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25.4.14

Infiltrado 2013

La Hacienda del Carche ocupa un centenar de hectáreas de viñedos y olivares en Jumilla (Murcia) y combina umbría y regadío con secano. Fundada en 2006 por varias familias de larga tradición vinícola y emparentada actualmente con Casa de la Ermita bajo el amparo del "otro García Carrión" (Juan Vicente), sobre sus suelos pardos y calizos comparten protagonismo variedades autóctonas y foráneas así como cepas viejas y otras (mucho) más jóvenes, plantadas en el momento de su creación, lo que posibilita un considerable equilibrio a sus caldos. Situada a una altitud media de 550 metros sobre el nivel del mar, su clima es seco y soleado, continental aunque con una notable influencia mediterránea.

El último niño mimado de la Hacienda es Infiltrado, un vino recién parido en cuyo pintoresco continente confluyen (casi) todas las tonterías ofertadas hoy en día por el posmoderno mercado vinícola: botella estrafalaria, etiquetado heterodoxo, infografía para dummies, superfluas advertencias textuales... El colmo de la gilipolluá, o sea. Pero vayamos por partes.


Infiltrado se pasea por el mundo (y para más inri por mi taberna favorita) luciendo llamativas trazas, enfundado en un traje de hombros desparejos que se hace llamar botella Abellán en honor a su inventor, al que me gusta imaginar un tanto avergonzado a la hora de redactar las (presuntas) virtudes de su artefacto: "Es una botella decantadora. Su peculiar hombro invertido evita que los sedimentos o partículas sólidas que se puedan encontrar en su contenido, salgan al exterior"; "Debido a sus características y su altísima calidad, está catalogada como botella Premium"; "Su novedoso diseño también se refleja en sus paredes, que no son paralelas, lo que impide el deterioro del etiquetado al no rozarse unas con otras en el momento del almacenado o exposición"; "Comercialmente, ante dos botellas de vino similares, el consumidor percibirá como el de mayor calidad el más alto y pesado. [...] Su gramaje, similar al peso de una botella de cava o champagne; su altura, de las más altas; y su diseño, la convierten en una botella única y diferente de las de la competencia". Pero, como diría Super Ratón, "no se vayan todavía, aún hay más": "Lo más importante es que la botella Abellán brinda la posibilidad de no tener que filtrar el producto. De esta manera conseguimos un género que conserva todas sus propiedades organolépticas intactas. Completamente natural. Sin adulterar. Un producto orgánico, de mayor calidad. Y con el vino en particular, por un lado, dota al enólogo de una herramienta más para obtener caldos más personales, aprovechando todos los matices, sin perder los aromas y sin perder color, y por otro, permite a la bodega reducir costes de fabricación al poder suprimir la 'estabilización por frío'. Los altos costes, tanto energéticos como medioambientales que conlleva enfriar el vino con el fin de filtrarlo desaparecerían". Así que, para pasmo de propios y extraños, de las palabras del crecidito Pablo Abellán Guillén se deduce que la práctica totalidad de las bodegas y los vinos del mundo mundial son antinaturales, adúlteros, inorgánicos, de escasa calidad, impersonales, sin matices, sin aromas, sin color... y derrochones. O lo eran hasta que llegó él, por supuesto, con su revolucionario invento bajo el brazo. A partir de ahora sí que vamos a saber lo que es beber vino de calidad. El secreto estaba en la botella... ¡y nosotros sin enterarnos!

Además, para envolver su flamante regalito, la bodega murciana utiliza un etiquetado voyeurista, con artísticas pegatinas oblicuas al frente y tipografía más propia del embalaje industrial de la ley seca que del consumista lassez faire contemporáneo; y sobre él estampa un dibujito indicando la posición correcta de servicio, como si para tomarse una copa de su presuntuoso bebercio fuera necesario hacer un máster en inclinación botellil; y sobre la ridícula ilustración, añade la catalogación más absurda de cuantas se vienen imponiendo en la enología universal en los últimos años, traducida, en su desmedido afán de sinvergonzonería, a varios idiomas: "Vino de autor". Y, como ya no soporto más sandeces, acudo al diccionario; y compruebo que 'autor' significa lo que yo creo que significa ("Persona que es causa de algo"); y me pregunto si los vinos en los que se omite tan desatinada advertencia se hacen solos, debido a alguna extraña conjunción de los astros; y harto ya de estar harto, como Serrat, me cago (con perdón) en las castas de los vendemotos. Para colmo, aún sigo intentando digerir el avispado juego de palabras que los macarras de la mercadotecnia emplean para presentar su producto: Infiltrado - Vino sin filtrar. Casi ná, los cerebritos.

¿Y del contenido, qué? Pues más o menos lo mismo que del continente. Se trata de un coupage de syrah (50%), monastrell (40%) y garnacha (10%), en el que lo más destacable es su paso (parcial) por barricas nuevas de roble francés para realizar la fermentación maloláctica. La nota de cata oficial lo presenta de "un atractivo color violáceo con intensos aromas a frutos rojos y golosinas, con finos atisbos de madera nueva y especias blancas" y añade que "en la boca se desvela muy fresco con gran exaltación de su juventud, al mismo tiempo que se percibe su naturalidad". Pero, en este caso, resultan mucho más descacharrantes las apreciaciones de uno de sus primeros catadores públicos, Oscar Sonsiera, dueño y señor de Hemoglovinum: "En copa muestra un rojo cereza intenso y radiante, con una capa superior azulada que deriva en un ribete violáceo precioso. Como veréis, al movimiento tiñe el balón creando la sensación de ver un Chupa Chups de fresa". Esto promete. Sigamos: "La nariz es intensa, potente, mucha fruta roja, notas lácteas acompañadas de golosina de fresa, las típicas regalices rojas y después untadas en Petit Suisse, muy divertido. Las notas especiadas también aparecen junto a unas leves notas cremosas". Lo dicho. Y todavía queda la boca: "Es una pasada, fruta roja madura pero en un punto juerguista, pura explosión. Toques ahumados, con grandes dosis de chucherías, una fiesta dulce en la boca, curiosamente el vino está equilibrado, nadie despunta ni amarga la fiesta, dotándolo de una extraña sensación de frescura y bien hacer. Encantador, joven y divertido".

¿Divertido? Ni mucho menos. Infiltrado es un vino que dice mucho más por fuera (y no precisamente para bien) que por dentro. "Divertido no es lo contrario de serio", dejó avisado el gran Chesterton; "divertido es lo contrario de aburrido, y de nada más". Y, por desgracia, este caldo no es nada serio aunque sí (muy) aburrido. Por cierto, por culpa de tanta parafernalia, cuesta mucho más de lo que vale.


Infiltrado

2013

Syrah, Monastrell y Garnacha

13% alcohol

DO Jumilla

Hacienda del Carche, Jumilla, Murcia, España

28.3.14

Dulce Crápula

Gabriel Martínez Valero vino al mundo en Jumilla y comenzó su andadura por los inextricables caminos del vino como cofundador de Casa de la Ermita, empresa en la que permaneció ocho años dedicado con ahínco a ennoblecer la variedad autóctona de su tierra, la monastrell. Tras un breve paso por la Rioja alavesa, donde contribuyó a situar en el mapa de las bodegas más recomendables a Baigorri, decidió emprender un proyecto personal (G.L.M. Estrategias de Vinos) que engloba marcas comerciales como NDQ, Cármine o Crápula. Para la elaboración de esos vinos cuenta desde hace un lustro con la colaboración de un par de amigos enólogos cuya tarea se está haciendo notar tanto en las sugerencias de los prescriptores de postín como entre los bebedores de acá y de acullá, que no pueden disimular su simpatía hacia algunos de sus caldos.

Sobre las tácticas empleadas a la hora de gestionar su joven negocio, su idea madre parece irreprochable: "Prefiero, antes que tener viñedos propios, comprar uvas seleccionadas por mi equipo de asesores y yo mismo, y que mejor se adapten a mis necesidades. Seleccionamos viñedos viejos de monastrell, de 60 años de media y de un gran porte, autorregulados de forma natural". De ahí salen tanto su vino estrella, Crápula, como su hermano pequeño, Dulce Crápula, con el que hoy me he relamido hasta el hartazgo en la taberna.


Se trata de un jarabe tintorro, afrutado y dulzón procedente de una cuidadosa selección de racimos sobremadurados de monastrell del que se cuenta que, tras un proceso de elaboración tradicional, es envejecido durante tres meses en barricas de roble, aunque en su ramplón etiquetado se omite cualquier dato que certifique dicha crianza. Así se obtiene un bebercio que en la última Guía Peñín es despachado con su laconismo habitual: "Color cereza, borde granate. Aroma fruta escarchada, fruta confitada, hierbas de tocador, especias dulces, tostado. Boca potente, sabroso, largo".

En cambio, el presidente fundador y de honor de la Unión de Asociaciones Españolas de Sumilleres, Juan Muñoz, se recrea un poco más a la hora de ponderar esta golosina apta para todos los públicos "que expresa una sinfonía de aromas y sabores que inundan los sentidos, donde aparecen notas de confitura de tomates, chocolate, higos, etc.", y recomienda servirlo bien frío y en pequeñas dosis (no seré yo quien le lleve la contraria) como acompañamiento de quesos azules, chocolates e "incluso para un buen robusto habano". Por su parte, la responsable de Evol, Elisa Martínez Navarro, barre para casa y sugiere maridar Dulce Crápula con chucherías típicas de Jumilla, como sequillos o pirusas, aunque se cuela a la hora de proponer una temperatura de consumo (demasiado alta, para mi gusto) en torno a los 10-12º.

Para quienes a estas alturas aún alberguen dudas acerca de la tipología del caldo que nos ocupa, bastará advertir que se trata de un vino que no siente compasión por los golosos y que, por eso mismo, debería incluir en alguna parte la misma advertencia que los medicamentos más traicioneros: manténgase fuera del alcance de los niños... y de los lamerones, claro.


Dulce Crápula

Monastrell

16% alcohol

DO Jumilla

G.L.M. Estrategias de Vinos, Jumilla, Murcia, España

24.12.13

Sonim Brut Rosé

En la taberna se brinda estos días festivos con uno de esos gregarios cavas rosados que se han convertido, de un tiempo a esta parte, en el capricho demodé de los horteras que van de moderniquis por el lado salvaje de la vida vitivinícola. El artefacto espumoso se vende (poco, todo hay que decirlo) envuelto en una etiqueta que reza Sonim Brut Rosé, y en su retaguardia se advierte que, al menos en esta ocasión, ha sido elaborado (o sea, embotellado) para Comercial Avanteselecta por N.R.E. 102 - B en Vilafranca del Penedés, una de las capitales oficiosas del burbujeo patrio. Para mi desasosiego, ahí terminan las pistas sobre su origen y, dado que en la red de redes he hallado alguna que otra contraetiqueta del mismo producto aunque embotellada para distinto cliente, me malicio que su artífice sea uno de esos productores mercenarios de vino base que venden sus caldos gasificados al mejor postor previo pago de su importe.

Dejando al margen los detalles hurtados del libro de familia del rosáceo bebedizo, lo que sí se nos da a conocer con precisión matemática es que el coupage que aporta color a este Sonim Brut Rosé elaborado según el método tradicional está compuesto por un 60% de trepat, un 20% de monastrell y otro 20% de pinot noir, un totum revolutum que, según confesión propia, ha madurado en botella con sus lías un mínimo de doce meses; y esta ácida juventud, unida a una justa dosis de azúcar añadida en el licor de expedición que avala su categoría de Brut, confiere al bebercio un medido equilibrio que se agradece dentro de su ramplona existencia.

A decir de quienes pretenden exagerar sus excelencias practicando el innoble arte del escaqueo informativo, se trata de un cava "único por la frescura de sus aromas de frutillas del bosque con un delicado carácter a nuez". Y único sí que es, para ventura de bebedores como yo, aunque al vendemotos que ha redactado la parrafada le han faltado arrestos para añadir que, además de único, es indivisible, como Dios. A modo de colofón, en el texto de marras se subraya que "en la boca resulta sutil, complejo y vivificante", mas yo no diría tanto: siendo (muy) generoso, lo definiría como un cava del montón; de la parte baja del montón, para ser exactos.


Sonim Brut Rosé

Trepat (60%), Monastrell (20%) y Pinot Noir (20%)

11,5% alcohol

DO Cava

Avanteselecta, Vilafranca del Penedés, Barcelona, Cataluña, España