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12.5.14

La música del vino

Conrado Xalabarder, uno de los tipos que más (y mejor) controla de música cinematográfica en nuestro país, sostiene que la banda sonora compuesta por Ramin Djawadi para 'Juego de Tronos' "musicalmente -y salvo en sus partes más líricas- no es excesivamente interesante, pero sin duda es eficiente en su aplicación". Modestamente, mi parecer se aproxima mucho al del responsable del imprescindible Mundo BSO pero, desde hace una semana, cuando el tabernero me abrió los oídos a la (pen)última frikada youtubera, su tono "fantasioso/épico/legendario" me sabe distinto.


La culpa la tiene Dan Newbie, el intérprete de la versión más bizarra (hasta la fecha) del tema principal de la popular ficción televisiva. Armado con una garrafa de agua, una sartén, un cubo, un rodillo de cocina y un puñado de copas de vino, el (seudo)artista (re)interpreta en clave doméstica la danza céltica que acompaña a los títulos de crédito del serial que adapta al lenguaje audiovisual la Canción de hielo y fuego escrita por George R. R. Martin. Y, pese a lo rudimentario del experimento, consigue lo mismo que pretendía el compositor alemán a la hora de abordar el score original: domar los "aires medievales" de esa shakespeareana versión de la guerra de las Dos Rosas "desde una perspectiva moderna".


Interpretar música utilizando como instrumento principal un rosario de copas de vino se ha convertido, con el tiempo, en todo un (sub)género que nos ha regalado, a los melómanos borrachines, gloriosos momentos de placer multiplicado, como el que proporciona el visionado de la campaña creada por la compañía italiana de publicidad viral Mosaicoon para su paisana Tasca d'Almerita: doscientas cincuenta copas, ciento treinta botellas y diez músicos de la BjM Glass Orchestra de Mario Bajardi para extraer el verdadero sonido del vino de la manera más sofisticada posible.

26.4.14

Las enemistades peligrosas

Choderlos de Laclos incluyó en su turbadora novela Las amistades peligrosas un proverbio que dos siglos más tarde sigue haciendo fortuna: "La venganza es un plato que se sirve frío". Mas, después de contemplar anonadado en el televisor de la taberna la segunda parte de una trepidante campaña publicitaria de Pepsi Max, se me ocurre que habría que modificar ligeramente el adagio: 'La venganza es un plato que se sirve a mil por hora'.


Sucede que, en marzo de 2013, la compañía norteamericana de refrescos lanzó a través de su canal de YouTube una campaña de márquetin viral en forma de cortometraje. En dicha (mini) road movie, el piloto profesional Jeff Gordon, actual líder de las Sprint Cup Series de la NASCAR, se hace pasar (convenientemente caracterizado) por un inexperto conductor que ambiciona adquirir un Chevrolet Camaro, pese a barruntar que se trata de mucho coche para él. Para demostrarle lo injustificado de sus prejuicios, el vendedor de un concesionario de Carolina del Norte le ofrece probarlo, sin sospechar ni remotamente la que se le viene encima. El 'Test drive' derivado de la inconsciente oferta se convierte en una implacable lección de conducción temeraria durante la cual las gónadas del vendedor van aupándose al ritmo del acelerador hasta situarse a la altura donde se anuda la corbata, mientras el sufridor pasivo se agarra como puede a la esperanza de que la broma termine bien.


Sucede además que, tras el visionado de la peliculita en cuestión, el bloguero Travis Okulski denunció desde su tribuna en Jalopnik (un popular sitio digital dedicado a las cosas de la velocidad) la falsedad del espurio experimento, poniendo en duda incluso la participación del propio Gordon como peligro andante. Pero la cosa no quedó ahí. Un año más tarde, los presuntos implicados se propusieron desfacer el entuerto y, tras ocho meses de preparación, rodaron una secuela del 'Test drive' original. Esta vez, Jeff Gordon se disfrazó de taxista exconvicto y su víctima fue el propio Okulski, quien se convirtió por unos minutos en el (in)voluntario pasajero de un descenso a los infiernos de la velocidad tras el que no tuvo más remedio que reconocer la veracidad de las bromas ejecutadas al alimón por Pepsi y el genial piloto. La infamia, por tanto, quedó debidamente vengada y la refrescante multinacional volvió a demostrar su acierto con las campañas virales, algo que había logrado anteriormente con la trilogía protagonizada por el Tío Drew.

