Mostrando entradas con la etiqueta música de taberna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música de taberna. Mostrar todas las entradas

12.5.14

La música del vino

Conrado Xalabarder, uno de los tipos que más (y mejor) controla de música cinematográfica en nuestro país, sostiene que la banda sonora compuesta por Ramin Djawadi para 'Juego de Tronos' "musicalmente -y salvo en sus partes más líricas- no es excesivamente interesante, pero sin duda es eficiente en su aplicación". Modestamente, mi parecer se aproxima mucho al del responsable del imprescindible Mundo BSO pero, desde hace una semana, cuando el tabernero me abrió los oídos a la (pen)última frikada youtubera, su tono "fantasioso/épico/legendario" me sabe distinto.


La culpa la tiene Dan Newbie, el intérprete de la versión más bizarra (hasta la fecha) del tema principal de la popular ficción televisiva. Armado con una garrafa de agua, una sartén, un cubo, un rodillo de cocina y un puñado de copas de vino, el (seudo)artista (re)interpreta en clave doméstica la danza céltica que acompaña a los títulos de crédito del serial que adapta al lenguaje audiovisual la Canción de hielo y fuego escrita por George R. R. Martin. Y, pese a lo rudimentario del experimento, consigue lo mismo que pretendía el compositor alemán a la hora de abordar el score original: domar los "aires medievales" de esa shakespeareana versión de la guerra de las Dos Rosas "desde una perspectiva moderna".


Interpretar música utilizando como instrumento principal un rosario de copas de vino se ha convertido, con el tiempo, en todo un (sub)género que nos ha regalado, a los melómanos borrachines, gloriosos momentos de placer multiplicado, como el que proporciona el visionado de la campaña creada por la compañía italiana de publicidad viral Mosaicoon para su paisana Tasca d'Almerita: doscientas cincuenta copas, ciento treinta botellas y diez músicos de la BjM Glass Orchestra de Mario Bajardi para extraer el verdadero sonido del vino de la manera más sofisticada posible.

6.5.14

Acoustic África

Hay días en que al tabernero le da, emulando el título de la tragicomedia de Alonso de Santos, por bajarse al moro. Y no precisamente para pillar mandanga, sino por el simple placer de embarcarse en una suerte de viajes espirituales (solamente metafóricos, por tanto, para su desgracia) en los que, a lo largo de toda una jornada, los parlantes de la taberna emiten únicamente música creada al otro lado del estrecho de Gibraltar. Hay días, decía, como hoy, en los cuales suena sin descanso, de la mañana a la noche, una sucesión de discos agrupados bajo el globalizador epígrafe 'Acoustic Africa'.



Se trata de una compilación orgullosamente pirata (no confundir con otros títulos homónimos que circulan por los circuitos oficiales), colgada en la red de manera altruista por algún alma caritativa que, mediante este gesto de rebeldía (anti)capitalista, pretende divulgar la riqueza melódica, instrumental y temática de un continente inabarcable desde cualquier punto de vista. Entre las varias decenas de piezas seleccionadas para tal fin, sobresale una que a mí me arrebata hasta conseguir invariablemente que abandone el bebercio de turno para (con)centrarme en las emociones que de ella se desprenden.

La canción se incluía originalmente en el segundo disco publicado por Les Frères Guissé, un trío de hermanos (Djiby, guitarra y voz, Cheikh, guitarra rítmica y voz, y Alioune, percusiones) nacidos en Fouta Tooro, una región situada en el valle del río Senegal que hace las veces de frontera entre el norte del país homónimo y el sur de Mauritania. 'Siré', que así se titula el tema que a mí me pone los pelos como escarpias, es una paradigmática muestra del folk acústico que se hace en el África Occidental y, por extensión, una obra maestra de inmarcesible belleza universal.


Cantada en pulaar, un dialecto de la lengua fula que sigue la tradición del pueblo toucouleur, perteneciente a la etnia fulani (perdón por el galimatías), la pieza causó en el saxofonista Paul van Kemenade el mismo asombro que me produce a mí a cada nueva escucha. Colgados de esa percha, el trío senegalés y el quinteto del jazzman holandés unieron sus talentos en 2003 para grabar un disco en el que se homenajeaba, entre otras cosas, la tradición del pueblo nómada más numeroso del mundo. Y en él se incluía, por supuesto, este sobresaliente revoltijo entre la dulzura melódica y vocal del original y la improvisación característica del combo neerlandés.

