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3.5.14

Eléctrico. Fino en Rama

El fino es uno de los vinos generosos propios de los marcos de Jerez y de Montilla-Moriles pero, entre los de aquel y los de este, se dan unas ligeras diferencias que, gustosamente, pasan a explicar sus respectivos consejos reguladores: el fino de Jerez "se obtiene a partir de la fermentación total de mosto de uva de la variedad Palomino. El vino base así obtenido se encabeza hasta los 15% vol. de alcohol, al objeto de favorecer el desarrollo del velo de Flor; la protección natural de las levaduras va a evitar la oxidación del vino a lo largo de toda su crianza y a conferirle características organolépticas muy especiales. Esta crianza biológica se prolonga durante un período mínimo de tres años y se realiza en botas de roble americano mediante el tradicional sistema de criaderas y solera"; por su parte, el fino de Montilla-Moriles "se obtiene a partir de un 'Blanco sin envejecimiento', el cual es sometido a crianza biológica mediante el sistema de criaderas y solera durante un periodo mínimo de dos años. El grado alcohólico adquirido mínimo exigido para este tipo de vino, de 15% vol., generalmente se alcanza de forma natural, sin necesidad de encabezado".

Resumiendo: el fino de Jerez se elabora con palomino, se encabeza hasta alcanzar la graduación mínima exigida y se envejece durante un mínimo de tres años; el de Montilla-Moriles se hace con Pedro Ximénez, suele adquirir su graduación mínima de forma natural (gracias a un clima favorable) y se le exige un año menos de maduración que a su vecino. Pero si, además de lo ya explicado, al fino se le añade la coletilla 'en rama', la cosa se complica aún más, pues esa es la manera poética que gastan gaditanos y cordobeses para referirse a los vinos naturales, como si les gustara imaginárselos sangrados directamente de la vid. En realidad, lo que viene a significar ese lírico complemento es que el vino así etiquetado se embotella en bruto, tras ser extraído directamente de la barrica una vez finalizada su crianza biológica, respetando su estado natural, sin someterlo a posteriores tratamientos.


Precisamente, un fino en rama es lo que hoy ha convertido mi tapeo tabernario en una experiencia extraordinaria. El responsable del acontecimeinto se hace llamar Eléctrico, y es un exquisito vino de aperitivo elaborado en Aguilar de la Frontera (Córdoba), una localidad situada a medio camino entre las dos poblaciones que dan nombre a la Denominación de Origen Montilla-Moriles. En la antigua central eléctrica del pueblo (de ahí el nombre del caldo) se asienta una bodega fundada en 1844 por Antonio Sánchez Prieto dentro de un encastillado molino, trasladada a su definitiva ubicación en 1922 por José María Toro Albalá, que de paso le prestó sus apellidos para los restos. En sus abundantes subterráneos se crían y conservan unos vinos que, debido a la singularidad de su casa de acogida, han dado pie a expresiones como "Dame un calambrazo, tabernero" o "¿Cuántos voltios tiene este vino?", según cuentan los lugareños a modo de chascarrillos.

El bisnieto del fundador, actual propietario y responsable enológico de la bodega, Antonio Sánchez Romero, ha respetado las normas legadas por sus antepasados pero adoptando técnicas novedosas con la estrecha colaboración de sus hijos, y su excepcional tratamiento de la variedad Pedro Ximénez lo ha convertido en lo que alguien ha calificado como "un inventor activo, un alquimista entre botas, un aventurero de nuevos aromas y sabores a fondo perdido". Con el mismo cuidado que proporciona a las botas que cobijan sus añejos y valorados caldos, Sánchez Romero va alimentando una bodega-museo que alberga más de cuatro mil piezas repartidas en dos áreas: una, dedicada a las artes populares y la arqueología; la otra, consagrada a recopilar herramientas, máquinas, bibliografía y objetos antiguos relacionados con el arte de hacer vino.

Mas nada de esto valdría de mucho si no fuera porque contribuye a rodear de misticismo culturalista un proyecto modélico, cuyo Fino Eléctrico en Rama se ha erigido como uno de sus jóvenes aunque sobradamente preparados ejemplares. De la información facilitada por la propia bodega sobre este noble bebercio, me quedo con una parrafada preñada de literatura de cuyo inspirado redactor lamentablemente no se da noticia: "Es acusadamente limpio, brillante y ligero en la copa, de una levedad exquisita. Su color es amarillo pajizo, con tonalidades oliveras. En algún caso, con nupcias prodigiosas de la esmeralda y el topacio. No se conoce bien la génesis de estos verdosos matices cromáticos. Algún vate, con poética licencia, afirma que es el resultado de subterráneas e íntimas uniones de las raíces de las cepas y de los olivos. También se desconoce el origen de determinadas tonalidades oscuras o negras que, a veces, aparecen en la superficie de los finos cuando éstos reflejan la luz. A la nariz es complejo, sutil y delicado, con infinitos olores. Se aprecia la levadura, es siempre punzante, almendrado, atabacado, con tonos que recuerdan al regaliz. En la boca es seco, amargo y suave al mismo tiempo, algo salino, persistente en su sabor y en el desprendimiento de aromas por vía retro nasal. Apto para beberlo solo, a palo seco, o acompanado de ligeras porciones de alimentos, en Andalucía 'tapa'. Vino hermanador, amistoso, alegre en el copeo, inigualable e inimitable". Ahí queda eso.

Mucho más prosaico, Ruben Luyten, de Sherry Notes, aporta algunos interesantes matices en su nota de cata: advierte que la nariz de Eléctrico le parecerá "un poco extraña" a quienes estén acostumbrados a los finos de Jerez, y aprecia en ella "manzanas de sidra y un suave aroma a levadura de pan blanco", "algunas notas metálicas", "almendras saladas" y, en el fondo, "un ligero sabor picante, así como algunas notas costeras (algas secas)"; en boca, le parece un caldo de "intensidad media", con "algunos aromas frutales en el fondo (manzanas y albaricoques) y una buena acidez", que "evoluciona a un perfil bastante picante y ligeramente amargo (pomelo) con notas saladas". Como punto y final, Luyten subraya que se trata de un vino "no muy complejo".

Ciertamente, el Fino Eléctrico en Rama de Toro Albalá es un vino asequible con el que resulta fácil entenderse. Mucho más disfrutable que los finos jerezanos, vendría a ser como ese caramelo que a uno le gustaría llevarse a la boca a diario.


Eléctrico. Fino en Rama

Pedro Ximénez

5 años en solera

15% alcohol

DO Montilla-Moriles

Toro Albalá, Aguilar de la Frontera, Córdoba, Andalucía, España

22.4.14

Onubis

Teniendo en cuenta que Onuba fue el nombre que fenicios y tartessos dieron a lo que hoy conocemos como Huelva, y que los imperiales romanos siguieron la corriente a sus civilizados predecesores pero dejando su impronta al añadirle el definitorio Aestuaria (por su situación entrambasaguas, saladas y dulces), debemos suponer que Onubis fuera el ablativo de la primera declinación latina del milenario topónimo, que vendría a ejercer aquí funciones de complemento circunstancial de lugar para referirse a lo propio 'de Huelva'. En caso contrario, siempre nos quedará la posibilidad de (auto)defendernos como el hereje Giordano Bruno: "Se non è vero, è ben trovato".


Sea como fuere, desde que el tabernero me lo ha ofrecido hoy chupito a chupito, Onubis es para mí un vino generoso de licor elaborado y embotellado por las Bodegas Díaz, fundadas en 1955 en Bollullos Par del Condado; un dulce moscatel certificado por la Denominación de Origen Condado de Huelva perteneciente a la misma casta nobiliaria que sus paisanos pale dry, médium, cream, pale cream y Pedro Ximénez: todos ellos, oficialmente, secos o dulces de entre 15 y 22 grados de alcohol volumétrico con una crianza mínima de dos años.