16.4.14

La(s) última(s) cena(s)

Cenas postreras hay muchas pero última cena no hay más que una: la que dio inicio a lo que los cachondos de Mongolia han definido como la "yihad" de "una de las sectas más peligrosas del mundo". Con todo, ni siquiera entre ellos y ellos se ponen de acuerdo: ni en la fecha de la francachela ni en el menú servido para la ocasión. Desde antiguo, físicos, papas, arqueólogos, cocineros y demás adalides de la (seudo)investigación, han malgastado sus esfuerzos en intentar resolver una cuestión irresoluble, pues los mitos y leyendas que nos intentar vender como acontecimientos históricos están (y siempre estarán) sujetos a las más variadas interpretaciones.


El caso es que todos los años, al llegar estos días que las agencias de viaje y los pocos creyentes que van quedando han dado en llamar Semana Santa, de las fuentes (des)informativas manan infinidad de articulitos que le dan (nuevas) vueltas al asunto; y, gracias a ellos, algunos (el tabernero y yo, por ejemplo) nos alejamos cada vez más de la fe, mayormente por cuestiones de salud mental. Este año, además, nos lo hemos pasado en grande contemplando en el televisor de la taberna la ridícula aportación al tema que el paleogastrónomo (sic) Miguel Ángel Almodóvar se ha sacado de la manga al abrigo de tan magno acontecimiento. Producido al alimón por los canales temáticos Cocina e Historia, el documental referido se olvida pronto de sus sesudos propósitos iniciales para convertirse en un vanguardista retrato de los artefactos comestibles concebidos por los prestigiosos chefs Ramon Freixa y Paco Roncero a partir del (supuesto) menú de la última cena original: un nuevo trampantojo gastronómico de esos que (retro)alimentan la sociedad de bombos mutuos sostenida por los acólitos de la bullipollez.


Por eso y por mucho más, mi última cena favorita es la que orquestaron los miembros de Vampire Weekend para ilustrar a modo de videoclip 'Diane Young', el primer single de su último disco, 'Modern Vampires of the City' (2013). En ese irreverente desvarío aparecen los músicos de la banda neoyorquina, acompañados de colegas como Santigold, Chromeo, Sky Ferreira, Despot, Dave Longstreth (de Dirty Projectors) y Hamilton Leithauser (de The Walkmen), inmersos todos en un banquete gamberro y estupefaciente cuyo menú no me atrevo a enumerar aquí. Mejor, échale un vistazo.

7.4.14

El cuento de nunca acabar

El camino más corto para reconciliarnos con nuestro devastado país pasa por echar una mirada al exterior, acudir a las comparaciones a la baja y conformarse con el manido 'mal de muchos, consuelo de tontos'. Eso es lo primero que se me vino a la mente cuando entré esta tarde en la taberna y vi que en el televisor estaban dando (vía satélite) la reposición de un antiguo episodio de 'Vivir del cuento', una popularísima comedia de situación emitida por la Televisión Cubana que hace buena a la basura que vomitan cada día nuestras españolas cajas tontas. El imbebible capítulo consistía en una sucesión de simplezas sin gracia en torno al vino, motivo por el cual el tabernero y yo nos hemos dejado engatusar; pero una y no más, Santo Tomás.


