Mostrando entradas con la etiqueta gutiérrez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gutiérrez. Mostrar todas las entradas

22.5.14

El advocate Gutiérrez

Luis Gutiérrez Santo Domingo se sumó hace un año al panel de críticos de The Wine Advocate en sustitución de Neal Martin, que se había dedicado a regalar puntos a diestro y siniestro y que, a su vez, había reemplazado a Jay Miller, que dimitió como consecuencia de que su capacidad crítica fuera puesta en duda. De esta forma, la publicación presidida por Robert Parker y dirigida por Lisa Perrotti-Brown encomendaba por primera vez la valoración de los vinos de un país (en este caso, España) a un catador nativo y, de paso, derribaba una barrera que hasta entonces parecía infranqueable: por fin un apellido español se codeaba con los gurús anglosajones. Como colofón, el fichaje de Gutiérrez suponía un duro golpe de mister Parker a su competidora más directa, la británica Jancis Robinson, en cuya publicación digital venía colaborando el exinformático abulense desde hacía un par de años.

Cofundador de elmundovino.com, donde publicó asiduamente junto a Víctor de la Serna (quien lo define como "totalmente incorruptible"), Juan Manuel Ibáñez, Ignacio Villalgordo, Jens Riis o Juancho Asenjo, hasta convertirla en una de las fuentes de información y opinión vitivinícolas más caudalosas y ¿puras? de nuestro país, en el currículo de este wine writer (así es como se presenta en sus tarjetas de visita) figuran, además, el premio Nacional de Gastronomía 2012 a la mejor labor periodística, destacadas actuaciones en concursos internacionales de cata por parejas y por equipos, y un par de libros sobre el vino, firmados siempre en colaboración con otros autores.


Aunque no es la primera vez que desvela los secretillos (confesables) de su nueva responsabilidad, que también afecta a los vinos de Argentina y Chile, ha sido ahora cuando ha concedido su primera entrevista "in extenso" como catador de The Wine Advocate, realizada por Fernando Lázaro y publicada en La Posada, suplemento de la edición regional de El Mundo en Castilla y León. En la entradilla a dicho cuestionario se advierten ya sus preferencias ("aprecia los vinos finos y elegantes y aborrece la excesiva concentración y la madera") y se ofrecen abrumadores datos que nos acercan a su titánica tarea: "por sus narices pasan cada año alrededor de 4.000 vinos".

El tabernero y yo hemos rastreado hoy sus respuestas con la (vana) ilusión de extraer algunas conclusiones acerca del zeigeist del vino y su manera de abordarlo, pero hemos llegado al punto y final más desconcertados que al principio, tras un viaje que nos ha obligado a hacer paradas en la risa, la vergüenza ajena, el escándalo y, por qué no decirlo, una (mínima) admiración. Veamos.

Para empezar, Luis Gutiérrez adelanta una (in)creíble aclaración destinada a los más suspicaces: "Sigo siendo el mismo: sigo teniendo las mismas ideas y nadie se debe sorprender". Sobre su rutina diaria, regala algunas explicaciones pertinentes: "Yo no puedo catar en un minuto y medio un vino porque ahí es donde se cometen los errores...". Lo dice, en cualquier caso, para justificar su ritmo laboral: "Es muy variable, porque hay que hacer mucho trabajo de selección y de coordinación, y mucho de escribir y de editar... Hay días que no cato ningún vino y hay otros que cato cien, el día extremo... Pero eso no tiene ninguna gracia ni se lo recomiendo a nadie". Por supuesto. ¿Cómo fiarse de la opinión sobre un vino catado tras hacer lo propio con otras varias decenas? ¿Resulta igual de fiable la valoración del décimo que la del centésimo?

Cuando llega al espinoso tema de la cata a ciegas, el flamante secuaz de Parker comienza a titubear: "No, por una cuestión de simplificación logística. Ya catar la cantidad de vinos que tengo que catar es complicadísimo y, por mucho que soy meticuloso, cometo un montón de errores, me equivoco en datos, añadas, nombres... por el volumen tan bestial de vinos que tenemos que probar, y estoy fatal de tiempo haciéndolo así... Si lo catara a ciegas tardaría el doble y cometería muchísimos más errores". Milongas, naturalmente, para apostar sobre seguro. Respecto a los condicionamientos de las etiquetas, sirve unos centilitros de desvergüenza revestida de sensatez: "Creo que soy capaz de ser bastante objetivo, pero todo esto al final es subjetivo, estamos hablando de opinión. Y esto es algo que también la gente debería de entender: todo esto no son ni dogmas de fe ni verdades absolutas, son opiniones. El ver la etiqueta y saber qué vino estás probando ayuda a meterlo en el contexto y a entenderlo. Todo tiene su parte positiva y negativa, sus ventajas e inconvenientes, sus riesgos, porque en la cata a ciegas, sobre todo si es muy rápida, puedes cometer muchos errores y que se te pasen cosas, mientras que si estoy catando algunos vinos que sé lo que son, hay botellas que si las cato en casa las pongo el tapón, las meto en la nevera y las vuelvo a probar por la noche, y luego la vuelvo a probar mañana. ¿Es mejor o peor? Es distinto. La cata a ciegas saca muchas cosas y con la etiqueta vista se sacan otras, es diferente. Lo ideal sería catar al principio a ciegas y luego recatar todos, pero claro...". Clarísimo.

Gutiérrez ya conocía de sobra cómo está el percal más allá de nuestras fronteras pero ahora que su sueldo es aflojado por una multinacional de la prescripción vinícola maniatada por numerosos conflictos de intereses se ve obligado, más que nunca, a bajarnos los humos: "En general, las zonas españolas tienen bastante menos peso del que nosotros nos pensamos. Hay una tendencia a creerse el centro del universo, no es exclusivo nuestro, suele ocurrir en casi todos los sitios y en los latinos más. Ribera del Duero tiene una imagen mucho más fuerte en España que en el resto del mundo, de eso no hay duda. Rioja es más conocido fuera, pero al final la gente conoce casi más algunos productores que las regiones". ¿Nuestro futuro? Incierto, como poco: "El potencial está claro que está ahí, otra cosa es que se trabaje de una forma correcta para que este potencial llegue a los vinos, y aquí creo que hay todavía bastante por hacer... Se ha crecido de una forma un poco rápida, un poco desbocada, la viticultura no se ha hecho demasiado bien y al final un gran vino es el resultado de muchos pequeños detalles, y si vas pasándote todos esos detalles no cabe cualquier cosa". Resumiendo, parece ser que nos falta perspectiva: "Nosotros nos creemos mucho más de lo que nos consideran por el mundo. ¿Por qué? Porque no tenemos la visión, la realidad de cómo está el mundo, para eso hay que viajar, hay que dedicarle mucho tiempo, dinero, esfuerzo...".


Con todo, el nuevo integrante del bufete Parker tiene que hacer verdaderos malabarismos para no entrar en contradicciones con la voz de su amo a la hora de enumerar las características que determinan la excelencia de un vino: "Tiene que expresarse, tiene que hablar, tiene que tener su personalidad, tiene que hacer que te entren ganas de querer comprarte una caja rápidamente, independientemente de lo que cueste...". Inmediatamente, el entrevistador acota: "¿Vinos más bebibles?". Y Gutiérrez prosigue acongojado su camino sobre el alambre: "Ahora mucha gente habla de vinos más bebibles, los vinos se tienen que beber, no se tienen que catar y, efectivamente, es un tema importante. Si la gente compra vinos porque impresionan mucho, porque son muy potentes, muy concentrados y luego resulta que cada vez se está comiendo más ligero y te das cuenta de que esos vinos los tienes en tu bodega y no los descorchas nunca...". Entonces, pregunta Fernando Lázaro, "¿qué es un 100, la máxima puntuación posible?".