Concretamente, Onubis se presenta en público arropado por una manejable (y suficiente) botella de medio litro cuyo contenido alcohólico asciende al 15%. Su contraetiqueta explica que se trata de un "vino elaborado a partir de uvas moscatel seleccionadas y envejecido durante tres años en botas de roble"; una información que la web de la bodega marismeña completa añadiendo que dicho envejecimiento se lleva a cabo mediante crianza oxidativa, producida según el tradicional sistema de criaderas y soleras. Además, en la retaguardia de la botellita puede leerse que, "en la boca", este generoso "es dulce, suave y persistente", antes de rematar aclarando que "a la vista es de color caoba teja oscura de alta intensidad".

De todo ello puedo dar fe tras empinar el codo varias veces por su culpita, pero lo que más me ha llamado la atención del etiquetado de Onubis es el derroche tipográfico dedicado a subrayar eso que los modernos pasados de moda denominan maridaje. Los productores del alejandrino néctar tiran de mayúsculas y negritas para despejar las dudas acerca de su combinación ideal: "Postres y pastas". Y, no contentos con ello, antes de detallar los datos corporativos de la bodega, vuelven a incidir en el asunto: "Vino ideal para finalizar una comida". Una machaconería rayana en lo ofensivo para con la libertad de elección de los bebedores, máxime cuando se le reservan un espacio y un tamaño más propios de la propaganda que de la sugerencia.

Al margen de la oficialidad, el responsable enológico del Grupo Decantia, Carlos Martín Lobera, aporta sus particulares matices a la nota de cata de Onubis: "De color pardo caoba con ribete yodado, en nariz es goloso de típico aroma amoscatelado, fruto seco, higo y orejón, con notas dulces de caramelo. La boca es dulce, golosa y recuerda los tostados de café en retronasal". Palabras más, palabras menos, que cantarían Los Rodríguez.


Onubis

Moscatel

3 años en botas de roble

15% alcohol

DO Condado de Huelva

Bodegas Díaz, Bollullos Par del Condado, Huelva, Andalucía, España

11.4.14

Nestares Rincón In 3.0 2009

Si Federico la llamó "país de ninguna parte", por algo sería. García Lorca confesó su admiración por La Alpujarra en una fraternal misiva fechada en 1926, tras una breve estancia en esa fascinante sucesión de valles y barrancos que une y separa Sierra Nevada y el mar Mediterráneo: "Yo no he visto una cosa más misteriosa y exótica. Parece mentira que esté en Europa". Por aquel entonces, las viñas ya dominaban los incomparables miradores de una región en la que la familia Nestares Rincón se ha propuesto ahora perpetuar el prestigio de sus personalísimos caldos, determinados por una altitud cercana a los 1.400 metros sobre el nivel del mar y por la templada brisa marina que los envuelve.


La finca Juan de Reyes, que los flamantes bodegueros gestionan en la sierra de la Contraviesa, se ha convertido en los últimos años en el principal baluarte de la viticultura de la zona, gracias, entre otras cosas, a la creación del Centro Temático del Vino Alpujárride, un complejo que supera con mucho el mero concepto de bodega. Respecto a lo que aquí nos importa, de las cuarenta y dos hectáreas que abarca la finca, veinticuatro están pobladas por almendros, nueve por bosque mediterráneo y el resto por viñedos; concretamente, por viñedos que se cuentan entre los más altos de Europa, una particularidad inesquivable a la hora de valorar la singularidad de los vinos allí producidos, certificados por la Denominación de Origen Protegida Vinos de Calidad de Granada aunque la botella que me traigo entre manos no dé noticia de ello.

El ejemplar con el que el tabernero ha reincidido hoy ha sido In 3.0, perteneciente a la añada 2009, para más señas: un vino de cibernético nombre y etiquetado modernérrimo que, según el responsable de la empresa anunciadora, está hecho al gusto de los consumidores actuales; lo que, traducido al lenguaje bebercial, significa equilibrio fruta-madera, ataque agradable y daño justo. Para llevar a cabo tan encomiable propósito se realiza un coupage con las variedades tempranillo, syrah y merlot que, posteriormente, es sometido a una crianza de doce meses en barricas de roble francés (80%) y americano (20%).

La escueta nota de cata oficial retrata un caldo "rojo cereza picota con capa alta, borde granate, fruta roja, madura con notas a cacao, sabroso, potente y glicérico". Y poco se puede reprochar a una aproximación tan comedida. Pero en esta ocasión, más interesante que la propia descripción del producto resulta la recomendación de consumo que puede leerse en un colgajo amarrado al cuello de la botella con un lazito rosa: "Para conseguir expresar sus propiedades aromáticas, estructura, cuerpo, equilibrio y persistencia en boca se recomienda, debido a su poca filtración, verter lentamente en un decantador sin apurar la botella, antes de servir"; un mensaje que se complementa desde la web de la bodega con otra redundante e infantiloide apreciación: "Es muy interesante comprobar que cuando está en la copa, evoluciona y cambia sus aromas y sabores haciéndolo muy interesante y divertido a la vez".

Debo aclarar que habitualmente las sugerencias de consumo me parecen innecesarias, por tópicas, por ridículas o por ambas cosas a la vez. Sin embargo, en el caso de In 3.0 las advertencias no están de más, si obviamos algunos excesos verbales propios de colegiales. Mi experiencia personal (e intransferible) con este vino certifica que algo de cierto hay en la propuesta del productor. Lo probé hace meses, de una botella recién abierta y sin darle tiempo a expresarse. Resultado: indiferencia. Lo he vuelto a catar ahora, reposadamente, permitiendo que sus excelencias hicieran acto de presencia. Resultado: alta aprobación. Teniendo en cuenta, además, que se trata de un caldo que ya lleva un (considerable) tiempo en botella, la conclusión hay que buscarla entre dos opciones no necesariamente excluyentes: el vino ha mejorado con el tiempo y/o el que ha progresado he sido yo. Aunque esto último se me antoja harto improbable.


Nestares Rincón In 3.0

2009

Tempranillo, Syrah y Merlot

12 meses en barrica de roble francés y americano

14,5% alcohol

VC Granada

Nestares Rincón, Torvizcón, Granada, Andalucía, España

4.4.14

Amontillado Tradición

A fuer de ser sincero, frente a un amontillado yo diría lo contrario de aquello que cantaban Los Chunguitos: 'Si me das a elegir entre tú y la belleza, me quedo con la belleza'; aunque sea por joder la marrana. Por ejemplo (y por no salirnos del tema), con El barril de amontillado, aquel negrísimo, irónico y sádico relato de suspense escrito por Edgar Allan Poe que escondía al inefable vino generoso como protagonista en la sombra de su trama. A decir verdad, cuando se trata de pequeñas dosis prefiero la literatura de misterio a la complejidad enológica, qué le voy a hacer. Pero cada cosa tiene su momento y hoy he aparcado mis preferencias para dejarme seducir en la taberna por el Amontillado de Bodegas Tradición. Palabras mayores.


Sostiene el tándem Girón-Barquín, que en su momento investigó la idiosincrasia del marco jerezano, que los amontillados son "difíciles y hondos, para la tradición vinícola andaluza serían algo así como lo que la siguiriya o la soleá para el cante flamenco"; y a mí no se me ocurre mejor símil para meterle mano al asunto. Oficialmente, el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jerez-Xérès-Sherry define así su elaboración y crianza: "Procedente de la fermentación completa de mostos de uva palomino, el amontillado es un vino singular, fruto de la fusión de dos tipos de crianza, la biológica y la oxidativa [...]. Su particular proceso de crianza comienza, como en el caso de los finos y manzanillas, con una fase inicial bajo velo de flor; a lo largo de los primeros años en las criaderas el vino adquiere notas punzantes y acentúa su paladar seco. A partir de un determinado momento, la desaparición de la flor provoca una segunda fase de crianza oxidativa, que oscurecerá paulatinamente el vino y lo dotará de concentración y complejidad". Eso, en (muy) resumidas cuentas, porque, como recuerdan Álvaro Girón y Jesús Barquín, "a todo ello se le pueden sumar otros factores muy relevantes, como son las características de la solera fundacional y la trayectoria histórica del vino en cuestión, la gestión de capataces y enólogos de las criaderas y soleras de amontillado, el microclima de la localidad y del edificio bodeguero y, cómo no, la selección de manzanillas y finos procedentes de mostos de reconocida calidad".

En el caso que nos ocupa, conviene saber que Bodegas Tradición es una joven empresa fundada en 1998, dedicada exclusivamente a la crianza y envejecimiento de vinos calificados por el Consejo Regulador como VOS (Vinum Optimum Signatum o, en inglés, Very Old Sherry: vino calificado como bueno de más de 20 años) y VORS (Vinum Optimum Rare Signatum o Very Old Rare Sherry: vino calificado como extraordinariamente bueno de más de 30 años). Aunque relativamente reciente, su puesta en marcha responde a la ilusión por continuar la legendaria tarea que un antepasado de los actuales mandamases, Pedro Alonso Cabeza de Aranda y Zarco, comenzó en 1653 creando C Z, registrada en los libros como la primera marca del Jerez comercial.


Amontillado Tradición es un vino generoso con una vejez superior a los cuarenta y tres años, fruto del ensamblaje de una selección de soleras de Jerez, El Puerto de Santa María y Sanlúcar. A saber: una de la familia Delgado Zuleta, otra de Croft (procedente de Alfred Gilbey, del siglo XIX, de Bobadilla), y otra de las bodegas Osborne (del siglo XIX). Con ello se consigue, según mantiene la propia bodega, "expresar el equilibrio entre los amontillados más delicados y elegantes (Sanlúcar) y los más potentes y profundos (Jerez y El Puerto)". Su crianza tiene lugar en botas de roble americano por el milagroso sistema de soleras y criaderas, con una primera fase de seis a ocho años bajo velo de flor y una segunda fase oxidativa de más de treinta años.

Para referirse a este añejo y prestigioso caldo, Luis Gutiérrez fue capaz de arrejuntar en agosto de 2013 unas cuantas obviedades recogidas en la nota de cata  publicada por The Wine Advocate en su número 208: "The NV Tradicion Amontillado VORS, certainly has the more complex and subtle nose of all these VORS and is on average 45 years old. It has a very clean nose, with elegance and complexity, powerful but subtle notes of hazelnuts, honey and even some dates. The medium-bodied palate shows a sharp wine with strong salinity, it has the power and the lightness, in a very difficult combination". Los que no os lleváis bien con las lenguas infieles, tranquilos: nada se dice en la parrafada anterior que no aparezca citado en cualquier manual de vinos de Jerez: limpieza, elegancia, complejidad, avellana, miel y bla, bla, bla; más una perla de cosecha propia: complicadísima combinación de poder y ligereza; y arsa y olé, si lo que buscamos es ponernos folclóricos.

Más descriptiva, aunque tan atropellada como de costumbre, es la reseña que puede leerse en la última Guía Peñín: "Color yodo, borde ambarino. Aroma acetaldehído, salino, ebanistería, frutos secos, especiado. Boca potente, sabroso, matices de solera, especiado, equilibrado". O sea, otro rosario de topicazos para los que no parece necesario haber estudiado mucho. Sea como fuere, entre lo uno y lo otro queda (más o menos) claro cómo se ve, se huele y se degusta desde las alturas mediáticas una copita de Amontillado Tradición, un vino por el que (sin que sirva de precedente) merece la pena aflojar la billetada que cuesta.


Amontillado Tradición

Palomino

43 años en botas de roble americano

19,5% alcohol

DO Jerez-Xérès-Sherry

Bodegas Tradición, Jerez de la Frontera, Cádiz, Andalucía, España

17.1.14

Canasta

Las Bodegas Williams & Humbert fueron fundadas en 1877 por sir Alexander Williams, del que se cuenta oficialmente que era un "gran conocedor y admirador de los productos jerezanos", y Arthur Humbert, reconocido "especialista en relaciones internacionales", pero su verdadero origen es mucho más romántico: un buen día, el citado Williams, un modesto empleado de la firma Wisdom & Warter, se enamoró de Amy Humbert, una dama jerezana de origen inglés; incapacitado para mantener económicamente una familia y con el rechazo patronal como respuesta a su solicitud de su auxilio, decidió asociarse con su suegro, alquilando una nave y fundando sus propias bodegas.


Situado en el cuasi mitológico "valle mesopotámico" de Andalucía occidental, abrigado por esa santísima trinidad del vino que forman Jerez de la Frontera, El Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda, el mayor aliado de este templo de la enología es el peculiar microclima que encierran los ríos Guadalquivir y Guadalete. W&H, que se anuncia a sí misma como "la bodega más grande de Europa" (aunque me parece que esto lo he leído antes en algún otro lugar), conserva desde entonces parte de los vinos y brandies de la casa en soberbias botas de roble (soleras) que operan como base del actual desarrollo y crianza de cada uno de sus caldos. El histórico sello, una vez superado su coyuntural desprestigio tras verse envuelto en los líos jurídicos derivados de la expropiación de Rumasa, descansa a día de hoy en manos de la familia Medina y ha diversificado riesgos (como gustan de decir los buitres neocapitalistas) ampliando su carta de destilados y dejándose enredar en las cosas del comer.


Sea como fuere, una de sus banderas será siempre Canasta, el superventas de los olorosos patrios, del que hoy he paladeado una generosa dosis en la taberna, servida atinadamente on the rocks. Se trata de lo que los anglosajones denominan cream, los españoles llamamos vino generoso de licor de crianza y los recalcitrantes europeístas obligan a etiquetar como Vino de Licor de Calidad Producido en Región Determinada, aunque, a todos los efectos, Canasta es un oloroso dulce perteneciente a esa denominación de origen plurinominal conocida mundialmente como Jerez-Xérès-Sherry.

El formidable bebercio, procedente de mosto yema de las variedades palomino y Pedro Ximénez escogidas del pago Balbaína y Carrascal, es sometido primero a fermentación controlada, encabezado (es decir, fortificado) posteriormente hasta los 19,5 grados y trasegado en un laborioso proceso de sobretablas antes de adentrarse definitivamente en el sistema de criaderas y solera para su envejecimiento físico-químico por oxidación en botas de roble con una edad media mínima de seis años. El resultado, del que a esta hora aún guardo un grato recuerdo, es un "vino oloroso dulce de color caoba con aromas a frutos secos, nuez, y ligero recuerdo a pasas y azúcar tostado", un paladar "suave, aterciopelado, muy cálido por su contenido alcohólico" y una retronasal "persistente". Eso, según el parecer de quienes creen que se necesita echar mano de literatura (seudo)científica para venderlo, pero lo que convierte a este jarabe con 132 gramos de azúcar por litro en irresistible goloseo es la incertidumbre que advirtió Julian Jeffs, el autor de Sherry, como consustancial a los de su casta: "La naturaleza ha sido muy generosa con los vinateros jerezanos, pero dicha generosidad exige un precio y el jerez es un vino muy perverso, porque hasta que no ha finalizado su crianza nadie puede decir con certeza cómo se va a desarrollar, y eso es exasperante. Existen innumerables vinos de jerez y jamás dos botas dan dos vinos exactamente iguales". O sea.


Canasta

Palomino y Pedro Ximénez

19,5% alcohol

DO Jerez-Xérès-Sherry

Bodegas Williams & Humbert, Jerez de la Frontera, Cádiz, Andalucía, España

2.1.14

Burnarj Brut Nature, Brut y Semiseco

A la hora de elegir entre un champán o un cava para despedir el año, el gurú Peñín lo tenía claro en las horas previas de la efeméride: “No os dejéis seducir por la etiqueta”, advertía a los santos inocentes que todavía toleran ser guiados por sus interesadísimos (perdón, interesantísimos) consejos. Aún antes, el letraherido Andrés Trapiello abordaba con mayor frivolidad y un lógico desprendimiento el asunto: “Es Navidad: que cada cual brinde con lo que tenga a mano, champán, cava o gaseosa. Personalmente, creo que el champán, y aun el cava, están sobrevalorados. Pero lo importante hoy son las burbujas”. Haciendo caso al superlativo diarista leonés, en la taberna se ha brindado por el advenimiento de 2014 con un producto que, a mi gusto, tiene tanto que ver con el champán y el cava como con la gaseosa: Burnarj.


La naranja, originaria del sudeste asiático, acercada al viejo continente por Alejandro Magno e introducida en Al Andalus por los árabes, se había utilizado hasta ahora como base de dulces, perfumes, licores y aceites esenciales, como elemento ineludible en jarabes, zumos y refrescos con y sin gas, pero nunca antes (hasta donde se me alcanza) había sido sometida a un proceso de doble fermentación como el patentado por Burnarj, que en primer lugar transforma los azúcares en alcohol en depósitos de acero inoxidable por un tiempo de cuarenta días y más tarde aporta carbónico de manera natural gracias a una segunda fermentación en botella a baja temperatura que se prolonga entre tres y cuatro meses. Por lo tanto, en el proceso de elaboración de Burnarj (sui generis acrónimo de burbuja de naranja), supervisado por la enóloga Manuela Sánchez Caro, no se añaden ni agua ni gases adicionales a la fermentación natural del zumo de la naranja, lo que concede a este flamante invento su visado de originalidad.

El resultado es un espumoso con “aroma y sabor típico a naranja, apariencia translúcida y brillante, color dorado claro y burbujas finas y tumultuosas”, según rezan las apresuradas notas de cata de una contraetiqueta que lo mismo vale para el Brut Nature, el Brut o el Semiseco. En realidad, lo que nos encontramos al verter una dosis de Burnarj en copa de flauta es un fluido que presenta una burbuja ansiosa por dejar de serlo y que en nariz se asemeja a esos modernos perfumes atiborrados de cítricos cuyo aroma se desvanece al instante. En su paso por boca, la acidez y la dulzura juegan una breve partida de ajedrez que acaba en tablas porque ambas se dan por vencidas mucho antes de lo esperado. De ahí en adelante, poco aporta un caldo que abandona el combate por hacerse con el paladar del bebedor sin tener en consideración sus expectativas.

Los gerifaltes de la empresa Productos Naturales Vegasud se jactan de haber alumbrado “el primer vino espumoso de naranja natural”, aunque lo primero que solivianta al bebedor a la hora de enfrentarse a esta novedosa propuesta es la propia denominación del artefacto en cuestión. Para evitar las suspicacias de los más incrédulos, conviene advertir que sí, que la sacrosanta casa que limpia, fija y da esplendor a nuestra lengua (o sea, la RAE) admite en su cada vez más desatendido diccionario la posibilidad de catalogar como vino al “zumo de otras plantas o frutos que se cuece y fermenta al modo del de las uvas”. Así que conviene dejar a un lado los remilgos nominales y aplaudir calurosamente esta apuesta cordobesa por la investigación y el desarrollo del producto estrella de la Vega del Guadalquivir, siquiera sea por su atrevimiento.

Vendidos por sus promotores como alternativa al champán y al cava, y como omnipresente acompañamiento “ideal para aperitivos, comidas o postres”, lo cierto y verdad es que a los trillizos Burnarj (a los que les ha nacido un hermano bastardo en forma de Semiseco Light) aún les falta currículo para ser tomados en serio por el academicismo vinícola. Por definirlos con suavidad, se trata de caldos doblemente fermentados que aún no han cuajado pero... ¿no habíamos quedado en que lo importante hoy eran las burbujas? Pues quedémonos con eso y comencemos a cumplir el propósito (de enmienda) recomendado por el profesor Alberto Soria para este año nuevo: “Dejar de seguir la manada (total o parcialmente) en cocina, mesa, copa y sobremesa”. O sea.



Burnarj: Brut Nature, Brut y Semiseco

2013

Naranja

11 % alcohol

Productos Naturales Vegasud, Palma del Río, Córdoba, Andalucía, España