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21.5.14

Abadía Retuerta Selección Especial 2009

Abadía Retuerta Selección Especial de 2001 fue distinguido en el International Wine Challenge celebrado en Londres en 2005 como el mejor tinto del mundo, y ese reconocimiento, que sus sucesores llevan a gala desde entonces como elemento estructural de su etiquetado, contribuyó sobremanera a situar en el mapamundi de la enología a la bodega sardonera, fundada en 1996 por la multinacional farmacéutica Novartis. Con un monasterio premostratense como epicentro, hoy reconvertido en el lujoso complejo enoturístico Le Domaine, la finca sobre la que se asienta la bodega perteneció a una sociedad de agricultores a los que Sandoz surtía de productos de sanidad animal. Eso fue hasta 1990, cuando la compañía química suiza se resarció de los impagos de sus propietarios agenciándose el latifundio, situado en plena 'milla de oro' de la Ribera del Duero. Unos años más tarde, tras la fusión de Sandoz y Ciba-Geigy para crear el gigante Novartis, Abadía Retuerta pasó a convertirse en la niña mimada del todopoderoso (y polémico) conglomerado biotecnológico.


Cuentan que durante la Reconquista, con el fin de asentar el cristianismo en tierras castellanas, el Conde de Castilla mandó edificar una red de conventos-fortaleza y que, como consecuencia de esto, en el año 1146 se construyó el monasterio de Nuestra Señora Santa María de Retuerta, fundado por Sancho Ansúrez. Y cuentan también que a los monjes de la orden de San Norberto les fue concedido terras et vineas, y que el segundo abad trajo desde Borgoña las primeras cepas de variedades francesas que fueron plantadas en dicho lugar y que hoy, convenientemente replantadas, ocupan poco más de doscientas hectáreas de las setecientas por las que se extiende una finca completada por monte y bosque repoblados con variedades autóctonas.

Situada en la margen izquierda del Duero, donde abunda el sol y escasea la lluvia, Abadía Retuerta sufre inviernos fríos y veranos ardientes, con grandes variaciones de temperatura entre el día y la noche. La cuenca del río, donde crecen sus vides, es producto de miles de años de erosión, aluviones, sedimentaciones y cambios en la composición del suelo, lo que ha dado origen a un terroir de gran diversidad donde varía la textura, la proporción de minerales y el agua que absorbe o retiene cada parcela de la finca. La filosofía de trabajo del equipo asesorado por Pascal Delbeck, bajo la dirección enológica de Ángel Anocíbar, radica en la vinificación por pagos. El suelo de cada una de sus cincuenta y cuatro parcelas tiene una composición diferente: arcillas a la orilla del río, guijarros y arenas a lo largo de la ladera, grava en las capas inferiores, caliza en las alturas... Por tanto, cada pago acoge una única variedad de uvas. Los viñedos se esparcen por las laderas de orientación norte, trepando desde la orilla hasta alturas que alcanzan los 850 metros, y esa diferencia de nivel, combinada con los distintos tipos de suelo, produce notables variaciones en el rendimiento de cada pago. En bodega, Abadía Retuerta destaca por el uso de la gravedad en todos los procesos de elaboración y por una sala de barricas enterrada bajo la ladera del monte que facilita de forma natural el control de la temperatura.

Tras un invierno bastante gélido y uno de los veranos más secos y calurosos de los últimos años, que pusieron a prueba la capacidad de reacción de sus responsables, Abadía Retuerta considera 2009 como la mejor añada de su historia particular. Su Selección Especial "de las mejores uvas de todas las parcelas" reparte su peso varietal al 75% en tempranillo, al 15% en cabernet sauvignon y al 10% en syrah, un coupage que fue envejecido durante casi año y medio en un total de 1.860 barricas de roble francés y americano que dieron de sí para llenar 550.000 botellas y 5.000 mágnum.


Víctor de la Serna, Jens Riis y Luis Gutiérrez, que fueron de los primeros en catarlo para elmundovino.com, ya advirtieron de su "perfil comercial", aunque no supieron a qué carta quedarse: "En la boca nos gusta más, está bien elaborado, con buena materia, pero con el exceso de roble. No necesitaba tanto baño". En cambio, la Guía Peñin 2013 se mostró mucho más generosa con los paganinis suizos: "Color cereza brillante. Aroma especias dulces, roble cremoso, expresivo, fruta roja, fruta madura, equilibrado, mineral. Boca sabroso, frutoso, tostado, taninos maduros, largo".

