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15.5.14

Mentiras y gordas

Recuerdo que hace aproximadamente una década, el orondo Juan Manuel de Prada denunciaba desde las páginas de ABC lo que ya entonces se veía venir como una 'Cruzada contra los gordos'. Por lo tanto, no me sorprende que hace unos pocos días haya retomado el tema desde su poltrona en el suplemento dominical del vetusto diario, que ahora se hace llamar XL Semanal, gastando la misma retranca que la vez anterior. Tanto el artículo de entonces como el de ahora, inequívocamente entitulado 'Dieta', adornan sus denuncias con una cita políticamente incorrectísima parida por la mente preclara de otro geniecillo entrado en kilos, Edgar Neville, que aseguraba que el único régimen infalible es una estancia prolongada en un campo de concentración nazi.

Esta última defensa del sobrepeso puesta negro sobre blanco por el letraherido De Prada, que he ojeado en una manoseada gacetilla que andaba dando vueltas por la taberna, ha coincidido en el tiempo con otra apreciable humorada al respecto. Ricardo Moure, biólogo de la Universidad de Barcelona, se ha impuesto en la fase nacional del concurso de monólogos científicos Famelab gracias a una hilarante (mini)charla acerca de la venganza de los adipocitos, que es como se conoce en el argot profesional a las células encargadas de almacenar la grasa en el tejido adiposo, o sea, las grandes enemigas del culto al cuerpo.


Lo uno y lo otro vienen a sumarse a las provechosas obras (in)completas alumbradas por un batallón de espabilados tocapelotas que ha decidido plantar cara públicamente al catastrofismo ilustrado que asola los medios con el despreciable fin de convencernos de que el mundo está gordo (al menos un tercio de la humanidad, dicen) y que no hay mayor enemigo que la obesidad para el porvenir de la posmodernidad.

Estamos en pleno apogeo de la operación bikini y es por estas fechas cuando las dietas milagro hacen su agosto. Formamos parte, como reconoce Julio Basulto, de "una sociedad sobrepreocupada por su salud, por su peso y por su figura", y todavía hay quien se deja engatusar por cantamañanas como monsieur Dukan, que prometen imposibles milagros alimenticios a una población necesariamente crédula. Para combatir la cháchara de esos personajillos, despreciados por la comunidad científica internacional (todo hay que decirlo), los que acumulamos algunas lecturas guardamos desde antiguo un irrebatible mandamiento en la billetera: fue dictado por el doctor Gregorio Marañón en su nutritivo Gordos y flacos (1936) y dice así: "El obeso adulto, constituido, debe tener en cuenta que un adelgazamiento no será obra de un plan médico, sino de un cambio total de régimen de vida".


En esa misma línea se expresa el coñón Juan Manuel de Prada: "Pensamos que las dietas son para siempre, olvidando que los kilos son el amigo más fiel del hombre (¡y hasta de la mujer!): no importa cuántas veces reneguemos de ellos, no importa cuántas veces los dejemos plantados en cualquier esquina de la vida, los kilos siempre vuelven a nosotros, con ese gesto mohíno y enternecedor del perrillo apaleado, dispuestos a acurrucarse en nuestra cintura, para protegernos del frío". Sobre el temido efecto yo-yo, el escritor vizcaíno insiste: "Puede que los kilos huyan despavoridos al principio; pero, una vez abandonada su posición, no hacen otra cosa sino urdir estrategias para volver a abrazar al amigo que abandonaron a la ligera. Pueden tardar meses, incluso años, en volver a llamar a nuestra puerta; pero, cuando lo hacen, sabemos que nos abrazarán con un entusiasmo nuevo, arrepentidos sinceramente de su defección, porque el destierro los ha hecho más sufridos y abnegados, más resistentes e intrépidos".

El siglo XXI avanza inexorablemente pero la cruzada contra los gordos aún sigue cobrándose víctimas. La necedad generalizada hace buenas migas con el mercadeo de la dietética, y todavía se cuentan por millones los seres humanos que se prestan como cobayas a experimentos que solo devuelven disgusto y enfermedad. Para estar sano no hace falta pasar por un campo de concentración nazi. Ni siquiera es necesario perder esos kilos que al principio aparentan estar de menos y finalmente vuelven a estar de más. De momento, lo único científicamente comprobado es que el tratamiento más saludable contra el sobrepeso pasa por reírse ampliamente del tema. Por algo se empieza.

15.1.14

Entre la locura y la prostitución

Al abrigo de una copa de vino tabernario, trasteo por la red en busca de nada cuando, causalmente, me topo con algo. Descubro un blog abecedario en el que un zagal llamado Álvaro Anguita va dando cuenta con cierta inconstancia de sus desvelos publicitarios, que no son pocos. En él, recuerda que fue Albert Einstein quien aseguró que "la creatividad es la inteligencia divirtiéndose" y, echando un vistazo a su post de hoy, ¡cualquiera se atreve a llevar la contraria al físco apátrida! Rastreando 'Los 20 packaging más originales del mundo' se me hace la boca agua, entre andanada y andanada a mi capacidad de sorpresa. Mi línea de flotación alucinatoria corre serio riesgo de hacer aguas justo antes de quedar definitivamente tocada y hundida ante la maravilla que abraza, literalmente, a un vino que se hace llamar Loco. Tras admirarla asombrado, mando al carajo mis prejuicios (anti)consumistas aunque no consigo silenciar del todo el eco de una advertencia lanzada a la humanidad por Peter Saville: "El diseño se ha convertido en un pretexto para el consumo innecesario".

Le doy la razón a regañadientes al portadista de los discos de Joy Division y New Order al tiempo que me entero de que Loco es el primer vino blanco de las toledanas Bodegas Canopy y que procede de una viña de garnacha blanca de más de 65 años cultivada de forma tradicional en vaso, que es obtenido mediante cosecha manual en pequeñas cajas y que su crianza está matemáticamente equilibrada: una mitad, fermentada durante seis meses en barrica con batonnage; la otra, en tanques de acero inoxidable trabajando las lías finas. Pero a lo que vamos: ¡Qué locura de presentación!


Una agencia madrileña (no la llames Dolores, llámala Lola) tiró la casa (creativa) por la ventana para envolver con insuperable acierto esta extravagancia vinícola de la que solo salieron al mercado mil botellas; y me gusta pensar que sus privilegiados compradores tendrán a buen recaudo esas codiciadas piezas artísticas hasta el día en que se levante un verdadero museo del vino español. Por si cuela, ordeno al tabernero que incluya a este Loco en mi lista de deseos (in)confesables mas, por lo que anuncia su torva mirada, parece concluir que el chalado soy yo. Así lo dejo cuando apuro el último trago y me dispongo a abandonar la taberna poniendo mientes en la locura, el diseño y el (anti)consumismo. De pronto, caigo en la cuenta de que el poeta Joseph Brodsky resolvió hace mucho tiempo semejante galimatías: "No es la locura lo que debemos evitar, sino la prostitución".

14.1.14

Mu 2013

La (pen)última ocurrencia de Fernando Toribio es la puesta en circulación de Mu, un caldo nacido para ocupar con dignidad el nicho de mercado que queda libre entre los vinos de mesa más peleones y los tintos jóvenes para cuya adquisición hace falta largar al menos un billete. El enólogo y propietario de Bodegas Toribio, cuyas creaciones para las etiquetas Viña Puebla y Pago Los Balancines lo han convertido en el bodeguero mejor valorado de Extremadura, busca mantener con su flamante criatura el (altísimo) nivel del resto de su catálogo, guiado por la mirífica intención de que el (bajo) precio de venta al público no suponga, en ningún caso, la más mínima merma en las cualidades del producto final.

De momento, su apuesta ya ha calado entre algunos de los altavoces con más ascendiente de la crítica especializada, lo que ha supuesto, por ejemplo, que Juan Fernández-Cuesta haya incluido a Mu entre los once vinos que dibujan, según él, lo que será el mapa vitivinícola español en 2014. Desde su página semanal en ABC, este hijo del tardofranquismo despachaba hace unos días con un puñado de generalidades el novedoso bebercio extremeño: "Vive envuelto por la honestidad y se comporta fácil en boca, bien hecho, con suficiente equilibrio, vivo". Sea, pero conste en acta que semejante nadería valdría lo mismo para un roto que para un descosido.

Mejor nos dedicamos a ir al grano, en este caso mezcla de tempranillo y de macabeo, y nos dejamos de ambiguos circunloquios. Lo dicho: este vino joven que acabo de estrenar en la taberna está elaborado, al cincuenta por ciento, con uva tinta y uva blanca, lo que le confiere una extraordinaria cualidad: huele a vino blanco pero sabe a vino tinto. La propia bodega define su aspecto como "violeta intenso" y asegura que a la nariz del catador acuden "aromas a frutos rojos y blancos" que aportan intensidad, expresividad y "sensación de frescor"; para el paladar, promete "fruta fresca" y un corolario de epítetos todoterreno perfectamente aplicables a un gran reserva: "Vivo, intenso, gustoso, largo y redondo". A mí, sin embargo, me parece ligero, y entiendo que esa es la mayor virtud de un vino nacido para justificar el devaluado binomio calidad-precio. Como sostiene el ínclito Fernández-Cuesta, "para irse de chateo siempre merecerá la pena".


Mu

2013

Tempranillo y Macabeo

13,5% alcohol

Vino de la Tierra de Extremadura

Bodegas Toribio, Puebla de Sancho Pérez, Badajoz, Extremadura, España

9.1.14

Esto (no) es Jauja

Entre trago y trago, ojeo (y hojeo) en la taberna una revistilla entitulada XLSemanal, a la sazón suplemento dominical del vetusto (y desnortado) diario ABC, y entre sus páginas me topo con un publirreportaje destinado a encasquetarnos el último engañabobos del renacentista Umberto Eco, a quien veo en los últimos tiempos mucho más apocalíptico que integrado. El tomo en cuestión pretende ser una Historia de la tierra y los lugares legendarios, y al redactor de turno de la gaceta ilustrada que me traigo entre manos le ha sido encomendada la ardua tarea de entresacar de sus páginas un puñado de extractos que alimenten las (supuestas) ansias lectoras de unos españolitos que las pasarán canutas para reunir los cuarenta y cinco eurazos que pide la editorial Lumen por el lujoso artefacto.

Por lo que a mí respecta, con este aperitivo tengo más que suficiente, así que ya tienen garantizado un lector (y un comprador) menos. Pero centrándonos en las líneas que más me afectan por culpa de mis vicios (y virtudes) blogueros, o sea, aquellas en las que se rastrean los orígenes de Jauja, digamos que la indagación del semiótico piamontés no pasa de paupérrima, pues prima en ella una cegata visión macarroni de la cultura universal que olvida (o prentende olvidar) que el germen del mito jaujiano, como bien recuerda nuestra Real Academia Española, se sitúa en un valle homónimo del Perú famoso por la riqueza de su territorio, motivo por el cual el sustantivo 'Jauja' "denota todo lo que quiere presentarse como tipo de prosperidad y abundancia". Sin embargo, don Umberto solo se hace eco de las fuentes que le cuadran para que su relato quede plagado de mascarpone, marzolino y mortadela. Lee, si no, lo que nos cuenta acerca del reino de la abundancia, y juzga tú mismo:
"En ciertas leyendas, el paraíso terrenal adopta una forma totalmente materialista: el País de Jauja. El nombre aparece por primera vez en un poemilla del siglo X, pero la composición más antigua que ha llegado hasta hoy es del siglo XIII, en el que el autor dice haber viajado, por encargo del Papa, al País de Jauja, donde aparecen todas las maravillas que luego se repiten. En El perro de Diógenes, de Francesco Fulvio Frugoni (1687), la isla de Jauja está situada en el mar del Calducho, 'envuelta en una niebla blanca que parecía cuajada. [...] Corren ríos de leche y manan fuentes de moscatel, malvasía y vino dulce. Los montes son de queso y los valles, de mascarpone. De los árboles cuelgan marzolinos y mortadelas'.
La tradición es imprecisa respecto a la ubicación. La tierra de Bengodi, la Jauja que se describe en El decamerón, donde se atan los perros con longanizas, está situada en 'el país de los vascos'. En un drama religioso germano, el Schlaraffenland nombre alemán de este país feliz se encuentra entre Viena y Praga. En un poemilla inglés aparece en medio del mar, al oeste de España. Ahí se dice, además, que Jauja es mejor que el Paraíso, donde para comer solo hay fruta y para beber, solamente agua. Y es que la leyenda de Jauja no nace en ambientes místicos, sino entre las masas populares que padecen un hambre secular".

23.12.13

Ni en serio ni en broma

Antes de tirarnos juntos al barro de los intríngulis del bebercio (y del comercio), se hace saber al improbable lector que el (re)bautizo bloguero de un servidor tiene como único responsable al más canalla de los filósofos carnavalescos gaditanos, Juan Carlos Aragón. Hace ya tres lustros, el susodicho jartible nos brindó un popurrí pelín sirvergonzón protagonizado por unos ruinosos legionarios romanos que, alardeando de una (im)perdonable falta de respeto, degradaron a su mitológico dios del vino echando mano de familiares sufijos. En la citada copla chirigotera, Baco pasó, sin solución de continuidad, a llamarse primero Baquito y luego Bacorro.

Para no desfacer del todo aquel añejo entuerto, aquí y ahora me dejo adoptar por el simpático apelativo a la par que deposito mis más insensatas esperanzas en heredar algo del espíritu coñón de tan gloriosa letra. Con tu connivencia, apreciado lector, y la paciencia de mi tabernero de cabecera (junto a quien reviso en el televisor de su santa casa la guasona grabación del citado popurrí al tiempo que pergeño esta declaración de intenciones), que así sea.


Como habrás adivinado, The Wine Accuser nace, desafiando al miedo y la vergüenza, con la (in)sana intención de marcar las distancias respecto a las puntua(liza)ciones de los gurús de la prescripción enológica mundial, desde el advocate de la nariz del millón de dólares y su agrandado bufete hasta los paniaguados escribanos de nuestras guías domésticas, pasando por quienes se dicen meros espectadores o entusiastas. Sucede que defiendo (y defenderé, en tanto mi pituitaria amarilla y mis papilas gustativas no me arrastren a lo contrario) aquello que alguien tan poco sospechoso como el capitoste de Château Margaux, Paul Pontallier, viene repitiendo machaconamente desde antiguo: que el vino se hace para beber, no para catar.

A ello me aplicaré en lo sucesivo; y a trasladar a estas cuartillas virtuales mis experiencias. Mas como esta presentación está quedando biográficamente exigua, permíteme solo una sugerencia más: lo mismo que Julio Camba cuando firmó su fe de bautismo en ABC hace un siglo, "necesito que ustedes me conozcan antes de entrar en tarea para que no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma".