7.4.14

El cuento de nunca acabar

El camino más corto para reconciliarnos con nuestro devastado país pasa por echar una mirada al exterior, acudir a las comparaciones a la baja y conformarse con el manido 'mal de muchos, consuelo de tontos'. Eso es lo primero que se me vino a la mente cuando entré esta tarde en la taberna y vi que en el televisor estaban dando (vía satélite) la reposición de un antiguo episodio de 'Vivir del cuento', una popularísima comedia de situación emitida por la Televisión Cubana que hace buena a la basura que vomitan cada día nuestras españolas cajas tontas. El imbebible capítulo consistía en una sucesión de simplezas sin gracia en torno al vino, motivo por el cual el tabernero y yo nos hemos dejado engatusar; pero una y no más, Santo Tomás.


Desde el pasado 10 de marzo, la tele pública cubana viene emitiendo cada lunes una nueva entrega de este analgésico de eficacia probada cuyos rancios y bobalicones golpes de efecto hacen las delicias de los conservadores ultras castristas, llevándolo a rozar niveles del setenta por ciento en los índices de teleaudiencia y a sobrepasar ampliamente el noventa por ciento en los índices de gusto. Según su director, 'Nachy' Hernández, el objetivo del programa es "abordar los temas que mayor vínculo posean con la familia cubana contemporánea, generando disímiles situaciones que diviertan y a su vez nos permitan reflexionar acerca de las problemáticas de nuestra actualidad"; eso sí, previo paso por el implacable filtro de la dictatorial censura, que se cuida muy mucho de que las críticas lleguen a ser ofensivas para con los rescoldos de la revolución.

Para quienes no tuvieran hasta ahora noticia del asunto, informa el blog Visión desde Cuba que "es difícil no encontrar cada martes en la mañana algún cubano que tras saludarte no te comente del capítulo de la noche anterior donde Pánfilo y Chequera [los protagonistas del engendro] 'tiraron con fuerza' de este o aquel tema candente de la realidad cubana". Incluso la crítica televisiva (marxista) más influyente de la isla caribeña, Paquita Armas Fonseca, ha prestado gustosamente su pluma para revestir al pufo televisivo de una pátina de (falso) prestigio: "Vivir del cuento' ha devenido el mejor programa humorístico de la televisión cubana. Pánfilo es un personaje como un su época lo fueron Melecio Capote o Plutarco. Luis Silva ha modelado a un cubano de la tercera edad que sueña, se pelea con su mejor amigo, pero sobre todo que ha conseguido caminar entre el público que lo reconoce como parte de su entorno".


Menos mal que, entre tanta insensatez, al director de la serie le dio el año pasado un ataque de sinceridad y se atrevió a denunciar sus evidentes carencias: "El hecho de tener que grabar un capítulo completo en aproximadamente seis horas; la poca profundidad de la escenografía, escasa funcionabilidad de los aforos que marcan los límites del exterior de la casa; algunos guiones que no llegan con el tiempo suficiente como para sacarles el máximo de partido; que el presupuesto sea el mismo aunque la obra haya crecido en complejidad (esto limita por ejemplo la contratación de un elenco de calidad); la pobreza de los elementos de ambientación que atenta contra la credibilidad del programa y las deficiencias en la técnica a emplear en las grabaciones, tanto las de estudio como las de exteriores”. Elementos, todos ellos, que saltan a la vista en la primera ojeada a un (sub)producto que engrandece, por omisión, nuestra bazofia doméstica.