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22.5.14

El advocate Gutiérrez

Luis Gutiérrez Santo Domingo se sumó hace un año al panel de críticos de The Wine Advocate en sustitución de Neal Martin, que se había dedicado a regalar puntos a diestro y siniestro y que, a su vez, había reemplazado a Jay Miller, que dimitió como consecuencia de que su capacidad crítica fuera puesta en duda. De esta forma, la publicación presidida por Robert Parker y dirigida por Lisa Perrotti-Brown encomendaba por primera vez la valoración de los vinos de un país (en este caso, España) a un catador nativo y, de paso, derribaba una barrera que hasta entonces parecía infranqueable: por fin un apellido español se codeaba con los gurús anglosajones. Como colofón, el fichaje de Gutiérrez suponía un duro golpe de mister Parker a su competidora más directa, la británica Jancis Robinson, en cuya publicación digital venía colaborando el exinformático abulense desde hacía un par de años.

Cofundador de elmundovino.com, donde publicó asiduamente junto a Víctor de la Serna (quien lo define como "totalmente incorruptible"), Juan Manuel Ibáñez, Ignacio Villalgordo, Jens Riis o Juancho Asenjo, hasta convertirla en una de las fuentes de información y opinión vitivinícolas más caudalosas y ¿puras? de nuestro país, en el currículo de este wine writer (así es como se presenta en sus tarjetas de visita) figuran, además, el premio Nacional de Gastronomía 2012 a la mejor labor periodística, destacadas actuaciones en concursos internacionales de cata por parejas y por equipos, y un par de libros sobre el vino, firmados siempre en colaboración con otros autores.


Aunque no es la primera vez que desvela los secretillos (confesables) de su nueva responsabilidad, que también afecta a los vinos de Argentina y Chile, ha sido ahora cuando ha concedido su primera entrevista "in extenso" como catador de The Wine Advocate, realizada por Fernando Lázaro y publicada en La Posada, suplemento de la edición regional de El Mundo en Castilla y León. En la entradilla a dicho cuestionario se advierten ya sus preferencias ("aprecia los vinos finos y elegantes y aborrece la excesiva concentración y la madera") y se ofrecen abrumadores datos que nos acercan a su titánica tarea: "por sus narices pasan cada año alrededor de 4.000 vinos".

El tabernero y yo hemos rastreado hoy sus respuestas con la (vana) ilusión de extraer algunas conclusiones acerca del zeigeist del vino y su manera de abordarlo, pero hemos llegado al punto y final más desconcertados que al principio, tras un viaje que nos ha obligado a hacer paradas en la risa, la vergüenza ajena, el escándalo y, por qué no decirlo, una (mínima) admiración. Veamos.

Para empezar, Luis Gutiérrez adelanta una (in)creíble aclaración destinada a los más suspicaces: "Sigo siendo el mismo: sigo teniendo las mismas ideas y nadie se debe sorprender". Sobre su rutina diaria, regala algunas explicaciones pertinentes: "Yo no puedo catar en un minuto y medio un vino porque ahí es donde se cometen los errores...". Lo dice, en cualquier caso, para justificar su ritmo laboral: "Es muy variable, porque hay que hacer mucho trabajo de selección y de coordinación, y mucho de escribir y de editar... Hay días que no cato ningún vino y hay otros que cato cien, el día extremo... Pero eso no tiene ninguna gracia ni se lo recomiendo a nadie". Por supuesto. ¿Cómo fiarse de la opinión sobre un vino catado tras hacer lo propio con otras varias decenas? ¿Resulta igual de fiable la valoración del décimo que la del centésimo?

Cuando llega al espinoso tema de la cata a ciegas, el flamante secuaz de Parker comienza a titubear: "No, por una cuestión de simplificación logística. Ya catar la cantidad de vinos que tengo que catar es complicadísimo y, por mucho que soy meticuloso, cometo un montón de errores, me equivoco en datos, añadas, nombres... por el volumen tan bestial de vinos que tenemos que probar, y estoy fatal de tiempo haciéndolo así... Si lo catara a ciegas tardaría el doble y cometería muchísimos más errores". Milongas, naturalmente, para apostar sobre seguro. Respecto a los condicionamientos de las etiquetas, sirve unos centilitros de desvergüenza revestida de sensatez: "Creo que soy capaz de ser bastante objetivo, pero todo esto al final es subjetivo, estamos hablando de opinión. Y esto es algo que también la gente debería de entender: todo esto no son ni dogmas de fe ni verdades absolutas, son opiniones. El ver la etiqueta y saber qué vino estás probando ayuda a meterlo en el contexto y a entenderlo. Todo tiene su parte positiva y negativa, sus ventajas e inconvenientes, sus riesgos, porque en la cata a ciegas, sobre todo si es muy rápida, puedes cometer muchos errores y que se te pasen cosas, mientras que si estoy catando algunos vinos que sé lo que son, hay botellas que si las cato en casa las pongo el tapón, las meto en la nevera y las vuelvo a probar por la noche, y luego la vuelvo a probar mañana. ¿Es mejor o peor? Es distinto. La cata a ciegas saca muchas cosas y con la etiqueta vista se sacan otras, es diferente. Lo ideal sería catar al principio a ciegas y luego recatar todos, pero claro...". Clarísimo.

Gutiérrez ya conocía de sobra cómo está el percal más allá de nuestras fronteras pero ahora que su sueldo es aflojado por una multinacional de la prescripción vinícola maniatada por numerosos conflictos de intereses se ve obligado, más que nunca, a bajarnos los humos: "En general, las zonas españolas tienen bastante menos peso del que nosotros nos pensamos. Hay una tendencia a creerse el centro del universo, no es exclusivo nuestro, suele ocurrir en casi todos los sitios y en los latinos más. Ribera del Duero tiene una imagen mucho más fuerte en España que en el resto del mundo, de eso no hay duda. Rioja es más conocido fuera, pero al final la gente conoce casi más algunos productores que las regiones". ¿Nuestro futuro? Incierto, como poco: "El potencial está claro que está ahí, otra cosa es que se trabaje de una forma correcta para que este potencial llegue a los vinos, y aquí creo que hay todavía bastante por hacer... Se ha crecido de una forma un poco rápida, un poco desbocada, la viticultura no se ha hecho demasiado bien y al final un gran vino es el resultado de muchos pequeños detalles, y si vas pasándote todos esos detalles no cabe cualquier cosa". Resumiendo, parece ser que nos falta perspectiva: "Nosotros nos creemos mucho más de lo que nos consideran por el mundo. ¿Por qué? Porque no tenemos la visión, la realidad de cómo está el mundo, para eso hay que viajar, hay que dedicarle mucho tiempo, dinero, esfuerzo...".


Con todo, el nuevo integrante del bufete Parker tiene que hacer verdaderos malabarismos para no entrar en contradicciones con la voz de su amo a la hora de enumerar las características que determinan la excelencia de un vino: "Tiene que expresarse, tiene que hablar, tiene que tener su personalidad, tiene que hacer que te entren ganas de querer comprarte una caja rápidamente, independientemente de lo que cueste...". Inmediatamente, el entrevistador acota: "¿Vinos más bebibles?". Y Gutiérrez prosigue acongojado su camino sobre el alambre: "Ahora mucha gente habla de vinos más bebibles, los vinos se tienen que beber, no se tienen que catar y, efectivamente, es un tema importante. Si la gente compra vinos porque impresionan mucho, porque son muy potentes, muy concentrados y luego resulta que cada vez se está comiendo más ligero y te das cuenta de que esos vinos los tienes en tu bodega y no los descorchas nunca...". Entonces, pregunta Fernando Lázaro, "¿qué es un 100, la máxima puntuación posible?".

Ante la pregunta del millón (de dólares), lo deseable hubiera sido una respuesta veraz, pero Luis Gutiérrez se descuelga con huecas ambigüedades: "Un 100 es un vino que es realmente único y excepcional, que me emociona, o sea que me pongo nervioso cuando pruebo ese vino, como cuando eras pequeño y descubrías un deporte y entonces te volvías loco y estabas todo el día con él... o en música, cuando oyes un grupo nuevo y te compras todos sus discos, una cosa así. Te entra una locura con un vino, independientemente de lo difícil que sea de encontrar, de lo que cueste: este vino lo quiero, quiero beberlo, quiero encima enseñárselo a mis amigos, quiero compartirlo". Lo que nos temíamos en la taberna: un capricho, generalmente moldeado por maniobras orquestales en la oscuridad (ya que estamos con la música) pero, en ningún caso, juzgado en función de parámetros medianamente objetivos. 