Ante la pregunta del millón (de dólares), lo deseable hubiera sido una respuesta veraz, pero Luis Gutiérrez se descuelga con huecas ambigüedades: "Un 100 es un vino que es realmente único y excepcional, que me emociona, o sea que me pongo nervioso cuando pruebo ese vino, como cuando eras pequeño y descubrías un deporte y entonces te volvías loco y estabas todo el día con él... o en música, cuando oyes un grupo nuevo y te compras todos sus discos, una cosa así. Te entra una locura con un vino, independientemente de lo difícil que sea de encontrar, de lo que cueste: este vino lo quiero, quiero beberlo, quiero encima enseñárselo a mis amigos, quiero compartirlo". Lo que nos temíamos en la taberna: un capricho, generalmente moldeado por maniobras orquestales en la oscuridad (ya que estamos con la música) pero, en ningún caso, juzgado en función de parámetros medianamente objetivos. 

Tras apurar el último trago de una entrevista que se anunciaba como si con ella se iniciara una nueva era, el tabernero y yo hemos concluido que, mientras no se demuestre lo contrario, lo más rescatable es la aclaración hecha al principio del cuestionario: las opiniones de Luis Gutiérrez valen hoy exactamente lo mismo que hace un año, aunque cuesten algo más: no son las de un mesías llegado para resucitar el prestigio del vino español a corto plazo sino las de un simple aficionado que ha probado muchos más caldos que la media y los ha convertido en materia de estudio. Nada más. Y nada menos.

21.5.14

Abadía Retuerta Selección Especial 2009

Abadía Retuerta Selección Especial de 2001 fue distinguido en el International Wine Challenge celebrado en Londres en 2005 como el mejor tinto del mundo, y ese reconocimiento, que sus sucesores llevan a gala desde entonces como elemento estructural de su etiquetado, contribuyó sobremanera a situar en el mapamundi de la enología a la bodega sardonera, fundada en 1996 por la multinacional farmacéutica Novartis. Con un monasterio premostratense como epicentro, hoy reconvertido en el lujoso complejo enoturístico Le Domaine, la finca sobre la que se asienta la bodega perteneció a una sociedad de agricultores a los que Sandoz surtía de productos de sanidad animal. Eso fue hasta 1990, cuando la compañía química suiza se resarció de los impagos de sus propietarios agenciándose el latifundio, situado en plena 'milla de oro' de la Ribera del Duero. Unos años más tarde, tras la fusión de Sandoz y Ciba-Geigy para crear el gigante Novartis, Abadía Retuerta pasó a convertirse en la niña mimada del todopoderoso (y polémico) conglomerado biotecnológico.


Cuentan que durante la Reconquista, con el fin de asentar el cristianismo en tierras castellanas, el Conde de Castilla mandó edificar una red de conventos-fortaleza y que, como consecuencia de esto, en el año 1146 se construyó el monasterio de Nuestra Señora Santa María de Retuerta, fundado por Sancho Ansúrez. Y cuentan también que a los monjes de la orden de San Norberto les fue concedido terras et vineas, y que el segundo abad trajo desde Borgoña las primeras cepas de variedades francesas que fueron plantadas en dicho lugar y que hoy, convenientemente replantadas, ocupan poco más de doscientas hectáreas de las setecientas por las que se extiende una finca completada por monte y bosque repoblados con variedades autóctonas.

Situada en la margen izquierda del Duero, donde abunda el sol y escasea la lluvia, Abadía Retuerta sufre inviernos fríos y veranos ardientes, con grandes variaciones de temperatura entre el día y la noche. La cuenca del río, donde crecen sus vides, es producto de miles de años de erosión, aluviones, sedimentaciones y cambios en la composición del suelo, lo que ha dado origen a un terroir de gran diversidad donde varía la textura, la proporción de minerales y el agua que absorbe o retiene cada parcela de la finca. La filosofía de trabajo del equipo asesorado por Pascal Delbeck, bajo la dirección enológica de Ángel Anocíbar, radica en la vinificación por pagos. El suelo de cada una de sus cincuenta y cuatro parcelas tiene una composición diferente: arcillas a la orilla del río, guijarros y arenas a lo largo de la ladera, grava en las capas inferiores, caliza en las alturas... Por tanto, cada pago acoge una única variedad de uvas. Los viñedos se esparcen por las laderas de orientación norte, trepando desde la orilla hasta alturas que alcanzan los 850 metros, y esa diferencia de nivel, combinada con los distintos tipos de suelo, produce notables variaciones en el rendimiento de cada pago. En bodega, Abadía Retuerta destaca por el uso de la gravedad en todos los procesos de elaboración y por una sala de barricas enterrada bajo la ladera del monte que facilita de forma natural el control de la temperatura.

Tras un invierno bastante gélido y uno de los veranos más secos y calurosos de los últimos años, que pusieron a prueba la capacidad de reacción de sus responsables, Abadía Retuerta considera 2009 como la mejor añada de su historia particular. Su Selección Especial "de las mejores uvas de todas las parcelas" reparte su peso varietal al 75% en tempranillo, al 15% en cabernet sauvignon y al 10% en syrah, un coupage que fue envejecido durante casi año y medio en un total de 1.860 barricas de roble francés y americano que dieron de sí para llenar 550.000 botellas y 5.000 mágnum.


Víctor de la Serna, Jens Riis y Luis Gutiérrez, que fueron de los primeros en catarlo para elmundovino.com, ya advirtieron de su "perfil comercial", aunque no supieron a qué carta quedarse: "En la boca nos gusta más, está bien elaborado, con buena materia, pero con el exceso de roble. No necesitaba tanto baño". En cambio, la Guía Peñin 2013 se mostró mucho más generosa con los paganinis suizos: "Color cereza brillante. Aroma especias dulces, roble cremoso, expresivo, fruta roja, fruta madura, equilibrado, mineral. Boca sabroso, frutoso, tostado, taninos maduros, largo".

En Vila Viniteca, como es costumbre de la casa, lo que importa es el vino: "De color rojo granate intenso. En nariz es perfumado, con recuerdos de pimentón rojo, fruta roja y negra (cerezas, moras y fresas) y las especias marcadas que aporta la barrica (nuez moscada) así como chocolate y regaliz. Final ahumado y balsámico. En la boca tiene un tacto sedoso, y una textura rellena. Buena armonía y volumen, con taninos sedosos y redondos. Largo, placentero y persistente. Recuerdos finales de canela en polvo". Por su parte, Antonio Jesús Pérez Reina se las ingenia para batir un récord al alcance de muy pocos: consigue no decir nada en dos párrafos que son puro desperdicio y que cito aquí de corrido para que consten en acta: "Un vino lleno de color, por sus matices en nariz y en boca, su juventud es su mayor virtud, la integración con la crianza y la evolución en botella sus mejores exponentes. Aromas especiados arropa a la fruta roja que se muestra en una muy buena añada por su frescura e intensidad. Un vino muy fiable año tras año, que recrea ricas sensaciones en boca que expresan terruño, bonita complejidad porque se muestra poco a poco en la copa, nos va enseñando los matices que encierra. Sus taninos son finos y maduros y evolucionando. Un vino que se ha convertido en un valor seguro".

Pero la nota de cata que más me sorprende es la que viene firmada por Demos Bertran. Sus dos aproximaciones al Selección Especial 2009, separadas por un año de diferencia, se cierran destacando su "final largo", en lo que parece ser una opinión más o menos generalizada que no se corresponde en absoluto con lo que yo he experimentado esta tarde en la taberna, donde me he pimplado una botella a medias con la propiedad. El tabernero y un servidor hemos convenido en que se trata de un vino, como anuncian sus elaboradores, de "firme paso de boca, fresco, sabroso y equilibrado" pero en ningún caso "persistente y largo". Para nuestra sorpresa, este Abadía Retuerta incumple eso que distingue a un caldo correcto de uno excepcional. Es tan deliciosamente ingrato, que se va del paladar sin despedirse.


Abadía Retuerta Selección Especial

2009

Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Syrah

16 meses en barricas de roble francés y americano

14% alcohol

Vino de la Tierra de Castilla y León

Abadía Retuerta, Sardón de Duero, Valladolid, Castilla y León, España

4.4.14

Amontillado Tradición

A fuer de ser sincero, frente a un amontillado yo diría lo contrario de aquello que cantaban Los Chunguitos: 'Si me das a elegir entre tú y la belleza, me quedo con la belleza'; aunque sea por joder la marrana. Por ejemplo (y por no salirnos del tema), con El barril de amontillado, aquel negrísimo, irónico y sádico relato de suspense escrito por Edgar Allan Poe que escondía al inefable vino generoso como protagonista en la sombra de su trama. A decir verdad, cuando se trata de pequeñas dosis prefiero la literatura de misterio a la complejidad enológica, qué le voy a hacer. Pero cada cosa tiene su momento y hoy he aparcado mis preferencias para dejarme seducir en la taberna por el Amontillado de Bodegas Tradición. Palabras mayores.


Sostiene el tándem Girón-Barquín, que en su momento investigó la idiosincrasia del marco jerezano, que los amontillados son "difíciles y hondos, para la tradición vinícola andaluza serían algo así como lo que la siguiriya o la soleá para el cante flamenco"; y a mí no se me ocurre mejor símil para meterle mano al asunto. Oficialmente, el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Jerez-Xérès-Sherry define así su elaboración y crianza: "Procedente de la fermentación completa de mostos de uva palomino, el amontillado es un vino singular, fruto de la fusión de dos tipos de crianza, la biológica y la oxidativa [...]. Su particular proceso de crianza comienza, como en el caso de los finos y manzanillas, con una fase inicial bajo velo de flor; a lo largo de los primeros años en las criaderas el vino adquiere notas punzantes y acentúa su paladar seco. A partir de un determinado momento, la desaparición de la flor provoca una segunda fase de crianza oxidativa, que oscurecerá paulatinamente el vino y lo dotará de concentración y complejidad". Eso, en (muy) resumidas cuentas, porque, como recuerdan Álvaro Girón y Jesús Barquín, "a todo ello se le pueden sumar otros factores muy relevantes, como son las características de la solera fundacional y la trayectoria histórica del vino en cuestión, la gestión de capataces y enólogos de las criaderas y soleras de amontillado, el microclima de la localidad y del edificio bodeguero y, cómo no, la selección de manzanillas y finos procedentes de mostos de reconocida calidad".

En el caso que nos ocupa, conviene saber que Bodegas Tradición es una joven empresa fundada en 1998, dedicada exclusivamente a la crianza y envejecimiento de vinos calificados por el Consejo Regulador como VOS (Vinum Optimum Signatum o, en inglés, Very Old Sherry: vino calificado como bueno de más de 20 años) y VORS (Vinum Optimum Rare Signatum o Very Old Rare Sherry: vino calificado como extraordinariamente bueno de más de 30 años). Aunque relativamente reciente, su puesta en marcha responde a la ilusión por continuar la legendaria tarea que un antepasado de los actuales mandamases, Pedro Alonso Cabeza de Aranda y Zarco, comenzó en 1653 creando C Z, registrada en los libros como la primera marca del Jerez comercial.


Amontillado Tradición es un vino generoso con una vejez superior a los cuarenta y tres años, fruto del ensamblaje de una selección de soleras de Jerez, El Puerto de Santa María y Sanlúcar. A saber: una de la familia Delgado Zuleta, otra de Croft (procedente de Alfred Gilbey, del siglo XIX, de Bobadilla), y otra de las bodegas Osborne (del siglo XIX). Con ello se consigue, según mantiene la propia bodega, "expresar el equilibrio entre los amontillados más delicados y elegantes (Sanlúcar) y los más potentes y profundos (Jerez y El Puerto)". Su crianza tiene lugar en botas de roble americano por el milagroso sistema de soleras y criaderas, con una primera fase de seis a ocho años bajo velo de flor y una segunda fase oxidativa de más de treinta años.

Para referirse a este añejo y prestigioso caldo, Luis Gutiérrez fue capaz de arrejuntar en agosto de 2013 unas cuantas obviedades recogidas en la nota de cata  publicada por The Wine Advocate en su número 208: "The NV Tradicion Amontillado VORS, certainly has the more complex and subtle nose of all these VORS and is on average 45 years old. It has a very clean nose, with elegance and complexity, powerful but subtle notes of hazelnuts, honey and even some dates. The medium-bodied palate shows a sharp wine with strong salinity, it has the power and the lightness, in a very difficult combination". Los que no os lleváis bien con las lenguas infieles, tranquilos: nada se dice en la parrafada anterior que no aparezca citado en cualquier manual de vinos de Jerez: limpieza, elegancia, complejidad, avellana, miel y bla, bla, bla; más una perla de cosecha propia: complicadísima combinación de poder y ligereza; y arsa y olé, si lo que buscamos es ponernos folclóricos.

Más descriptiva, aunque tan atropellada como de costumbre, es la reseña que puede leerse en la última Guía Peñín: "Color yodo, borde ambarino. Aroma acetaldehído, salino, ebanistería, frutos secos, especiado. Boca potente, sabroso, matices de solera, especiado, equilibrado". O sea, otro rosario de topicazos para los que no parece necesario haber estudiado mucho. Sea como fuere, entre lo uno y lo otro queda (más o menos) claro cómo se ve, se huele y se degusta desde las alturas mediáticas una copita de Amontillado Tradición, un vino por el que (sin que sirva de precedente) merece la pena aflojar la billetada que cuesta.


Amontillado Tradición

Palomino

43 años en botas de roble americano

19,5% alcohol

DO Jerez-Xérès-Sherry

Bodegas Tradición, Jerez de la Frontera, Cádiz, Andalucía, España

1.4.14

Solar de Bécquer Crianza 2010

Cada vez que alguien pide en la taberna un lingotazo de Solar de Bécquer Crianza (que no son pocas), mi mente me teletransporta invariablemente al retrato que esbozó el tapado Valeriano de su ínclito hermano Gustavo Adolfo en 1864, donde este quedó inmortalizado tumbado en medio de un bucólico bosquecillo, haciendo como que leía con la dignidad intacta (sin quitarse el sombrero), en una pose tan artificiosamente romántica como la mayoría de sus versos. Y, cada vez que caigo en la tentación de echarme al cuerpo algunos sorbos del susodicho caldo riojano (que no son muchas), me reafirmo en una añeja sensación: vino, retrato y retratado forman una santísima trinidad cuya ligereza, paradójicamente, siempre se me ha atragantado.


La marca comercial de Bodegas Escudero que toma prestado el apellido del autor de Los Borbones en pelota justifica tal atrevimiento con un rebuscado argumento: resulta que el escritor sevillano pasó una temporada en Fitero (Navarra), durante la cual tomó como inspiración para una de sus populares Leyendas (concretamente El Miserere) el monasterio cisterciense situado en lo alto del monte Yerga; y hete aquí que en uno de las carasoles del místico cerro se asienta Cuesta de la Reina, la finca de donde procede la uva con la que se elabora el vino que nos ocupa; la misma en la que la familia Escudero acumula más de 120 hectáreas de viñedos con una antigüedad cercana al medio siglo que emergen cuasi milagrosamente de sus suelos "arcillo-calcáreos, pobres y con abundantes cantos rodados".

Cuentan los libros de historia vitivinícola que fue el bisabuelo de los actuales responsables, Juan Escudero, quien en vida del propio Bécquer (circa 1852) comenzó a elaborar vinos en rudimentarias cubas de roble en Grávalos (La Rioja), y que fue el nieto de este y, a la sazón, padre de aquellos, Benito, quien impulsó definitivamente la bodega hasta convertirla en lo que es hoy en día, incluyendo por el medio la elaboración de los primeros cavas riojanos, los niños mimados de la casa. Ahora, la cuarta generación de la familia Escudero (Jesús, María Ángeles, Amador y José María) controla, además de la bodega que engrandece el apellido familiar, Valsacro (o Vinscaro; cuando se aclaren ellos, me aclararé yo) en Pradejón (La Rioja) y Logos en Monteagudo (Navarra); o sea, un mediano emporio capaz de producir alrededor de un millón de botellas al año.


Para este Crianza 2010, Solar de Bécquer ha renovado su etiquetado, ganando en limpieza pero dejándose por el camino parte de la (ya de por sí) escasa información que aportaba la retaguardia de su antecesor (2008). Quien pague hoy gustosamente una botella de este bebedizo que (por lo menos) se vende a buen precio, podrá entretenerse canturreando unos versos (mal transcritos, para colmo) de la tercera de las Rimas del omnipresente Gustavo Adolfo, mas no podrá averiguar las variedades con las que se elabora lo que se dispone a catar, ni sus meses de crianza, ni el tipo de barrica donde maduró. Y como la página que su productor aloja en la webesfera está alarmantemente desactualizada, no queda más remedio que confiar en que el patrón de elaboración de su predecesor se repita en esta ocasión. En tal caso, debemos suponer que nos encontramos ante un coupage de tempranillo, mazuelo y garnacha, fermentado en depósitos de acero inoxidable con la levadura autóctona, macerado durante unos diez días y criado en barricas usadas de roble americano durante al menos un año, tiempo en el que se trasiega tres veces antes de ser embotellado y retenido por seis meses hasta su salida al mercado. Esto, o algo que se le debe parecer mucho, es lo que lleva de serie el mínimo desembolso que supone una botella de Solar de Bécquer Crianza.

En cuanto a su valoración por parte de los prescriptores visitantes y locales, la voz española que habla por boca de Robert Parker, es decir, Luis Gutiérrez, lo situó hace unos meses a la altura de los bestsellers que le comen el terreno desde las cabeceras de las grandes superficies comerciales, en esa tierra de nadie que queda tan lejos (y tan cerca) de los 90 puntos. Aunque para que los neófitos en la materia se hagan una idea más completa, yo prefiero echar mano de las opiniones históricas del panel de cata de elmundovino.com: para la añada de 2000, catada en 2005, el fiable triunvirato formado por Juancho Asenjo, Jens Riis y Juan Manuel Ibáñez escribió lo siguiente: "Rubí de intensidad media, menisco teja. Aroma de intensidad correcta, con fruta roja al ataque que da paso a un fondo menos franco con sensaciones de brea. En boca es de cuerpo medio, con acidez correcta, justo de fruta, un punto de humedad y con final corto"; en cambio en 2013, cuando cataron el ejemplar vendimiado en 2008 con Víctor de la Serna ocupando el puesto del gran Ibáñez, fueron mucho más escuetos: "Muy balsámico en nariz, duro y con algún verdor en boca". Y sí, ya sé que ninguna de estas dos notas se refiere al Crianza 2010, pero quedan aquí recogidas, la una detrás de la otra, porque las dos juntitas bien podrían valer para despachar al último de los descendientes bécquerianos con una precisión que difícilmente alcanzarán los diletantes posmodernos que saturan con naderías la reventona blogosfera... mejorando lo presente.


Solar de Bécquer Crianza

2010

Tempranillo, Mazuelo y Garnacha

12 meses en barricas de roble americano

13,5% alcohol

DOCa Rioja

Bodegas B. Escudero, Pradejón, La Rioja, España