Desde el pasado 10 de marzo, la tele pública cubana viene emitiendo cada lunes una nueva entrega de este analgésico de eficacia probada cuyos rancios y bobalicones golpes de efecto hacen las delicias de los conservadores ultras castristas, llevándolo a rozar niveles del setenta por ciento en los índices de teleaudiencia y a sobrepasar ampliamente el noventa por ciento en los índices de gusto. Según su director, 'Nachy' Hernández, el objetivo del programa es "abordar los temas que mayor vínculo posean con la familia cubana contemporánea, generando disímiles situaciones que diviertan y a su vez nos permitan reflexionar acerca de las problemáticas de nuestra actualidad"; eso sí, previo paso por el implacable filtro de la dictatorial censura, que se cuida muy mucho de que las críticas lleguen a ser ofensivas para con los rescoldos de la revolución.

Para quienes no tuvieran hasta ahora noticia del asunto, informa el blog Visión desde Cuba que "es difícil no encontrar cada martes en la mañana algún cubano que tras saludarte no te comente del capítulo de la noche anterior donde Pánfilo y Chequera [los protagonistas del engendro] 'tiraron con fuerza' de este o aquel tema candente de la realidad cubana". Incluso la crítica televisiva (marxista) más influyente de la isla caribeña, Paquita Armas Fonseca, ha prestado gustosamente su pluma para revestir al pufo televisivo de una pátina de (falso) prestigio: "Vivir del cuento' ha devenido el mejor programa humorístico de la televisión cubana. Pánfilo es un personaje como un su época lo fueron Melecio Capote o Plutarco. Luis Silva ha modelado a un cubano de la tercera edad que sueña, se pelea con su mejor amigo, pero sobre todo que ha conseguido caminar entre el público que lo reconoce como parte de su entorno".


Menos mal que, entre tanta insensatez, al director de la serie le dio el año pasado un ataque de sinceridad y se atrevió a denunciar sus evidentes carencias: "El hecho de tener que grabar un capítulo completo en aproximadamente seis horas; la poca profundidad de la escenografía, escasa funcionabilidad de los aforos que marcan los límites del exterior de la casa; algunos guiones que no llegan con el tiempo suficiente como para sacarles el máximo de partido; que el presupuesto sea el mismo aunque la obra haya crecido en complejidad (esto limita por ejemplo la contratación de un elenco de calidad); la pobreza de los elementos de ambientación que atenta contra la credibilidad del programa y las deficiencias en la técnica a emplear en las grabaciones, tanto las de estudio como las de exteriores”. Elementos, todos ellos, que saltan a la vista en la primera ojeada a un (sub)producto que engrandece, por omisión, nuestra bazofia doméstica.

3.3.14

Se acabó el misterio

Pasado el repentino dolor aunque todavía de luto espiritual, poco a poco se va recuperando el ánimo en la taberna tras la sorpresiva muerte de Paco de Lucía, un fiel más de nuestra singular parroquia (desgraciadamente solo en sentido figurado) a quien Miguel Mora ha retratado en El País como "tocaor estratosférico, compositor fecundo e imaginativo, tímido pero sublime e infatigable embajador de la cultura española", o sea, "un músico universal, el guitarrista que refundó el toque flamenco y lo subió a las más altas cimas artísticas haciéndolo crecer y evolucionar y mezclándolo con otras músicas de raíz".


En la taberna siempre ha sonado su guitarra como acompañamiento del bebercio cotidiano, principalmente en sus gloriosos escarceos jazzísticos, pero en los días pasados el tabernero se ha dado (en realidad, nos ha dado) una tregua; hasta hoy, que hemos gastado la tarde echándole el ojo a un (im)pagable programa doble, gentileza de la televisión pública española, que recuperaba sendas joyas setenteras: un episodio perteneciente a la legendaria serie 'Rito y geografía del cante' sumado a un exótico monográfico conducido por el inefable Jesús Quintero.



