben interpretar a Beethoven? También yo sé, tal vez, interpretar a Salustio, y, sin embargo, no lo interpreto en el café. En el café no hay que ser sabios: hay que ser frívolos y alegres".


Rumio la tesis cambiana según me adentro en la taberna, preguntándome si lo que era válido para un bohemio café castizo será igualmente aplicable a este paraíso del bebercio del siglo XXI mientras me asaltan las notas de 'Les yeux noirs', una saltarina pieza instrumental interpretada por Coco Briaval. Se trata de una paradigmática muestra de swing gitano, en la que, sobre una sección rítmica de infarto, se encabalgan graciosamente las guitarras de los Briaval, una familia francesa en la que los hijos heredaron el talento de sus padres para dedicarse, juntos y sin embargo revueltos, a prorrogar las excelencias del jazz manouche popularizado en los años 30 del pasado siglo por Django Reinhardt, en cuyo entorno se movió la matriarca del clan que nos ocupa y a quien se homenajea directamente en la recreación que ahora alimenta mis dudas.

Mientras le sigo dando vueltas al asunto, se cierran los 'ojos negros' de ecos reinhardtianos y continúa el tabernario viaje de la 'Gypsy Caravan' recopilada por Putumayo Records en 2001.

26.12.13

Cuento de Navidad

El Hombre llevaba algunas semanas dejándose caer por la taberna. Cuando su economía doméstica lo permitía, se apostaba en la barra y pedía una copa de vino tinto, sin aportar más señas. Invariablemente, cada vez que eso sucedía, yo observaba con lastimosa comprensión cómo el tabernero rebuscaba entre sus caldos hasta dar con el más barato, sin duda receloso de la solvencia económica de su particular cliente.

La secuencia se repetía una y otra vez: el Hombre acudía de ordinario a la taberna haciendo alarde de un consciente desaliño, envuelto en ropajes raídos cuyo último paso por la lavadora parecía haber tenido lugar un siglo atrás; sus blanquecinos cabellos se arremolinaban sobre el nacimiento de la espalda en infinitos caracolillos que evidenciaban cierta alergia a la peluquería, algo que no podía esconder por culpa de una indiscreta barba que anunciaba su edad a gritos. El Hombre, forzosamente desaseado, arrastraba un olor en el que se confundía la vida a la intemperie con el alcohol que hace las veces de estufa de los desamparados en el invierno de la vida. Una cojera consecuencia de una mala corná le aportaba un aire de arquetípico clochard, y un carrito del que tiraba con la desidia del que acarrea lastre sin recordar muy bien el porqué se había convertido en su único e inseparable amigo.

El reiterativo ritual incluía una atropellada charla en la que que el Hombre despachaba con el tabernero, y ocasionalmente con otros fieles de su alcohólica parroquia, acerca de la más rabiosa actualidad, entre delicados acercamientos a una copa que para él significaba algo más que un triunfo cotidiano.


La tarde del día de Nochebuena el Hombre pasó por la taberna y pidió una botella de 'su' vino al tabernero, que le respondió con un mohín que no acertó a ocultar su desconcierto. ¿Cuál era 'su' vino? ¿Tendría dinero suficiente para apoquinar una botella entera? Esas y otras preguntas rumiaba el tabernero para sus adentros mientras yo lo observaba con la misma lastimosa comprensión de siempre. Mas no tuvo tiempo de dar muchas vueltas al tarro porque el Hombre se anticipó a sus sondeos y concretó su demanda: quería una botella de ese vino de Toro que habían cambiado de estante en los últimos días; un vino que definió tan atropelladamente como de costumbre, emparentándolo con la sangre de toro aunque su nombre alude, en realidad, a una ciudad celtíbera de filiación numantina.

Sin salir de su desconcierto, más receloso que nunca de la solvencia económica de su particular cliente, el tabernero se hizo el remolón todo lo que pudo, buscando estérilmente el auxilio de sus compañeros de faena y de una parroquia incapaz de desembarazarse de sus prejuicios, que contemplaba atónita la escena. Cuando ya no pudo retrasar más la entrega, retiró el vino de Toro de su anaquel, lo embolsó en su plástico correspondiente y anunció su elevado coste al Hombre, que sacó diligentemente de su bolsillo un fajo de billetes del que extrajo justo lo necesario para saldar su cuenta. Antes de abandonar la taberna, ante la estupefacción de los allí presentes, el Hombre deseó a todos felices fiestas, tan atropelladamente como siempre pero con un orgullo inédito: el triunfo cotidiano había sido superado y el Hombre atravesó la puerta de salida mascullando no sé qué del homenaje que se iba a dar.

Yo seguía observando emocionadamente la escena, que ahora se había quedado sin su protagonista principal, intentando adivinar sin demasiado éxito cuál podría ser su moraleja. En ello andaba cuando apuré el último trago, antes de marchar cabizbajo hasta mi casa con la inútil autoexigencia de intentar cumplir los deseos del Hombre al calor del hogar familiar, sin poder arrancarme de la mente la idea de que a lo peor sería él el único plenamente feliz esa noche, con su sangre de toro, su intemperie y su homenaje.