Tras apurar el último trago de una entrevista que se anunciaba como si con ella se iniciara una nueva era, el tabernero y yo hemos concluido que, mientras no se demuestre lo contrario, lo más rescatable es la aclaración hecha al principio del cuestionario: las opiniones de Luis Gutiérrez valen hoy exactamente lo mismo que hace un año, aunque cuesten algo más: no son las de un mesías llegado para resucitar el prestigio del vino español a corto plazo sino las de un simple aficionado que ha probado muchos más caldos que la media y los ha convertido en materia de estudio. Nada más. Y nada menos.

14.5.14

Borsao Barrica 2010

Cuando a Luis Tolosa le preguntan por uno "bueno" y "a precio de bolsillo", responde sin titubeos: "Cualquier vino de Borsao". El autor de Los Supervinos lleva ya algún tiempo señalando a la bodega borsaonense como una de las indiscutibles reinas del mercado low-cost pero no trabaja solo en el empeño. Papá Robert Parker ("Posiblemente el mejor vino tinto del mundo en su relación calidad precio”) y mamá Jancis Robinson ("Es el mejor vino tinto por este precio") también se han deshecho en elogios hacia los caldos zaragozanos, principalmente destinados a su Tinto Selección; y antes y después de ellos, una legión internacional de entusiastas imposible de citar aquí ha hecho lo propio. Sea como fuere, lo incuestionable a estas alturas es que Borsao se ha convertido en el motor de ese oficioso "imperio de la garnacha" que se cultiva en el Campo de Borja y en una marca respetada desde todos los niveles del escalafón enológico mundial.


La Cooperativa de Borja y la marca Borsao datan de 1958 pero no fue hasta 2001, con la unión de las cooperativas de Pozuelo y Tabuenca, cuando la empresa tomó su forma definitiva, agrupando a más de seiscientos socios que decidieron unir sus recursos humanos y, sobre todo, sus viñedos, que juntos superan un tercio de la totalidad de la Denominación de Origen Campo de Borja, cuya superficie está ocupada en un sesenta por ciento por cepas de garnacha.

La garnacha es, como bien saben los teóricos del postureo, la variedad de moda en las espurias pasarelas del vino desde que los caprichosos cazadores de tendencias han fijado su mirada en unas cepas de origen aragonés que venían de atravesar un bochornoso desprecio finisecular. Para quienes aún no se hayan coscado, la garnacha se encuentra entre las más antiguas especies de la (intra)historia vinícola y, bajo sus múltiples denominaciones, ha terminado convirtiéndose en la uva tinta más plantada en el mundo, como culminación al proceso expansivo iniciado por el reino de Aragón en el siglo XIX, que la llevó hasta el valle del Ródano, Italia y Cerdeña.

Bodegas Borsao posee en la actualidad cerca de dos mil quinientas hectáreas de viñedos situadas en el noreste de la provincia de Zaragoza y protegidas por las laderas y ondulaciones del Moncayo, que doman el cierzo del norte que infunde carácter a sus uvas. Al estar situada entremares, la región se ve afectada por un clima continental con inviernos de influencia atlántica, fríos y ventosos, y veranos de influencia mediterránea, protagonizados por las altas temperaturas. Y esos contrastes térmicos (día-noche, verano-invierno) ayudan a definir la acidez, el color y los taninos de una gama de vinos basados en la garnacha, algunos de ellos al cien por cien.


El tabernero me ha dado a probar hoy una de sus baratijas, Borsao Barrica 2010, un coupage de garnacha (60%) y tempranillo (40%) con una crianza en roble de alrededor de medio año. Me lo ha servido al tiempo que me relataba, como quitándole (y quitándose) importancia, que lo echó un día al carro de la compra (en Mercadona, donde se vende en exclusiva) mosqueado por la avalancha de alabanzas que le llovían desde todos lados a la bodega de Borja; y que había llegado la hora de hacerle un buen examen... oral, por supuesto. Pero, como a mí a la hora de esbozar notas de cata me da la risa, cedo el asunto a narices más entrenadas.

Luis Javier del Valle Vega escribe Dendecagüelu con todo lujo de detalles: "Fase visual: Color granate burdeos, sin irisaciones, de dos capas. Limpio y sin anomalías. Lagrimeo de caída media, en forma acampanada. Fase olfativa: En copa parada no muestra una gran intensidad. En copa movida, se muestra mucho más expresivo, con una buena carga frutal, de gama roja, que envuelve un correcto paso por madera con más presencia de lo deseado, que deja transmitir un leve fondo mineral y balsámico. Fase gustativa: Con entrada en boca agradable, buen cuerpo, buena estructura y correcta acidez; en su paso se muestra mucho más potente que su nariz manifestaba, afrutado y con una maduración menos agresiva de lo esperado, glicérico y con un final untuoso que deja buena carga mineral y balsámica. De persistencia media alta, en retronasal pervive su paso por barrica y en retrogusto su untuosidad balsámica".

A mí, a fuer de ser sinceros, tanta palabrería me parece una pasada para un vino que cuesta poco más de dos euros. Para esta gama de caldos, prefiero apreciaciones como la que se da en el blog Nuestra visión del vino: "No es un vino que pasará a la historia. Pero este tiene la mejor relación calidad-precio que nosotros hemos visto en un vino. Seguro que hay garnachas mejores, pero tal vez cuesten diez veces más". O la que apunta Ismael en El vino y mis historias: "La verdad es que está bastante bueno y teniendo en cuenta su precio, poco más se puede pedir". Pues eso.


Borsao Barrica

2010

Garnacha y Tempranillo

Entre 6 y 8 meses en barrica

14% alcohol

DO Campo de Borja

Bodegas Borsao, Borja, Zaragoza, Aragón, España

13.5.14

Un mal (in)necesario

"La calidad y el precio no están relacionados de ninguna manera". Cuando uno se topa con una frase como esta, de inmediato le asalta una certeza: jamás logrará adivinar si su autor es Pero Grullo o alguna eminencia del saber enciclopédico, porque cualquiera de los dos extremos estaría encantado de apropiársela. En el caso que nos ocupa, sabemos que ha sido pronunciada por el británico Miles Thomas, que no parece ni lo uno ni lo otro (es psicólogo y consultor vinícola) pero que, merced a semejante paradoja, nos deja cautivos y desarmados, pues tan rotunda afirmación esconde la misma dosis de verdad que de mentira; o de verdad y mentira al mismo tiempo, pues alguna relación deben tener el precio y la calidad, aunque sea inversamente proporcional o cueste dios y ayuda encontrarla.

El caso es que, cegado por el cebo de la frasecita de marras, mientras nadaba a contracorriente entre las turbulentas aguas de la blogosfera, he picado un sugerente anzuelo. Entre sorbo y sorbo tabernario me he dejado seducir por una entrevista realizada al ambiguo comecocos por una de mis adoradas femmes fatales del wine business patrio, Maite Corsín. Pero, esta vez, el objeto de seducción no han sido las preguntas sino las respuestas, que ofrecen algunas interesantes pistas sobre los factores que influyen en la valoración de un vino.


Miles Thomas admite, de entrada, lo que (casi) nadie está dispuesto a reconocer en este negociado: que el elemento básico para distinguir entre no catadores, catadores y supercatadores no responde a un don divino, ni a un título académico pagado a plazos, ni a una herencia nobiliaria: lo que debería diferenciar a prescriptores y prescritos a la hora de hacer examen de conciencia enológica es el número de papilas gustativas que descansan sobre la lengua esperando a ser excitadas por San Bebercio, aunque rara vez nos encontraremos un informe médico que avale la categoría profesional de un catavinos.

Según relataba un artículito publicado hace algunas semanas por Madeline Puckette, los no catadores son aquellos que no llegan a alcanzar la quincena de papilas gustativas; son catadores medios quienes atesoran entre quince y treinta receptores sensoriales; y solo pueden ser considerados supercatadores unos cuantos escogidos, condenados a intensidad perpetua, que pueden presumir de tener más de treinta papilas gustativas. Eso es lo que (pre)dispone a cualquier ser humano para percibir con claridad las excelencias de un vino. Eso, sumado a "la experiencia y el aprendizaje" que permiten "desarrollar la sensibilidad". Pero, sobre todo, eso. El resto es parafernalia.

Según Larry Lockshin, director de la Escuela de Mercadotecnia de la Universidad del Sur de Australia, "el tiempo medio para comprar un vino son 38 segundos y las decisiones se toman por la etiqueta", aunque el propio profesor reconoce que en el concepto de "calidad percibida" intervienen otros factores: para consumidores de baja implicación, "el packaging es importante, como lo es el nombre de la marca, el precio y las medallas mostradas"; para los consumidores de alta implicación, los intereses se dirigen a "guías más esenciales tales como la región, el enólogo, críticas de especialistas y recomendaciones del vendedor". Por su parte, Miles Thomas va (mucho) más allá y añade que, a la hora de juzgar un vino, "influyen todos los elementos externos, el contexto en el que es bebido (la luz o la compañía) y la personalidad como la experiencia del catador, su salud, los impactos de la memoria olfativa". Por eso, "un vino que nos encantó en verano nos puede desagradar a la vuelta a casa", que es algo que, en mayor o menor medida, nos ha ocurrido a todos los reincidentes en el maravilloso arte de pimplar.


A lo que se ve, a la hora de desentrañar el aroma y el sabor de un vino lo de menos son las cualidades organolépticas del propio caldo. Pero todavía falta lo mejor: "Los puntos para el vino son necesarios, son una ficción que usamos para entender un producto complejo", confiesa el desentendido piscólogo, que desbarata sus aportaciones anteriores intentando justificar su dictamen: "El sistema de puntuación de Robert Parker nació de un deseo de democratizar el vino y su exclusividad. Parker puede ser visto como un ejemplo de la tradición empírica de cuantificación, y su método puede ser valorado como un triunfo del pragmatismo americano sobre el misticismo francés, o bien como un reduccionismo destructivo y simplista".

A mí me parece que un reduccionismo ficticio, destructivo y simplista nunca debería ser aceptado como un mal necesario, a menos que viniera acompañado de un certificado médico con la relación detallada, cuantitativa y cualitativamente, de las papilas gustativas del catador. Parafraseando a Thomas, la calidad, el precio y los puntos no están relacionados de ninguna manera, pero a nadie se le escapa que los puntos tienen precio. Como advertía el popular soneto de Lope de Vega, "quien lo probó lo sabe".

10.5.14

Gladiator 2008

Pretende Viña Santa Marina que su Gladiator "sirva como homenaje al general emeritense Maximus Decimus Meridius, el más reconocido gladiador de la historia cuya leyenda dio origen a la famosa película". Pero la verdad es que esa pretensión da un poquito de vergüenza ajena, teniendo en cuenta que el tal Máximo Décimo Meridio, encarnado por Russell Crowe en el filme de Ridley Scott, jamás existió. Podríamos aceptar, siendo generosos con el beneficio de la duda, que el personaje esté basado en Marcus Nonius Macrinus, hombre de confiaza del emperador Marco Aurelio que ni fue gladiador ni vino al mundo en Augusta Emerita, y, apurando mucho, en Narciso, Espartaco, Cincinato y Máximo de Hispania. Pero poco más. O sea, este supuesto tributo de la bodega extremeña al término municipal en el que crecen sus viñedos (Mérida) evidencia una decisión rayana en el ridículo (tomando al pie de la letra su enunciado), pues incluso el origen emeritense del 'Gladiator' ficticio es producto exclusivo del doblaje a nuestra lengua, ya que el general que defendía que "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad" se declaraba oriundo de Trujillo (Cáceres) en la versión original del larguísimo metraje.


Viña Santa Marina es, por decirlo en términos vitícolas, un pequeño zarcillo nacido del tallo principal de los Alvear de toda la vida, una noble estirpe de bodegueros que brotó en Nájera (La Rioja), antigua capital del Reino de Navarra, pero que echó raíces en Montilla (Córdoba) en el siglo XVIII. El que fuera durante décadas director de la bodega familiar, Álvaro de Alvear, decidió en 1999 emprender una nueva aventura junto a la enóloga Yolanda Piñero, asentándose por la vía del chanchullo (condiciones a medida, precio de ganga) a los pies de la sierra de Lamoneda, donde parece ser que en la época romana ya se elaboraban vinos muy apreciados en el imperio.

En el arranque de lo que antiguamente fue la Vía de la Plata (por seguir con la presunta filiación latina de la casa), se extiende una finca de unas doscientas hectáreas, de las cuales sesenta y una son de viñedo conducido en espaldera y el resto de bosque mediterráneo perfectamente conservado. El suelo que nutre sus viñas es de origen granítico, de estructura arenoarcillosa y de profundidad moderada con zonas de abundante canto que favorecen el drenaje, mientras que el clima que las arropa es típicamente mediterráneo, con inviernos fríos, veranos secos, largos y cálidos, y transiciones abundantes en lluvias.


De entre las variedades plantadas en Viña Santa Marina, sobresalen las tres de origen francés que forman el coupage de Gladiator: syrah (60%), cabernet sauvignon (30%) y petit verdot (10%). Según sus productores, la primera "es una suntuosa uva, para hacer vinos de textura sedosa, especiados, persistentes en la boca. Tiene un buen envejecer, los vinos pasan de plenos, atractivos cuando son jóvenes, a ganar personalidad y sólido carácter con el tiempo"; la segunda es considerada "la reina para la crianza de vinos. Procede de Burdeos, donde es la base de los vinos importantes, y desde allí ha viajado por todo el mundo, gracias a su gran capacidad para adaptarse a diferentes zonas sin perder calidad y carácter"; por último, la tercera es "original del suroeste francés. Con buenas características para vinos vigorosos, de larga vida, de lento envejecimiento, profundo color, aporta tanicidad, acidez, acompleja los aromas".

Mediante el ensamblaje de estas tres variedades, y tras un envejecimiento de doce meses en barricas de roble francés y americano, se obtiene, según la nota de cata personal del advocate Robert Parker, un vino de "color púrpura de capa cubierta" que "ofrece un atractivo bouquet de ahumados, caza, violetas, pimientos, arándanos y moras" y "frutas dulces" en un paladar "redondo, sedoso"; un vino, por consiguiente, "largo y placentero que se beberá bien durante una década". Pero a esa opinión no hay que echarle mucha cuenta: vale lo que costó convencer al gurú de Baltimore de que catara el caldo, con la (in)estimable colaboración de la enóloga emeritense María Isabel Mijares, aprovechando una visita a nuestro país para recibir la Gran Cruz del Mérito Civil.

Sin embargo, mucho más justa con lo que yo he bebido hoy en la taberna me parece la sucinta valoración del equipo de elmundovino.com compuesto por Víctor de la Serna, Juancho Asenjo y Ernestina Velasco: "Algo vegetal, agradable de entrada, cuerpo medio, con un final amargoso y no excesivamente logrado". Ni más ni menos.


Gladiator

2008

Syrah, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot

12 meses en barricas de roble francés y americano

13,5% alcohol

Vino de la Tierra de Extremadura

Viña Santa Marina, Mérida, Badajoz, Extremadura, España

1.4.14

Solar de Bécquer Crianza 2010

Cada vez que alguien pide en la taberna un lingotazo de Solar de Bécquer Crianza (que no son pocas), mi mente me teletransporta invariablemente al retrato que esbozó el tapado Valeriano de su ínclito hermano Gustavo Adolfo en 1864, donde este quedó inmortalizado tumbado en medio de un bucólico bosquecillo, haciendo como que leía con la dignidad intacta (sin quitarse el sombrero), en una pose tan artificiosamente romántica como la mayoría de sus versos. Y, cada vez que caigo en la tentación de echarme al cuerpo algunos sorbos del susodicho caldo riojano (que no son muchas), me reafirmo en una añeja sensación: vino, retrato y retratado forman una santísima trinidad cuya ligereza, paradójicamente, siempre se me ha atragantado.


La marca comercial de Bodegas Escudero que toma prestado el apellido del autor de Los Borbones en pelota justifica tal atrevimiento con un rebuscado argumento: resulta que el escritor sevillano pasó una temporada en Fitero (Navarra), durante la cual tomó como inspiración para una de sus populares Leyendas (concretamente El Miserere) el monasterio cisterciense situado en lo alto del monte Yerga; y hete aquí que en uno de las carasoles del místico cerro se asienta Cuesta de la Reina, la finca de donde procede la uva con la que se elabora el vino que nos ocupa; la misma en la que la familia Escudero acumula más de 120 hectáreas de viñedos con una antigüedad cercana al medio siglo que emergen cuasi milagrosamente de sus suelos "arcillo-calcáreos, pobres y con abundantes cantos rodados".

