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27.12.13

Música de taberna

Ando enfrascado en las Maneras de ser periodista de Julio Camba, recopiladas por Francisco Fuster y editadas con primoroso esmero retro por Libros del K.O., y en ellas me topo con un párrafo que ahora me viene al pelo:
"La música de café debe ser una cosa así como la literatura de café; es decir, como la literatura de periódico: fácil, amena y digestiva. Un poco mejor que el café; pero nunca completamente genial. Debe acompañar la conversación sin interrumpirla, y no debe expresar jamás grandes ideas, porque las grandes ideas están fuera de lugar en el café. Si en una reunión de café se levanta alguien a exponer grandes ideas, todo el mundo se le echa encima, diciéndole que no se ponga trascendental. ¿Por qué han de ponerse trascendentales los músicos de la orquesta? ¿Que ellos saben interpretar a Beethoven? También yo sé, tal vez, interpretar a Salustio, y, sin embargo, no lo interpreto en el café. En el café no hay que ser sabios: hay que ser frívolos y alegres".


Rumio la tesis cambiana según me adentro en la taberna, preguntándome si lo que era válido para un bohemio café castizo será igualmente aplicable a este paraíso del bebercio del siglo XXI mientras me asaltan las notas de 'Les yeux noirs', una saltarina pieza instrumental interpretada por Coco Briaval. Se trata de una paradigmática muestra de swing gitano, en la que, sobre una sección rítmica de infarto, se encabalgan graciosamente las guitarras de los Briaval, una familia francesa en la que los hijos heredaron el talento de sus padres para dedicarse, juntos y sin embargo revueltos, a prorrogar las excelencias del jazz manouche popularizado en los años 30 del pasado siglo por Django Reinhardt, en cuyo entorno se movió la matriarca del clan que nos ocupa y a quien se homenajea directamente en la recreación que ahora alimenta mis dudas.

Mientras le sigo dando vueltas al asunto, se cierran los 'ojos negros' de ecos reinhardtianos y continúa el tabernario viaje de la 'Gypsy Caravan' recopilada por Putumayo Records en 2001.

23.12.13

Ni en serio ni en broma

Antes de tirarnos juntos al barro de los intríngulis del bebercio (y del comercio), se hace saber al improbable lector que el (re)bautizo bloguero de un servidor tiene como único responsable al más canalla de los filósofos carnavalescos gaditanos, Juan Carlos Aragón. Hace ya tres lustros, el susodicho jartible nos brindó un popurrí pelín sirvergonzón protagonizado por unos ruinosos legionarios romanos que, alardeando de una (im)perdonable falta de respeto, degradaron a su mitológico dios del vino echando mano de familiares sufijos. En la citada copla chirigotera, Baco pasó, sin solución de continuidad, a llamarse primero Baquito y luego Bacorro.

Para no desfacer del todo aquel añejo entuerto, aquí y ahora me dejo adoptar por el simpático apelativo a la par que deposito mis más insensatas esperanzas en heredar algo del espíritu coñón de tan gloriosa letra. Con tu connivencia, apreciado lector, y la paciencia de mi tabernero de cabecera (junto a quien reviso en el televisor de su santa casa la guasona grabación del citado popurrí al tiempo que pergeño esta declaración de intenciones), que así sea.


Como habrás adivinado, The Wine Accuser nace, desafiando al miedo y la vergüenza, con la (in)sana intención de marcar las distancias respecto a las puntua(liza)ciones de los gurús de la prescripción enológica mundial, desde el advocate de la nariz del millón de dólares y su agrandado bufete hasta los paniaguados escribanos de nuestras guías domésticas, pasando por quienes se dicen meros espectadores o entusiastas. Sucede que defiendo (y defenderé, en tanto mi pituitaria amarilla y mis papilas gustativas no me arrastren a lo contrario) aquello que alguien tan poco sospechoso como el capitoste de Château Margaux, Paul Pontallier, viene repitiendo machaconamente desde antiguo: que el vino se hace para beber, no para catar.

A ello me aplicaré en lo sucesivo; y a trasladar a estas cuartillas virtuales mis experiencias. Mas como esta presentación está quedando biográficamente exigua, permíteme solo una sugerencia más: lo mismo que Julio Camba cuando firmó su fe de bautismo en ABC hace un siglo, "necesito que ustedes me conozcan antes de entrar en tarea para que no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma".