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3.3.14

Se acabó el misterio

Pasado el repentino dolor aunque todavía de luto espiritual, poco a poco se va recuperando el ánimo en la taberna tras la sorpresiva muerte de Paco de Lucía, un fiel más de nuestra singular parroquia (desgraciadamente solo en sentido figurado) a quien Miguel Mora ha retratado en El País como "tocaor estratosférico, compositor fecundo e imaginativo, tímido pero sublime e infatigable embajador de la cultura española", o sea, "un músico universal, el guitarrista que refundó el toque flamenco y lo subió a las más altas cimas artísticas haciéndolo crecer y evolucionar y mezclándolo con otras músicas de raíz".


En la taberna siempre ha sonado su guitarra como acompañamiento del bebercio cotidiano, principalmente en sus gloriosos escarceos jazzísticos, pero en los días pasados el tabernero se ha dado (en realidad, nos ha dado) una tregua; hasta hoy, que hemos gastado la tarde echándole el ojo a un (im)pagable programa doble, gentileza de la televisión pública española, que recuperaba sendas joyas setenteras: un episodio perteneciente a la legendaria serie 'Rito y geografía del cante' sumado a un exótico monográfico conducido por el inefable Jesús Quintero.



En ambos casos queda patente la certidumbre expuesta por el canalla novelista Montero Glez: "Hasta que llegó Paco, la guitarra flamenca se tocaba por arriba y por medio y era instrumento que servía como adorno para acompañar al cante. Poco más. Paco de Lucía sirvió la revolución armónica con acordes más complejos y una pulsación nerviosa que rodea las notas y que provoca efectos rítmicos que vienen a sugerir nuevos contratiempos. Con Paco de Lucía, dicen los flamencos, se acabó el misterio". O dicho de otra forma, en este caso por José Manuel Gamboa: "En el flamenco existe un antes y un después de Paco de Lucía. Es más, existen varios antes y después, porque el genio algecireño le ha dado varias vueltas de tuerca al género. Él tomó una guitarra salerosa pero musicalmente escueta, y la vistió de armonía".

Lo admirable es que todo lo hizo, además, quitándose importancia, como evidencia el relato incluido por Alfredo Grimaldos en su obituario para El Mundo: "En una ocasión comentaba [Paco] que, parado en un semáforo dentro de su vehículo, escuchó el sonido de una guitarra flamenca y pensó: '¡Qué bien suena eso!', hasta que se dio cuenta de que era él quien tocaba, y empezó a sacarle defectos". Tan es así, que su pieza más popular casi se queda en descarte, como recuerda el propio Grimaldos: "La clave de su popularidad entre el público no familiarizado con el duende fue la rumba 'Entre dos aguas', grabada en 1973 e incluida, casi por casualidad en el LP 'Fuente y caudal': 'Uno no sabe nunca lo que más pega. 'Entre dos aguas' fue una improvisación para llenar cinco minutos que faltaban para cuadrar las dos caras del disco. No pensaba incluirla, pero oí la grabación y encontré un ritmo, un aire que me gustó. Cogí las tijeras, lo corté un poco y ahí está. Para gente no muy iniciada me parece bien".


En realidad, como ha subrayado el crítico Diego A. Manrique, 'Entre dos aguas' es una "bendita rumbita que hizo más por el flamenco que cualquier declaración de la Unesco". Eso, al menos, es lo que hemos concluido el tabernero y yo al tiempo que conveníamos que justo ahora es cuando cobra sentido pleno la hipérbole que nos regaló hace algún tiempo el difunto amigo (suyo y nuestro) Félix Grande: "Paco está diez mundos por encima del mundo".

30.1.14

Contra el vino del presente

Perdón por la tristeza pero hoy ha muerto Félix Grande, tan cercano en lo material y en lo spirituals (que diría él) por cuestiones que no vienen al caso. Enmudecidos por la pena, el tabernero y yo hemos gastado la tarde (re)leyendo algunos envinados párrafos de su monumental Memoria del flamenco, como aquel en el que denuncia la intrascendencia del vino del presente:
"Hay un vino intermedio. No tiene relación con la memoria: no quiere asesinarla, no quiere acentuarla. Es un vino ruidoso, que ayuda a hablar, a reír, finalmente a dormir. Se toma en grupo, con abundancia y sin hacerle caso: no se cohabita con él, se le utiliza. Es el vino de las fiestas de fecha fija, es un vino excitante, veloz, sin imaginación. Junto a él hay sonidos de tenedores, músicas voluminosas de aparatos de radio, gritos de camareros o de anfitriones o invitados. Es un vino que comparece en las reuniones familiares, en muchas bodas y bautizos, en los sábados que lograron eludir la desgracia de las horas vacías. No tiene relación con la memoria. A este vino no se lo bebe con desesperación, ni con rencor, ni con autopiedad; tampoco se lo bebe con parsimonia y corazón, con lenta plenitud, con inteligencia del mundo. Se lo bebe, quizá entre baile y baile, con avidez casual, o con una alegría que no tiene conciencia de su propio milagro, una alegría municipal, útil, muy sana, no muy conmovedora. Éste es el vino del presente. Sus consumidores no soportan, creo, demasiados sufrimientos inexplicables; tampoco, creo, sus emociones enigmáticas son demasiado duraderas. Utilitario y subalterno, es un vino eficiente, sin compromisos, sin pasión, sin heridas. Es el vino que tiene mayor número de parroquianos, ni desdichados en exceso, ni emocionados en exceso: de parroquianos sin exceso. Os juro que no hay desprecio en este boceto de una manera de beber. Yo no desprecio a nadie. Pero amo la memoria →ese cordón umbilical del tiempo →ese cordón umbilical del mundo. Amo ese instante de la memoria en que, reventando de nombres y de años y de emoción y de dolor, alcanza ese estado al que se ha hallado un nombre hermoso: los sentimientos oceánicos, las emociones oceánicas. Allí no llega este vino intermedio. Este es el vino del presente. No tiene relación con la memoria. No necesita asesinarla. No necesita acentuarla. Es autosuficiente: es pequeño. Es un vino que no busca al olvido, pero finalmente lo encuentra: en el sueño, en la fatiga, en el embotamiento, en la indiferencia de la repetición. Y ese olvido, aunque sin crispación, de algún modo también sustituye a la vida. De algún modo, la usurpa. De los días, de los hechos monótonos y repetidos, se desprende, fantasmal, la ceniza del Universo. Este vino intermedio no reaviva el incendio de vivir. Sin vehemencia, sin hondura, modesto, el vino del presente carece incluso de lo que tiene aún el vino trágico: la lenta y solitaria lágrima que se enfría".


Ha muerto Félix Grande, el poeta que nos dejó en herencia un soneto (El vino a solas, la memoria ardiendo) cuyos sobrios tercetos finales hoy cobran un nuevo (y doloroso) sentido:

"Delicada catástrofe; desgracia taciturna.
La escasa fe maltrecha que queda se embadurna
en interrogaciones sin futuro ni afán. 
Y me he quedado solo, sin sombra, mortecino,
rebuscando calor en mi aterido vino.
La vida nos engaña, las cosas se nos van".