En ambos casos queda patente la certidumbre expuesta por el canalla novelista Montero Glez: "Hasta que llegó Paco, la guitarra flamenca se tocaba por arriba y por medio y era instrumento que servía como adorno para acompañar al cante. Poco más. Paco de Lucía sirvió la revolución armónica con acordes más complejos y una pulsación nerviosa que rodea las notas y que provoca efectos rítmicos que vienen a sugerir nuevos contratiempos. Con Paco de Lucía, dicen los flamencos, se acabó el misterio". O dicho de otra forma, en este caso por José Manuel Gamboa: "En el flamenco existe un antes y un después de Paco de Lucía. Es más, existen varios antes y después, porque el genio algecireño le ha dado varias vueltas de tuerca al género. Él tomó una guitarra salerosa pero musicalmente escueta, y la vistió de armonía".

Lo admirable es que todo lo hizo, además, quitándose importancia, como evidencia el relato incluido por Alfredo Grimaldos en su obituario para El Mundo: "En una ocasión comentaba [Paco] que, parado en un semáforo dentro de su vehículo, escuchó el sonido de una guitarra flamenca y pensó: '¡Qué bien suena eso!', hasta que se dio cuenta de que era él quien tocaba, y empezó a sacarle defectos". Tan es así, que su pieza más popular casi se queda en descarte, como recuerda el propio Grimaldos: "La clave de su popularidad entre el público no familiarizado con el duende fue la rumba 'Entre dos aguas', grabada en 1973 e incluida, casi por casualidad en el LP 'Fuente y caudal': 'Uno no sabe nunca lo que más pega. 'Entre dos aguas' fue una improvisación para llenar cinco minutos que faltaban para cuadrar las dos caras del disco. No pensaba incluirla, pero oí la grabación y encontré un ritmo, un aire que me gustó. Cogí las tijeras, lo corté un poco y ahí está. Para gente no muy iniciada me parece bien".


En realidad, como ha subrayado el crítico Diego A. Manrique, 'Entre dos aguas' es una "bendita rumbita que hizo más por el flamenco que cualquier declaración de la Unesco". Eso, al menos, es lo que hemos concluido el tabernero y yo al tiempo que conveníamos que justo ahora es cuando cobra sentido pleno la hipérbole que nos regaló hace algún tiempo el difunto amigo (suyo y nuestro) Félix Grande: "Paco está diez mundos por encima del mundo".

28.2.14

El que la lleva, la entiende

Un año más, el tabernero y yo hemos cumplido, entre viaje y viaje de tintorro, con un compromiso ineludible para los que somos, al mismo tiempo, jartibles y borrachuzos: recibir los días de carnestolendas revisando por enésima vez un hito insuperable de la (intra)historia del Carnaval de Cádiz, la desvergonzada versión invertida de 'Aquellos duros antiguos' alumbrada en 1992 por la mítica chirigota de José Luis García Cossío 'El que la lleva, la entiende', popularmente conocida entre la selecta chusma carnavalesca como 'Los borrachos'. Exactamente, lo que 'El Selu' y sus beodos compinches hicieron con el himno oficioso de la fiesta gaditana por antonomasia fue darle la vuelta como a un calcetín y cantarlo, con ebria pronunciación, de fin a principio.


Para los neófitos en la materia, vaya por delante que por himno oficioso del Carnaval de Cádiz se entiende el glorioso tanguillo citado más arriba, compuesto en 1905 por Antonio Rodríguez Martínez, 'El Tío de la Tiza', e inmortalizado para los restos por las voces de su coro 'Los anticuarios'. La pieza en cuestión es una irrepetible copla que sintetiza en clave doméstica y coñona un episodio menor pero legendario acaecido en las playas gaditanas un año antes, cuyo relato dejo (para quien quiera profundizar en el tema) en manos de profesionales:

"El jueves 2 de junio de 1904, la ciudad de Cádiz celebraba un espléndido día de Corpus. [...] Mientras la procesión transcurría por el centro de la ciudad, lejos de allí, en la almadraba situada al final del barrio de San José -frente a lo que hoy es la cochera de Comes- unos trabajadores se ocupaban de enterrar las cabezas y demás desperdicios de los atunes capturados. A las once de la mañana, cuando tenían ahondado poco más de medio metro, encontraron varios duros. Un trabajador, gallego por más señas, avisó a uno de los socios de la almadraba, José Zarandieta, y a los carabineros. Pero el resto de los trabajadores junto a vecinos del barrio que se enteraron del hallazgo, comenzaron a abrir frenéticamente zanjas hacia la orilla.
Durante aquella jornada de Corpus, fueron muchas las personas que encontraron lo que llamaron duros, y resultaron ser monedas de curso legal de la época de Fernando VI, llamadas 'de ambos mundos' porque en la cruz figuraban dos esferas terráqueas. Corrió el rumor de que una de las buscadoras acopió 500 duros. La cantidad exacta de monedas aparecidas nunca se supo, ya que los vecinos, temerosos de que se las quitara el fisco, las escondieron. Las estimaciones cifraban que entre las arenas de la playa afloraron un total de 1.500 duros que comenzaron a venderse en la propia playa al precio de tres pesetas.
Corrió la voz por Cádiz y al amanecer del día siguiente la playa es una feria repleta de personas que, provistas de palas y cribas, escarbaban con entusiasmo. Los dueños de la almadraba intentaron prohibir la búsqueda requiriendo a la guardia municipal del barrio de San José y a una pareja de la Guardia Civil. Los agentes no pudieron contener a los buscadores de tesoros, que llegaron a interrumpir los trabajos de la almadraba. El Diario publicó que el filón no estaba agotado, creciendo la animación. A las dos de la madrugada del día cuatro ya había una multitud de hombres, mujeres y niños haciendo zanjas en la concurrida playa, con toda clase de herramientas. Ese mismo día comenzaron a escasear las apariciones -solo 30 monedas- y el precio de venta era ya de 18 reales. Pero a mediodía corre el rumor de que quedaban aún 60.000 duros enterrados y de nuevo la playa se cubrió de buscadores.
La búsqueda fue cada vez menos provechosa, hasta el día seis en que aparecieron unos pocos. El público comenzó a aburrirse y a interesarse más en contemplar las faenas de la almadraba que en cavar con espiochas. Aquella almadraba había capturado en lo que iba de temporada casi 12.000 atunes, y cuando reanudó su actividad pescó cuatrocientos más. Poco a poco decrece la expectación, aunque los trabajadores de las bodegas vinateras por allí situadas, al final de su jornada acudían a escarbar a la playa.
Fueron muchas las discusiones que surgieron sobre el origen de los duros. Unos opinaban que procedían del Defiance, navío francés hundido tras la batalla de Trafalgar en 1805. Otros afirmaban que era el botín de un barco pirata, el Defensor de Pedro".

11.1.14

Callejeando con el tío Drew

Ayer, mientras me daba, como de costumbre, a la bebida, en el televisor de la taberna pasaban un spot publicitario emitido por un canal yanqui de esos que entienden la vida como espectáculo perpetuo. Al finalizar la películita me cosqué de que se trataba de una estratagema para vender al populacho norteamericano la Pepsi Max Zero Calories, aunque este hecho no empaña el goce que sentí mientras contemplaba el show.



Se trataba (luego lo supe) del tercer capítulo de 'Uncle Drew', una serie de cortometrajes escritos y dirigidos por Kyrie Irving, la estrella que más brilla en el firmamento de los Cleveland Cavaliers de la NBA, en la que el jugador de origen australiano se hace rodear de otros colegas de profesión para dar rienda suelta a su callejera pasión deportiva con la (mal)sana intención de burlarse de sendas pandillas de baloncestistas amateurs simulando ser un hatajo de viejales.


En ese último episodio aparecen también el dunker de los Denver Nuggets, Nate Robinson, y la exjugadora del Ros Casares valenciano Maya Moore; y en el anterior, Bill Russell, leyenda viva de los Boston Celtics, y Kevin Love, infalible tirador de Minnesota Timberwolves. Todos ellos contribuyen a engrandecer una serie que nació en la primavera de 2012 con la solitaria presencia de Irving como anciano impostor y que va camino de convertirse en fetiche para los coleccionistas de grandes emociones deportivas.