En Vila Viniteca, como es costumbre de la casa, lo que importa es el vino: "De color rojo granate intenso. En nariz es perfumado, con recuerdos de pimentón rojo, fruta roja y negra (cerezas, moras y fresas) y las especias marcadas que aporta la barrica (nuez moscada) así como chocolate y regaliz. Final ahumado y balsámico. En la boca tiene un tacto sedoso, y una textura rellena. Buena armonía y volumen, con taninos sedosos y redondos. Largo, placentero y persistente. Recuerdos finales de canela en polvo". Por su parte, Antonio Jesús Pérez Reina se las ingenia para batir un récord al alcance de muy pocos: consigue no decir nada en dos párrafos que son puro desperdicio y que cito aquí de corrido para que consten en acta: "Un vino lleno de color, por sus matices en nariz y en boca, su juventud es su mayor virtud, la integración con la crianza y la evolución en botella sus mejores exponentes. Aromas especiados arropa a la fruta roja que se muestra en una muy buena añada por su frescura e intensidad. Un vino muy fiable año tras año, que recrea ricas sensaciones en boca que expresan terruño, bonita complejidad porque se muestra poco a poco en la copa, nos va enseñando los matices que encierra. Sus taninos son finos y maduros y evolucionando. Un vino que se ha convertido en un valor seguro".

Pero la nota de cata que más me sorprende es la que viene firmada por Demos Bertran. Sus dos aproximaciones al Selección Especial 2009, separadas por un año de diferencia, se cierran destacando su "final largo", en lo que parece ser una opinión más o menos generalizada que no se corresponde en absoluto con lo que yo he experimentado esta tarde en la taberna, donde me he pimplado una botella a medias con la propiedad. El tabernero y un servidor hemos convenido en que se trata de un vino, como anuncian sus elaboradores, de "firme paso de boca, fresco, sabroso y equilibrado" pero en ningún caso "persistente y largo". Para nuestra sorpresa, este Abadía Retuerta incumple eso que distingue a un caldo correcto de uno excepcional. Es tan deliciosamente ingrato, que se va del paladar sin despedirse.


Abadía Retuerta Selección Especial

2009

Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Syrah

16 meses en barricas de roble francés y americano

14% alcohol

Vino de la Tierra de Castilla y León

Abadía Retuerta, Sardón de Duero, Valladolid, Castilla y León, España

10.5.14

Gladiator 2008

Pretende Viña Santa Marina que su Gladiator "sirva como homenaje al general emeritense Maximus Decimus Meridius, el más reconocido gladiador de la historia cuya leyenda dio origen a la famosa película". Pero la verdad es que esa pretensión da un poquito de vergüenza ajena, teniendo en cuenta que el tal Máximo Décimo Meridio, encarnado por Russell Crowe en el filme de Ridley Scott, jamás existió. Podríamos aceptar, siendo generosos con el beneficio de la duda, que el personaje esté basado en Marcus Nonius Macrinus, hombre de confiaza del emperador Marco Aurelio que ni fue gladiador ni vino al mundo en Augusta Emerita, y, apurando mucho, en Narciso, Espartaco, Cincinato y Máximo de Hispania. Pero poco más. O sea, este supuesto tributo de la bodega extremeña al término municipal en el que crecen sus viñedos (Mérida) evidencia una decisión rayana en el ridículo (tomando al pie de la letra su enunciado), pues incluso el origen emeritense del 'Gladiator' ficticio es producto exclusivo del doblaje a nuestra lengua, ya que el general que defendía que "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad" se declaraba oriundo de Trujillo (Cáceres) en la versión original del larguísimo metraje.


Viña Santa Marina es, por decirlo en términos vitícolas, un pequeño zarcillo nacido del tallo principal de los Alvear de toda la vida, una noble estirpe de bodegueros que brotó en Nájera (La Rioja), antigua capital del Reino de Navarra, pero que echó raíces en Montilla (Córdoba) en el siglo XVIII. El que fuera durante décadas director de la bodega familiar, Álvaro de Alvear, decidió en 1999 emprender una nueva aventura junto a la enóloga Yolanda Piñero, asentándose por la vía del chanchullo (condiciones a medida, precio de ganga) a los pies de la sierra de Lamoneda, donde parece ser que en la época romana ya se elaboraban vinos muy apreciados en el imperio.

En el arranque de lo que antiguamente fue la Vía de la Plata (por seguir con la presunta filiación latina de la casa), se extiende una finca de unas doscientas hectáreas, de las cuales sesenta y una son de viñedo conducido en espaldera y el resto de bosque mediterráneo perfectamente conservado. El suelo que nutre sus viñas es de origen granítico, de estructura arenoarcillosa y de profundidad moderada con zonas de abundante canto que favorecen el drenaje, mientras que el clima que las arropa es típicamente mediterráneo, con inviernos fríos, veranos secos, largos y cálidos, y transiciones abundantes en lluvias.


De entre las variedades plantadas en Viña Santa Marina, sobresalen las tres de origen francés que forman el coupage de Gladiator: syrah (60%), cabernet sauvignon (30%) y petit verdot (10%). Según sus productores, la primera "es una suntuosa uva, para hacer vinos de textura sedosa, especiados, persistentes en la boca. Tiene un buen envejecer, los vinos pasan de plenos, atractivos cuando son jóvenes, a ganar personalidad y sólido carácter con el tiempo"; la segunda es considerada "la reina para la crianza de vinos. Procede de Burdeos, donde es la base de los vinos importantes, y desde allí ha viajado por todo el mundo, gracias a su gran capacidad para adaptarse a diferentes zonas sin perder calidad y carácter"; por último, la tercera es "original del suroeste francés. Con buenas características para vinos vigorosos, de larga vida, de lento envejecimiento, profundo color, aporta tanicidad, acidez, acompleja los aromas".

Mediante el ensamblaje de estas tres variedades, y tras un envejecimiento de doce meses en barricas de roble francés y americano, se obtiene, según la nota de cata personal del advocate Robert Parker, un vino de "color púrpura de capa cubierta" que "ofrece un atractivo bouquet de ahumados, caza, violetas, pimientos, arándanos y moras" y "frutas dulces" en un paladar "redondo, sedoso"; un vino, por consiguiente, "largo y placentero que se beberá bien durante una década". Pero a esa opinión no hay que echarle mucha cuenta: vale lo que costó convencer al gurú de Baltimore de que catara el caldo, con la (in)estimable colaboración de la enóloga emeritense María Isabel Mijares, aprovechando una visita a nuestro país para recibir la Gran Cruz del Mérito Civil.

Sin embargo, mucho más justa con lo que yo he bebido hoy en la taberna me parece la sucinta valoración del equipo de elmundovino.com compuesto por Víctor de la Serna, Juancho Asenjo y Ernestina Velasco: "Algo vegetal, agradable de entrada, cuerpo medio, con un final amargoso y no excesivamente logrado". Ni más ni menos.


Gladiator

2008

Syrah, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot

12 meses en barricas de roble francés y americano

13,5% alcohol

Vino de la Tierra de Extremadura

Viña Santa Marina, Mérida, Badajoz, Extremadura, España

25.4.14

Infiltrado 2013

La Hacienda del Carche ocupa un centenar de hectáreas de viñedos y olivares en Jumilla (Murcia) y combina umbría y regadío con secano. Fundada en 2006 por varias familias de larga tradición vinícola y emparentada actualmente con Casa de la Ermita bajo el amparo del "otro García Carrión" (Juan Vicente), sobre sus suelos pardos y calizos comparten protagonismo variedades autóctonas y foráneas así como cepas viejas y otras (mucho) más jóvenes, plantadas en el momento de su creación, lo que posibilita un considerable equilibrio a sus caldos. Situada a una altitud media de 550 metros sobre el nivel del mar, su clima es seco y soleado, continental aunque con una notable influencia mediterránea.

El último niño mimado de la Hacienda es Infiltrado, un vino recién parido en cuyo pintoresco continente confluyen (casi) todas las tonterías ofertadas hoy en día por el posmoderno mercado vinícola: botella estrafalaria, etiquetado heterodoxo, infografía para dummies, superfluas advertencias textuales... El colmo de la gilipolluá, o sea. Pero vayamos por partes.


Infiltrado se pasea por el mundo (y para más inri por mi taberna favorita) luciendo llamativas trazas, enfundado en un traje de hombros desparejos que se hace llamar botella Abellán en honor a su inventor, al que me gusta imaginar un tanto avergonzado a la hora de redactar las (presuntas) virtudes de su artefacto: "Es una botella decantadora. Su peculiar hombro invertido evita que los sedimentos o partículas sólidas que se puedan encontrar en su contenido, salgan al exterior"; "Debido a sus características y su altísima calidad, está catalogada como botella Premium"; "Su novedoso diseño también se refleja en sus paredes, que no son paralelas, lo que impide el deterioro del etiquetado al no rozarse unas con otras en el momento del almacenado o exposición"; "Comercialmente, ante dos botellas de vino similares, el consumidor percibirá como el de mayor calidad el más alto y pesado. [...] Su gramaje, similar al peso de una botella de cava o champagne; su altura, de las más altas; y su diseño, la convierten en una botella única y diferente de las de la competencia". Pero, como diría Super Ratón, "no se vayan todavía, aún hay más": "Lo más importante es que la botella Abellán brinda la posibilidad de no tener que filtrar el producto. De esta manera conseguimos un género que conserva todas sus propiedades organolépticas intactas. Completamente natural. Sin adulterar. Un producto orgánico, de mayor calidad. Y con el vino en particular, por un lado, dota al enólogo de una herramienta más para obtener caldos más personales, aprovechando todos los matices, sin perder los aromas y sin perder color, y por otro, permite a la bodega reducir costes de fabricación al poder suprimir la 'estabilización por frío'. Los altos costes, tanto energéticos como medioambientales que conlleva enfriar el vino con el fin de filtrarlo desaparecerían". Así que, para pasmo de propios y extraños, de las palabras del crecidito Pablo Abellán Guillén se deduce que la práctica totalidad de las bodegas y los vinos del mundo mundial son antinaturales, adúlteros, inorgánicos, de escasa calidad, impersonales, sin matices, sin aromas, sin color... y derrochones. O lo eran hasta que llegó él, por supuesto, con su revolucionario invento bajo el brazo. A partir de ahora sí que vamos a saber lo que es beber vino de calidad. El secreto estaba en la botella... ¡y nosotros sin enterarnos!

Además, para envolver su flamante regalito, la bodega murciana utiliza un etiquetado voyeurista, con artísticas pegatinas oblicuas al frente y tipografía más propia del embalaje industrial de la ley seca que del consumista lassez faire contemporáneo; y sobre él estampa un dibujito indicando la posición correcta de servicio, como si para tomarse una copa de su presuntuoso bebercio fuera necesario hacer un máster en inclinación botellil; y sobre la ridícula ilustración, añade la catalogación más absurda de cuantas se vienen imponiendo en la enología universal en los últimos años, traducida, en su desmedido afán de sinvergonzonería, a varios idiomas: "Vino de autor". Y, como ya no soporto más sandeces, acudo al diccionario; y compruebo que 'autor' significa lo que yo creo que significa ("Persona que es causa de algo"); y me pregunto si los vinos en los que se omite tan desatinada advertencia se hacen solos, debido a alguna extraña conjunción de los astros; y harto ya de estar harto, como Serrat, me cago (con perdón) en las castas de los vendemotos. Para colmo, aún sigo intentando digerir el avispado juego de palabras que los macarras de la mercadotecnia emplean para presentar su producto: Infiltrado - Vino sin filtrar. Casi ná, los cerebritos.

¿Y del contenido, qué? Pues más o menos lo mismo que del continente. Se trata de un coupage de syrah (50%), monastrell (40%) y garnacha (10%), en el que lo más destacable es su paso (parcial) por barricas nuevas de roble francés para realizar la fermentación maloláctica. La nota de cata oficial lo presenta de "un atractivo color violáceo con intensos aromas a frutos rojos y golosinas, con finos atisbos de madera nueva y especias blancas" y añade que "en la boca se desvela muy fresco con gran exaltación de su juventud, al mismo tiempo que se percibe su naturalidad". Pero, en este caso, resultan mucho más descacharrantes las apreciaciones de uno de sus primeros catadores públicos, Oscar Sonsiera, dueño y señor de Hemoglovinum: "En copa muestra un rojo cereza intenso y radiante, con una capa superior azulada que deriva en un ribete violáceo precioso. Como veréis, al movimiento tiñe el balón creando la sensación de ver un Chupa Chups de fresa". Esto promete. Sigamos: "La nariz es intensa, potente, mucha fruta roja, notas lácteas acompañadas de golosina de fresa, las típicas regalices rojas y después untadas en Petit Suisse, muy divertido. Las notas especiadas también aparecen junto a unas leves notas cremosas". Lo dicho. Y todavía queda la boca: "Es una pasada, fruta roja madura pero en un punto juerguista, pura explosión. Toques ahumados, con grandes dosis de chucherías, una fiesta dulce en la boca, curiosamente el vino está equilibrado, nadie despunta ni amarga la fiesta, dotándolo de una extraña sensación de frescura y bien hacer. Encantador, joven y divertido".

¿Divertido? Ni mucho menos. Infiltrado es un vino que dice mucho más por fuera (y no precisamente para bien) que por dentro. "Divertido no es lo contrario de serio", dejó avisado el gran Chesterton; "divertido es lo contrario de aburrido, y de nada más". Y, por desgracia, este caldo no es nada serio aunque sí (muy) aburrido. Por cierto, por culpa de tanta parafernalia, cuesta mucho más de lo que vale.


Infiltrado

2013

Syrah, Monastrell y Garnacha

13% alcohol

DO Jumilla

Hacienda del Carche, Jumilla, Murcia, España

11.4.14

Nestares Rincón In 3.0 2009

Si Federico la llamó "país de ninguna parte", por algo sería. García Lorca confesó su admiración por La Alpujarra en una fraternal misiva fechada en 1926, tras una breve estancia en esa fascinante sucesión de valles y barrancos que une y separa Sierra Nevada y el mar Mediterráneo: "Yo no he visto una cosa más misteriosa y exótica. Parece mentira que esté en Europa". Por aquel entonces, las viñas ya dominaban los incomparables miradores de una región en la que la familia Nestares Rincón se ha propuesto ahora perpetuar el prestigio de sus personalísimos caldos, determinados por una altitud cercana a los 1.400 metros sobre el nivel del mar y por la templada brisa marina que los envuelve.


La finca Juan de Reyes, que los flamantes bodegueros gestionan en la sierra de la Contraviesa, se ha convertido en los últimos años en el principal baluarte de la viticultura de la zona, gracias, entre otras cosas, a la creación del Centro Temático del Vino Alpujárride, un complejo que supera con mucho el mero concepto de bodega. Respecto a lo que aquí nos importa, de las cuarenta y dos hectáreas que abarca la finca, veinticuatro están pobladas por almendros, nueve por bosque mediterráneo y el resto por viñedos; concretamente, por viñedos que se cuentan entre los más altos de Europa, una particularidad inesquivable a la hora de valorar la singularidad de los vinos allí producidos, certificados por la Denominación de Origen Protegida Vinos de Calidad de Granada aunque la botella que me traigo entre manos no dé noticia de ello.

El ejemplar con el que el tabernero ha reincidido hoy ha sido In 3.0, perteneciente a la añada 2009, para más señas: un vino de cibernético nombre y etiquetado modernérrimo que, según el responsable de la empresa anunciadora, está hecho al gusto de los consumidores actuales; lo que, traducido al lenguaje bebercial, significa equilibrio fruta-madera, ataque agradable y daño justo. Para llevar a cabo tan encomiable propósito se realiza un coupage con las variedades tempranillo, syrah y merlot que, posteriormente, es sometido a una crianza de doce meses en barricas de roble francés (80%) y americano (20%).

La escueta nota de cata oficial retrata un caldo "rojo cereza picota con capa alta, borde granate, fruta roja, madura con notas a cacao, sabroso, potente y glicérico". Y poco se puede reprochar a una aproximación tan comedida. Pero en esta ocasión, más interesante que la propia descripción del producto resulta la recomendación de consumo que puede leerse en un colgajo amarrado al cuello de la botella con un lazito rosa: "Para conseguir expresar sus propiedades aromáticas, estructura, cuerpo, equilibrio y persistencia en boca se recomienda, debido a su poca filtración, verter lentamente en un decantador sin apurar la botella, antes de servir"; un mensaje que se complementa desde la web de la bodega con otra redundante e infantiloide apreciación: "Es muy interesante comprobar que cuando está en la copa, evoluciona y cambia sus aromas y sabores haciéndolo muy interesante y divertido a la vez".

Debo aclarar que habitualmente las sugerencias de consumo me parecen innecesarias, por tópicas, por ridículas o por ambas cosas a la vez. Sin embargo, en el caso de In 3.0 las advertencias no están de más, si obviamos algunos excesos verbales propios de colegiales. Mi experiencia personal (e intransferible) con este vino certifica que algo de cierto hay en la propuesta del productor. Lo probé hace meses, de una botella recién abierta y sin darle tiempo a expresarse. Resultado: indiferencia. Lo he vuelto a catar ahora, reposadamente, permitiendo que sus excelencias hicieran acto de presencia. Resultado: alta aprobación. Teniendo en cuenta, además, que se trata de un caldo que ya lleva un (considerable) tiempo en botella, la conclusión hay que buscarla entre dos opciones no necesariamente excluyentes: el vino ha mejorado con el tiempo y/o el que ha progresado he sido yo. Aunque esto último se me antoja harto improbable.


Nestares Rincón In 3.0

2009

Tempranillo, Syrah y Merlot

12 meses en barrica de roble francés y americano

14,5% alcohol

VC Granada

Nestares Rincón, Torvizcón, Granada, Andalucía, España

21.1.14

Penta 2009, 2010 y 2011

El tabernero me ha propuesto hoy llevar a cabo una (mini)cata vertical (ya sabes, buscar las siete diferencias entre distintas añadas de una misma referencia) como lúdico desengrase de la rutina diaria; y yo, que huyo del aburrimiento como de la peste, me he dejado hacer. La (a priori) excitante propuesta consistía en dar cuenta de sendas muestras de Penta, correspondientes a las añadas de 2009, 2010 y 2011, pero su desarrollo ha resultado (mucho) menos provechoso de lo esperado, principalmente por culpa de la nula personalidad de un vino excesivamente encorsetado por su diseño conceptual: el artificio se hace llamar así, Penta (elemento compositivo, del griego 'πεντα-'), porque está integrado por un coupage de cinco variedades de uva; porque su crianza en barrica de roble gabacho alcanza los cinco meses; y porque, rizando el rizo de la gilipolluá, pretende estimular los cinco sentidos. Total, mi gozo en un pozo: ni el vino ni el jueguecito de marras me han hecho tilín.


Por lo que respecta al caldo, lo justo sería adelantar que se trata de un mero soldado raso dentro del nutrido ejército de etiquetas con el que combate Pago del Vicario, una bodega con cuartel general en Ciudad Real (junto a la ribera del río Guadiana, en las primeras estribaciones de los Montes de Toledo) y comandancias en la Alpujarra almeriense y El Bierzo leonés. Las variedades empleadas para la consecución de Penta, procedentes de vendimias nocturnas y con vinificaciones individualizadas parcela a parcela, solo son agrupadas en la fase final de su proceso de elaboración; y esta circunstancia, sumada a la heterogeneidad de los suelos de las veintinueve parcelas en las que se divide el pago, se convierte en la principal causa de su indefinido carácter. Así las cosas, el hecho de que en la añada 2011 cabernet sauvignon y syrah fueran sustituidas por garnacha tinta y graciano no supuso la más mínima ventaja para un coupage que, siquiera por eso, debería haber superado sus primigenias hechuras bordelesas, ganando en españolidad y potencia.

Muy al contrario, este proyecto dirigido por la saturniense Susana López Mendiondo peca de impersonalidad precisamente en aquellos aspectos que deberían conformar sus señas de identidad, lo cual evidencia que, si alguna semilla dejó Peter Sissek en la responsable enológica de Pago del Vicario durante su matrimonio de conveniencia en Clos d'Agón, desde luego no es este Penta la criatura en la que se hace notar. Sirva como muestra un botón: desde la web oficial de la bodega se habla de un vino "muy frutal" en boca, "con notas de menta y cacao (aftereight)", "recordando mousse de fresa y nata". O sea, menta y cacao y fresa y nata; demasiado postre para tan poco alimento; el ser y la nada, que diría Sartre.

En cuanto a mi humilde experimento tabernario, la batalla la ha ganado de largo el 2009, cuyo periodo de guarda en botella ha multiplicado las (escasas) excelencias de su paso por barrica, una eventualidad que ha permitido que las especias de la madera compensen la vaguedad de semejante ensalada de frutas. Algo que aún no se ha producido en el caso del 2010, que de propina ofrece un ataque en nariz ligeramente desagradable, ni en el del 2011, al que unos meses más de reposo le sentarán de escándalo.


Penta

2009, 2010 y 2011

Tempranillo, Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot y Petit Verdot (2009 y 2010)

Tempranillo, Garnacha tinta, Graciano, Merlot y Petit Verdot (2011)

5 meses en barricas de roble francés

14,5% alcohol

Vino de la Tierra de Castilla

Pago del Vicario, Ciudad Real, Castilla La Mancha, España