Cuentan los libros de historia vitivinícola que fue el bisabuelo de los actuales responsables, Juan Escudero, quien en vida del propio Bécquer (circa 1852) comenzó a elaborar vinos en rudimentarias cubas de roble en Grávalos (La Rioja), y que fue el nieto de este y, a la sazón, padre de aquellos, Benito, quien impulsó definitivamente la bodega hasta convertirla en lo que es hoy en día, incluyendo por el medio la elaboración de los primeros cavas riojanos, los niños mimados de la casa. Ahora, la cuarta generación de la familia Escudero (Jesús, María Ángeles, Amador y José María) controla, además de la bodega que engrandece el apellido familiar, Valsacro (o Vinscaro; cuando se aclaren ellos, me aclararé yo) en Pradejón (La Rioja) y Logos en Monteagudo (Navarra); o sea, un mediano emporio capaz de producir alrededor de un millón de botellas al año.


Para este Crianza 2010, Solar de Bécquer ha renovado su etiquetado, ganando en limpieza pero dejándose por el camino parte de la (ya de por sí) escasa información que aportaba la retaguardia de su antecesor (2008). Quien pague hoy gustosamente una botella de este bebedizo que (por lo menos) se vende a buen precio, podrá entretenerse canturreando unos versos (mal transcritos, para colmo) de la tercera de las Rimas del omnipresente Gustavo Adolfo, mas no podrá averiguar las variedades con las que se elabora lo que se dispone a catar, ni sus meses de crianza, ni el tipo de barrica donde maduró. Y como la página que su productor aloja en la webesfera está alarmantemente desactualizada, no queda más remedio que confiar en que el patrón de elaboración de su predecesor se repita en esta ocasión. En tal caso, debemos suponer que nos encontramos ante un coupage de tempranillo, mazuelo y garnacha, fermentado en depósitos de acero inoxidable con la levadura autóctona, macerado durante unos diez días y criado en barricas usadas de roble americano durante al menos un año, tiempo en el que se trasiega tres veces antes de ser embotellado y retenido por seis meses hasta su salida al mercado. Esto, o algo que se le debe parecer mucho, es lo que lleva de serie el mínimo desembolso que supone una botella de Solar de Bécquer Crianza.

En cuanto a su valoración por parte de los prescriptores visitantes y locales, la voz española que habla por boca de Robert Parker, es decir, Luis Gutiérrez, lo situó hace unos meses a la altura de los bestsellers que le comen el terreno desde las cabeceras de las grandes superficies comerciales, en esa tierra de nadie que queda tan lejos (y tan cerca) de los 90 puntos. Aunque para que los neófitos en la materia se hagan una idea más completa, yo prefiero echar mano de las opiniones históricas del panel de cata de elmundovino.com: para la añada de 2000, catada en 2005, el fiable triunvirato formado por Juancho Asenjo, Jens Riis y Juan Manuel Ibáñez escribió lo siguiente: "Rubí de intensidad media, menisco teja. Aroma de intensidad correcta, con fruta roja al ataque que da paso a un fondo menos franco con sensaciones de brea. En boca es de cuerpo medio, con acidez correcta, justo de fruta, un punto de humedad y con final corto"; en cambio en 2013, cuando cataron el ejemplar vendimiado en 2008 con Víctor de la Serna ocupando el puesto del gran Ibáñez, fueron mucho más escuetos: "Muy balsámico en nariz, duro y con algún verdor en boca". Y sí, ya sé que ninguna de estas dos notas se refiere al Crianza 2010, pero quedan aquí recogidas, la una detrás de la otra, porque las dos juntitas bien podrían valer para despachar al último de los descendientes bécquerianos con una precisión que difícilmente alcanzarán los diletantes posmodernos que saturan con naderías la reventona blogosfera... mejorando lo presente.


Solar de Bécquer Crianza

2010

Tempranillo, Mazuelo y Garnacha

12 meses en barricas de roble americano

13,5% alcohol

DOCa Rioja

Bodegas B. Escudero, Pradejón, La Rioja, España

25.1.14

El oráculo de Baco

El pasado 2 de enero, cual oráculo de Baco, ese hedonista de la vida y el vino que se hace llamar Robert M. Parker, Jr. ofreció vía Twitter, sin que haya trascendido consulta previa, sus quince predicciones relacionadas con el vino para 2014. Y, como está comprobado que para los acérrimos correligionarios del baquismo (aquellos que hacen buena la certidumbre del Eclesiastés, 1, 15, "El número de necios es infinito") lo que sentencia mister Parker va a misa, imagino que a estas alturas la curia enológica mundial ya estará irreconciliablemente dividida entre quienes intrigan para elevar a los altares al hombre de la nariz del millón de dólares y los que confían sus más descorazonadas plegarias a su condena (sin fianza) a los infiernos del vino.