16.4.14

La(s) última(s) cena(s)

Cenas postreras hay muchas pero última cena no hay más que una: la que dio inicio a lo que los cachondos de Mongolia han definido como la "yihad" de "una de las sectas más peligrosas del mundo". Con todo, ni siquiera entre ellos y ellos se ponen de acuerdo: ni en la fecha de la francachela ni en el menú servido para la ocasión. Desde antiguo, físicos, papas, arqueólogos, cocineros y demás adalides de la (seudo)investigación, han malgastado sus esfuerzos en intentar resolver una cuestión irresoluble, pues los mitos y leyendas que nos intentar vender como acontecimientos históricos están (y siempre estarán) sujetos a las más variadas interpretaciones.


El caso es que todos los años, al llegar estos días que las agencias de viaje y los pocos creyentes que van quedando han dado en llamar Semana Santa, de las fuentes (des)informativas manan infinidad de articulitos que le dan (nuevas) vueltas al asunto; y, gracias a ellos, algunos (el tabernero y yo, por ejemplo) nos alejamos cada vez más de la fe, mayormente por cuestiones de salud mental. Este año, además, nos lo hemos pasado en grande contemplando en el televisor de la taberna la ridícula aportación al tema que el paleogastrónomo (sic) Miguel Ángel Almodóvar se ha sacado de la manga al abrigo de tan magno acontecimiento. Producido al alimón por los canales temáticos Cocina e Historia, el documental referido se olvida pronto de sus sesudos propósitos iniciales para convertirse en un vanguardista retrato de los artefactos comestibles concebidos por los prestigiosos chefs Ramon Freixa y Paco Roncero a partir del (supuesto) menú de la última cena original: un nuevo trampantojo gastronómico de esos que (retro)alimentan la sociedad de bombos mutuos sostenida por los acólitos de la bullipollez.


Por eso y por mucho más, mi última cena favorita es la que orquestaron los miembros de Vampire Weekend para ilustrar a modo de videoclip 'Diane Young', el primer single de su último disco, 'Modern Vampires of the City' (2013). En ese irreverente desvarío aparecen los músicos de la banda neoyorquina, acompañados de colegas como Santigold, Chromeo, Sky Ferreira, Despot, Dave Longstreth (de Dirty Projectors) y Hamilton Leithauser (de The Walkmen), inmersos todos en un banquete gamberro y estupefaciente cuyo menú no me atrevo a enumerar aquí. Mejor, échale un vistazo.

2.4.14

El güisqui de Mogwai

Desconozco a quién diablos se le ocurrió la peregrina idea de identificar el colmo de la felicidad con un niño con zapatos nuevos, pero en un día como hoy tampoco me voy a devanar los sesos tratando de averiguarlo. Ahora sé lo que es sentirse como un niño con zapatos nuevos, y con eso basta. El tabernero me ha regalado una de las 324 botellas de RockAct81w (no me preguntéis cómo la ha conseguido), un bebercio que esconde una particular (intra)historia y que pasará a ocupar un lugar privilegiado entre los más exclusivos fetiches de mi bodega particular.


Se trata de un güisqui escocés de barrica procedente de Speyside, la ribera del río homónimo en la que se concentra la mayor proporción de destilerías de toda Escocia, a la que pertenecen etiquetas tan veneradas en nuestro país como Cardhu, Glenrothes o Macallan. El 57,1% de su contenido es alcohol destilado en las instalaciones de Glenallachie en septiembre de 2004 y el ambarino fluido en el que se ha transformado a lo largo de esta última década fue embotellado por The Creative Whisky Company en enero de 2014 con una excusa muy especial: se hizo coincidir con la salida al mercado de 'Rave Tapes', el último disco de Mogwai, la banda escocesa de cuya obra maestra, 'Rock Action' (2001), toma prestado su nombre.

RockAct81w y 'Rave Tapes' comparten, por tanto, diseño gráfico y potencia, aunque esta última coincidencia se haga notar con mayor discreción. El flamante álbum de la banda más representativa de aquello que el crítico Simon Reynolds bautizó como post-rock ha sido definido por Albert Fernández (Blisstopic) como "un cancionero adictivo, susceptible de ser inyectado, esnifado y lamido", un trabajo en el que, según Lucas Garófalo (los inRocks), Mogwai "no hace más que perfeccionarse. Ese es el capital del grupo, e incluso hoy, en un nuevo intento por no quedarse parados en el mismo lugar, con las guitarras en segundo plano y los sintetizadores pasando definitivamente al frente, con la tímida intención de agregar algunas voces (sampleadas y reales), el juego sigue siendo el mismo: hacernos flotar en un mar de sonidos saturados, distorsión y melodías melancólicas".


Mogwai es una de mis bandas favoritas, y la mezcla de friki y santo bebedor en la que el tiempo me ha convertido no termina de entender cómo el tabernero se ha hecho con un producto (el güisqui) rubricado por los miembros del quinteto de Glasgow que solo se pudo adquirir a través de internet, por un limitadísimo tiempo y al precio de 55 libras esterlinas (alrededor de 66 euros), aunque me temo que el estraperlo y los sobrecostes habrán tenido algo que ver en la operación. Sobra decir que ni ha confesado ni confesará. Eso sí, para aplacar mi curiosidad ha reproducido en el televisor de la taberna la grabación de una intervención de Mogwai en 'Other Voices', un programa de la irlandesa RTÉ Two en la que tocaron en directo 'Master Card', una sobresaliente pieza incluida en 'Rave Tapes' en la que Albert Fernández ha descubierto "la confianza para tomarnos la vida a la ligera, y aún así con tono grave". Brindemos por ella.

3.3.14

Se acabó el misterio

Pasado el repentino dolor aunque todavía de luto espiritual, poco a poco se va recuperando el ánimo en la taberna tras la sorpresiva muerte de Paco de Lucía, un fiel más de nuestra singular parroquia (desgraciadamente solo en sentido figurado) a quien Miguel Mora ha retratado en El País como "tocaor estratosférico, compositor fecundo e imaginativo, tímido pero sublime e infatigable embajador de la cultura española", o sea, "un músico universal, el guitarrista que refundó el toque flamenco y lo subió a las más altas cimas artísticas haciéndolo crecer y evolucionar y mezclándolo con otras músicas de raíz".


En la taberna siempre ha sonado su guitarra como acompañamiento del bebercio cotidiano, principalmente en sus gloriosos escarceos jazzísticos, pero en los días pasados el tabernero se ha dado (en realidad, nos ha dado) una tregua; hasta hoy, que hemos gastado la tarde echándole el ojo a un (im)pagable programa doble, gentileza de la televisión pública española, que recuperaba sendas joyas setenteras: un episodio perteneciente a la legendaria serie 'Rito y geografía del cante' sumado a un exótico monográfico conducido por el inefable Jesús Quintero.



En ambos casos queda patente la certidumbre expuesta por el canalla novelista Montero Glez: "Hasta que llegó Paco, la guitarra flamenca se tocaba por arriba y por medio y era instrumento que servía como adorno para acompañar al cante. Poco más. Paco de Lucía sirvió la revolución armónica con acordes más complejos y una pulsación nerviosa que rodea las notas y que provoca efectos rítmicos que vienen a sugerir nuevos contratiempos. Con Paco de Lucía, dicen los flamencos, se acabó el misterio". O dicho de otra forma, en este caso por José Manuel Gamboa: "En el flamenco existe un antes y un después de Paco de Lucía. Es más, existen varios antes y después, porque el genio algecireño le ha dado varias vueltas de tuerca al género. Él tomó una guitarra salerosa pero musicalmente escueta, y la vistió de armonía".

Lo admirable es que todo lo hizo, además, quitándose importancia, como evidencia el relato incluido por Alfredo Grimaldos en su obituario para El Mundo: "En una ocasión comentaba [Paco] que, parado en un semáforo dentro de su vehículo, escuchó el sonido de una guitarra flamenca y pensó: '¡Qué bien suena eso!', hasta que se dio cuenta de que era él quien tocaba, y empezó a sacarle defectos". Tan es así, que su pieza más popular casi se queda en descarte, como recuerda el propio Grimaldos: "La clave de su popularidad entre el público no familiarizado con el duende fue la rumba 'Entre dos aguas', grabada en 1973 e incluida, casi por casualidad en el LP 'Fuente y caudal': 'Uno no sabe nunca lo que más pega. 'Entre dos aguas' fue una improvisación para llenar cinco minutos que faltaban para cuadrar las dos caras del disco. No pensaba incluirla, pero oí la grabación y encontré un ritmo, un aire que me gustó. Cogí las tijeras, lo corté un poco y ahí está. Para gente no muy iniciada me parece bien".


En realidad, como ha subrayado el crítico Diego A. Manrique, 'Entre dos aguas' es una "bendita rumbita que hizo más por el flamenco que cualquier declaración de la Unesco". Eso, al menos, es lo que hemos concluido el tabernero y yo al tiempo que conveníamos que justo ahora es cuando cobra sentido pleno la hipérbole que nos regaló hace algún tiempo el difunto amigo (suyo y nuestro) Félix Grande: "Paco está diez mundos por encima del mundo".

29.1.14

Guerra a la guerra

Hoy he respirado en la taberna un particular ambiente belicoso: le han declarado la guerra a la guerra, ahora que se cumplen cincuenta años desde que los Estados Unidos de América se implicaran a fondo en el segundo conflicto de Indochina. Como acompañamiento de entresemana han rebuscado en el baúl del antibelicismo musical y se han dado de bruces con el recopilatorio 'Motown Remixed', con el que el negrísimo sello discográfico fundado por Berry Gordy Jr. en el Detroit del medio siglo sacaba lustre en 2005 a un puñado de sus incontables números uno de la mano de otros tantos productores y remezcladores contemporáneos. Entre medias del característico sonido Motown y de toda su gloria rítmica, gentileza de los eternamente insuperables Funk Brothers, me ha despabilado de la resaca perpetua el himno pacifista gritado al mundo en 1970 por Edwin Starr querellándose contra la marcial querencia de su gobierno, que por aquel entonces bravuconeaba en Vietnam frente a los deseos de un pueblo estadounidense que a esas alturas ya tenía más que interiorizado el estribillo del tema en cuestión: "War, huh, yeah / What is it good for? / Absolutely nothing".


Esta incontestable oda al pacifismo fue alumbrada por dos de las más lúcidas cabezas pensantes de la Motown, Norman Whitfield y Barrett Strong, con la intención de que The Temptations la convirtieran en uno de sus éxitos masivos. Sin embargo, los titubeos de la banda, sumados a los recelos de Gordy ante el temor de un (poco) probable fracaso comercial, retrasaron su publicación como single y propiciaron, de rebote, que un recién llegado a la casa del soul se convirtiera en la voz que aupara la pieza hasta el número uno de las listas. La infalible fórmula que posibilitó semejante pelotazo fue, más o menos, la habitual: una letra que huía de las medias tintas y que por primera vez era inequívocamente política; una trotona sección rítmica capaz de remover de su asiento al más impasible de los oyentes; y una voz tan fiera como demandaba el asunto tratado. Y lógicamente, el resultado fue (con perdón) un bombazo, versionado y (re)utilizado hasta la saciedad como emblema del antibelicismo universal. En el caso de la versión que sonaba hoy en la taberna, la circunstancial remezcla del limitado King Britt es lo menos impactante, porque toda la fuerza de 'War' ya venía de serie en el original.

20.1.14

Brighter (Fade to Black)

En la taberna andaban hoy un tanto melancólicos (musicalmente hablando), acaso afectados por esa vertiginosa nostalgia de lo festivo que ya no volverá. Lo ventajoso del caso es que tal circunstancia ha posibilitado un acompañamiento inmejorable para mi bebercio vespertino: el último (y elefantiásico y unánimemente aclamado por la crítica) álbum publicado por el californiano Cass McCombs, uno de esos "cantantes de country-rock con su guitarra y su influencia de Gram Parsons a cuestas" que "se cuentan por cientos", según apunta con sorna Carles Novellas en PlayGround, pero que lleva ya algo más de una década empeñado en pasar a la historia como uno de los más ilustres representantes de ese género de canciones "sencillas, de armonías claras, instrumentación clásica" y belleza inmarcesible que a mí me arrebatan.


Entre los veintitrés cortes de su más reciente publicación, 'Big Wheel and Others', sobresalen las dos versiones despachadas de un clásico instantáneo: 'Brighter'. La primera, interpretada por él mismo, pone los pelos de punta; la segunda, que cede la voz cantante a Karen Black, emociona aún más aunque por motivos extramusicales: la actriz y vocalista registró su toma solo unas semanas antes de morir a los 74 años víctima del cáncer. Y en ambos casos, sobre una melodía íntima preñada de slide guitar, queda patente que las letras de McCombs "vuelven a pasearse por los miedos y frustraciones metafísicas del hombre", como ha señalado acertadamente Nacho Ruiz en su reseña para Metrópoli.

4.1.14

Navidades remezcladas

En la taberna han celebrado la Navidad con su habitual heterodoxia musical. Esta tarde, mientras yo me aplicaba con fruición al bebercio cotidiano, los JBL tabernarios escupían, una tras otra, las remezclas reunidas en 2008 por el legendario sello Verve en su 'Remixed Christmas', un vano intento por resucitar el esplendor pasado que, pese a ello, incluye un puñado de genialidades festivas interpretadas por algunas de las viejas glorias jazzísticas de la casa, alteradas discretamente para la ocasión por contemporáneos productores de variado pelaje. De entre todas las joyas navideñas agrupadas en el comercial artefacto, me ha encandilado especialmente 'God Rest Ye Merry Gentlemen', una pieza en la que brilla el funky jazz hammondiano de Jimmy Smith, convenientemente agitado aquí por Oh No.

27.12.13

Música de taberna

Ando enfrascado en las Maneras de ser periodista de Julio Camba, recopiladas por Francisco Fuster y editadas con primoroso esmero retro por Libros del K.O., y en ellas me topo con un párrafo que ahora me viene al pelo:
"La música de café debe ser una cosa así como la literatura de café; es decir, como la literatura de periódico: fácil, amena y digestiva. Un poco mejor que el café; pero nunca completamente genial. Debe acompañar la conversación sin interrumpirla, y no debe expresar jamás grandes ideas, porque las grandes ideas están fuera de lugar en el café. Si en una reunión de café se levanta alguien a exponer grandes ideas, todo el mundo se le echa encima, diciéndole que no se ponga trascendental. ¿Por qué han de ponerse trascendentales los músicos de la orquesta? ¿Que ellos saben interpretar a Beethoven? También yo sé, tal vez, interpretar a Salustio, y, sin embargo, no lo interpreto en el café. En el café no hay que ser sabios: hay que ser frívolos y alegres".


Rumio la tesis cambiana según me adentro en la taberna, preguntándome si lo que era válido para un bohemio café castizo será igualmente aplicable a este paraíso del bebercio del siglo XXI mientras me asaltan las notas de 'Les yeux noirs', una saltarina pieza instrumental interpretada por Coco Briaval. Se trata de una paradigmática muestra de swing gitano, en la que, sobre una sección rítmica de infarto, se encabalgan graciosamente las guitarras de los Briaval, una familia francesa en la que los hijos heredaron el talento de sus padres para dedicarse, juntos y sin embargo revueltos, a prorrogar las excelencias del jazz manouche popularizado en los años 30 del pasado siglo por Django Reinhardt, en cuyo entorno se movió la matriarca del clan que nos ocupa y a quien se homenajea directamente en la recreación que ahora alimenta mis dudas.

Mientras le sigo dando vueltas al asunto, se cierran los 'ojos negros' de ecos reinhardtianos y continúa el tabernario viaje de la 'Gypsy Caravan' recopilada por Putumayo Records en 2001.