Como aún es pronto para juzgar todas las boberías y perogrulladas enunciadas sin recato por el sacrosanto wine advocate (para eso habrá que dejar correr el año y pasar revista, Dios mediante, en enero de 2015), de momento nos limitaremos a poner el acento en las tres predicciones que nos tocan más de cerca:

· "5. España, el sur de Italia y Francia dominarán los vinos de alta calidad de menos de 20 dólares": Tener la poca lacha de vender como futurible un hecho repetido año tras año desde que el vino es vino solo está al alcance de los gurús instalados en la más absoluta desvergüenza. España, Italia y Francia son y serán (no necesariamente por ese orden y con mínimas excepciones) los tres principales productores vinícolas del mundo tanto en cantidad como en calidad por muchos años; y los países emergentes (como la patria del flamante oráculo de Baco) seguirán siendo gregarios de lujo a menos que la filoxera vuelva a hacer de las suyas.
· "15. Las ventas de vino espumoso Prosecco y Cava erosionarán parte de los beneficios y el glamour del Champagne": Salvo que en Cataluña salga cara en el referéndum por la independencia, circunstancia que condenaría a una muerte lenta a un producto insuperable en la relación calidad-precio pero lastrado por la estrechez de miras de sus administradores.
· "11. Los blogueros del vino continuarán quejándose de su fracaso para rentabilizar sus sitios y ganarse el respeto": El ínclito Parker es un cachondo, qué le vamos a hacer. Pero debería saber que los blogs y las razones que justifican su existencia son como los culos (con perdón): cada cual tiene el suyo. Respecto a la dicotomía rentabilidad-respeto, se me ocurren tropecientos personajes que me merecen mayor atención. Con que los blogueros mereciéramos al abogado defensor del vino el mismo respeto que él nos merece a nosotros, nos daríamos por satisfechos.

23.12.13

Ni en serio ni en broma

Antes de tirarnos juntos al barro de los intríngulis del bebercio (y del comercio), se hace saber al improbable lector que el (re)bautizo bloguero de un servidor tiene como único responsable al más canalla de los filósofos carnavalescos gaditanos, Juan Carlos Aragón. Hace ya tres lustros, el susodicho jartible nos brindó un popurrí pelín sirvergonzón protagonizado por unos ruinosos legionarios romanos que, alardeando de una (im)perdonable falta de respeto, degradaron a su mitológico dios del vino echando mano de familiares sufijos. En la citada copla chirigotera, Baco pasó, sin solución de continuidad, a llamarse primero Baquito y luego Bacorro.

Para no desfacer del todo aquel añejo entuerto, aquí y ahora me dejo adoptar por el simpático apelativo a la par que deposito mis más insensatas esperanzas en heredar algo del espíritu coñón de tan gloriosa letra. Con tu connivencia, apreciado lector, y la paciencia de mi tabernero de cabecera (junto a quien reviso en el televisor de su santa casa la guasona grabación del citado popurrí al tiempo que pergeño esta declaración de intenciones), que así sea.


Como habrás adivinado, The Wine Accuser nace, desafiando al miedo y la vergüenza, con la (in)sana intención de marcar las distancias respecto a las puntua(liza)ciones de los gurús de la prescripción enológica mundial, desde el advocate de la nariz del millón de dólares y su agrandado bufete hasta los paniaguados escribanos de nuestras guías domésticas, pasando por quienes se dicen meros espectadores o entusiastas. Sucede que defiendo (y defenderé, en tanto mi pituitaria amarilla y mis papilas gustativas no me arrastren a lo contrario) aquello que alguien tan poco sospechoso como el capitoste de Château Margaux, Paul Pontallier, viene repitiendo machaconamente desde antiguo: que el vino se hace para beber, no para catar.

A ello me aplicaré en lo sucesivo; y a trasladar a estas cuartillas virtuales mis experiencias. Mas como esta presentación está quedando biográficamente exigua, permíteme solo una sugerencia más: lo mismo que Julio Camba cuando firmó su fe de bautismo en ABC hace un siglo, "necesito que ustedes me conozcan antes de entrar en tarea para que no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma".