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28.4.14

¿El principio del fin?

Hubo un tiempo en el que, como recuerda José Peñín, "el sabor a madera significaba un vino viejo, de crianza, de mayor nivel, mejor, etc."; una época en la que "esta práctica llegó a protegerse institucionalmente con la implantación de los tipos 'crianza', 'reserva' y 'gran reserva' con unos tiempos mínimos de permanencia del vino en roble"; una etapa en la que esta ley "se estableció como un valor de ¡¡calidad!! sin legislarse la complexión o estructura del vino que pudiera soportar una crianza tan larga". Hubo un tiempo en el que las cosas fueron así, efectivamente, y los amantes del bebercio todavía estamos pagando sus consecuencias: en España, las más de las veces bebemos madera en vez de fruta y, además, la operación nos sale por un ojo de la cara. Pero esto podría empezar a cambiar. O no.


Apoyado en la barra de la taberna, desde donde analizo la cuestión mano a mano con el dueño de la casa, tengo la impresión de que los gurús de la enología nacional se están dejando querer peligrosamente por la pujante industria de los productos alternativos a la barrica, como demuestra la casual (o causal, vete tú a saber) coincidencia en el tiempo de sendos artículos a mayor gloria de los sucedáneos robleños, firmados por los influyentes Peñín y Carlos Delgado. Sus títulos, 'El roble secreto' y 'Que no te den virutas por barrica', indican por dónde van los tiros, con sus correspondientes matices, pero veamos qué se esconde en su interior.

El mandamás de la guía peñazo hace las presentaciones, incluyendo una mosqueante siembra de sospecha: "Existen, entre otras, unas prácticas secretas en la enología de las bodegas. Son los llamados 'alternativos', un eufemismo aplicado a sustituir la barrica de roble por virutas, duelas o trozos de distintos tamaños de roble introducidos en los tanques de acero o cemento. ¿Es un pecado? ¿Es un fraude?". Desde su flamante blog paisano, su veterano colega parece responderle: "El debate quedó sancionado, al menos desde el punto de vista legal, cuando, en 2006, la Unión Europea aprobó su uso en vinos, aunque cada Estado miembro ha podido desarrollar su propia legislación en un tema delicado como es el de añadir al vino trozos de roble de diferentes tipos y tamaños (virutas, cubos, polvo, granulates, blocks, etc.) En España se permite, sin que haya obligación de indicarlo, aunque no pueden mencionarse términos como 'fermentado', 'envejecido' o 'criado' en barrica en el etiquetado. Finalmente, la práctica se ha extendido más de lo que a muchos les gustaría reconocer".

Con el fin de contextualizar el tema, el ínclito Peñín hace memoria: "A partir de mediados de los años Noventa, la demanda de barricas de roble francés por parte de las bodegas españolas ha sido descomunal. Ningún país ha renovado y aumentado el parque de barricas tan rápidamente como el nuestro. Muchas tonelerías francesas han sobrevivido gracias al mercado español. Hemos presumido de contar con el mayor parque de toneles cuando los demás países, sobre todo los del Nuevo Mundo, nos veían como unos santos inocentes porque saben que, técnica y sensorialmente, llevar 'el roble al vino' y no 'el vino al roble' resulta, no sólo más barato, sino mejor para captar la complejidad de la fusión de los dos elementos sin que el uno y el otro obstaculicen el sabor de su conjunto". Y, en este punto, da rienda suelta a su apasionada defensa de los alternativos: "Me refiero a la utilización de robles de alta calidad, tanto del vino criado en barricas como criado en depósitos de acero con introducción de trozos de madera de diferentes tamaños y tostados. Si la sofisticación ha llegado a la producción de barricas, también ha llegado a la producción de alternativos de roble. No se trata de abaratar el coste del vino sino de mejorarlo, evitando la irregularidad del comportamiento del vino en las diferentes barricas".

En contra de esta opinión, la mayoría de los profesionales todavía justifica las (in)superables particularidades de la crianza. Sirva como muestra la tesis avalada por Roberto Laguna: "Es altamente importante el intercambio gaseoso entre el ambiente y el vino (microoxigenación) que se produce debido a la porosidad de la madera (proceso oxidativo), así como la cesión de los compuestos químicos de las duelas de madera al vino (proceso de disolución)". Una tesis que se resume en cinco puntos: "Entrada de aire a través de la madera; evaporación de componentes volátiles a través de la madera; precipitación de diversas sustancias inestables del vino en la barrica (afinamiento); cesión de sustancias contenidas en la madera hacia el vino. Dependerá del tipo de roble empleado así como de la intensidad del tostado de la madera; formación y transformación de multitud de compuestos en los vinos (entre ellos los polifenoles)".

Ajeno a la corriente mayoritaria, monsieur Peñín continúa erre que erre, desvelando de refilón al paganini de su publirreportaje: "Me puse a catar en la delegación en Madrid de Oenochêne una muestra de un vino de calidad media sin roble, otra con 6 meses en barrica y otra con 4 meses criado en depósitos de acero con trozos de roble. El resultado fue espectacular a favor de los alternativos. Por pura deducción y a la vista de que la selección de materia prima, origen del roble, secados y diferentes tuestes de las maderas son las mismas que para la fabricación de barricas, no existen elementos que prueben que un vino criado en roble sea mejor que el roble introducido en el tanque de acero. Si la diferencia a favor del tonel se halla en la lenta microxidación, hoy existen procedimientos técnicos para regular mecánicamente y con más rigor esa labor. Algunos ponen en tela de juicio la posibilidad de que el vino envejezca igual que el criado en roble. Sin embargo, esta contingencia está encomendada, no al tiempo de la crianza en barricas, sino al pH del vino y la eficiente microxidación del mismo. Las moléculas odoríficas del roble se transmiten al vino de la misma forma, ya sean con trozos o duelas de roble introducidos en el depósito o incluso en la barrica vieja".

Por su parte, el crítico de El País se muestra más reservado, aunque también parece por la labor: "Lo cierto es que, bien utilizados, se consiguen resultados estimables. Sobre todo si se procede a una pequeña micro oxigenación que compense la falta del intercambio gaseoso proporcionado por la barrica. [...] En contra, la vida más corta del vino en botella, y la evolución a peor de sus parámetros organolépticos. Algo que no debe importar mucho en vinos con una rotación inferior al año".


El gracioso Peñín, sin embargo, juega a dos bandas con la mano que le da de comer. Primero, le ofrece una de cal: "Es evidente que impuesto por el pudor de la tradición ningún enólogo confiesa esta práctica. Si acaso, en los vinos de batalla". Más tarde, contrarresta con otra de arena: "¿No será que su secreto se deba más a la difícil justificación de los altos precios de un vino de calidad con estas prácticas infinitamente más baratas, que a la irreverencia de las mismas? Un kilo de alternativos de madera de alta calidad (la misma de las barricas más suntuosas) con la dosificación de 3 g/l, cuesta 8 € para 333 litros de vino, más o menos la capacidad de una barrica. Basta hacer un sencillo cálculo para observar que la diferencia de costes es abismal, sin contar con la reposición de barricas, las mermas por evaporación, la mayor inmovilización de la mercancía, el cuidado permanente de la tonelería, el peligro de accidentes en su desplazamiento y el espacio mayor que ocupa en las bodegas. Todo ello incrementa innecesariamente el precio del vino". Ya en caliente, se pone la camiseta verde para lanzar su (pen)última andanada: "¿No es un lujo innecesario incluso inmoral por afectar a la sostenibilidad y por su valor ecológico, que una de las mejores maderas del mundo como el roble se utilice solo para 'dar sabor' al vino, construyendo un envase semiartesano como la barrica?". Aún antes de poner punto y final, el todopoderoso guía se las da de futurólogo y adelanta: "La barrica es el único utillaje antiguo que todavía sobrevive. En las próximas décadas ¿veremos las barricas sólo como una pieza de museo? La sofisticación de los alternativos parece anunciar el principio de su fin".

Ante esta dicotomía entre crianza o simple maceración, Carlos Delgado reincide en su cautela y solo pide honestidad: "Hay que exigir a las bodegas que si lo hacen lo ponga bien claro en la etiqueta. No es ninguna vergüenza. Si lo haces, dilo. Todos saldremos ganando". Pero se despide con un aviso para navegantes: ya existen estudios, como el publicado por un grupo de investigadores españoles en el número de marzo de Food Research International, que desarrollan métodos para discriminar entre los dos tipos de vino con aciertos superiores al noventa por ciento.

En vista de cómo está el patio, ni el tabernero ni yo nos atrevemos a aventurar un pronóstico al respecto. De lo único que estamos seguros es de que hace ya mucho tiempo que nos vienen dando virutas por barricas, porque en España la picaresca sigue a la orden del día. De eso, y de que no conocemos a nadie capaz de jugarse el cuello diferenciando las unas de las otras.

27.1.14

Por libre

Modestia aparte, Sobremesa se ve a sí misma como una revista "de vino, gastronomía, actualidad y tendencias, avalada por los mejores profesionales del sector". Creada en 1984, por estas fechas se cumple su trigésimo aniversario, efeméride que celebra en su número de enero reuniendo lo que considera "algunas de las figuras más importantes de los mundos del vino y la gastronomía" debido a que "su influencia y su labor divulgativa han marcado las tendencias definitivas en ambos campos a lo largo de las últimas tres décadas". En ese escandaloso cajón de sastre, lo mismo caben Ferran Adrià que José Ribagorda, Custodio López Zamarra que José Peñín, José Carlos Capel que Miguel Arias Cañete, Rafael Ansón que Juan Echanove, y sus jugosas entrevistas se pueden saborear en papel de toda la vida (como he hecho yo en la taberna), en pantallitas digitales o adornadas con imagen y sonido conscientemente informales en el canal de vídeos por un tubo que la publicación aloja gratuitamente en la red de redes.


En el citado cajón de sastre también hay sitio para Carlos Delgado, pionero de la crítica enológica de difusión nacional, actual columnista y bloguero de El País, impulsor en el pasado de la revista Vino y Gastronomía y del grupo OpusWine, y autor del fundacional El libro del vino. Y resulta que, en la breve semblanza que los juntaletras de turno esbozan sobre su figura, el subconsciente les juega una mala pasada y terminan haciendo una confidencia tan innecesaria como sospechosa: "Desde hace cuatro años va por libre", advierten los redactores acerca del veterano catavinos.

Retrocedamos en este punto: Sobremesa presume de "una mesa de cata donde el rigor y la profesionalidad constituyen las verdaderas premisas". Pero a nadie se le escapa que, como el 99% de las publicaciones especializadas medianamente sostenibles, sus intereses son eminentemente comerciales. Verbigracia: la revista pertenece al grupo Vinoselección, un club dedicado a la selección y venta de vino y productos de gastronomía, fundado en 1973 por Massimo Galimberti y asentado en Reino Unido, Alemania, Holanda, Argentina, Uruguay, Brasil, Canadá e Italia, donde operan distintos clubes que cuentan con más de cien mil socios y más de cien empleados. Con estos datos, huelgan las explicaciones.

Avancemos de nuevo hasta la semblanza de Carlos Delgado: tan asentada está entre la profesión la certidumbre de que la (casi) totalidad de los escribanos deben sus opiniones a las voces de sus amos, mecenas directos o indirectos de su actividad crematística, que incluso en la letra pequeña de las grandes ocasiones se cuelan deslices con los que alimentar el insaciable apetito de los conspiranoicos. Tanto da si el gazapo que cierra el despiece de la entrevista al vehemente Delgado es obra de Juan Manuel Ruiz Casado o de Saúl Cepeda (ambos firmantes del desaguisado); lo que importa a los lectores más susceptibles es conocer qué se esconde realmente tras denuncia tan ambigua: ¿Qué significa ir por libre en el mundo de la crítica de vinos? ¿Por qué solo hace cuatro años que Carlos Delgado va por libre? ¿Se puede ir por libre estando a sueldo de El País? ¿Por qué no iba por libre antes?


Demasiadas preguntas cuyas respuestas se pueden intuir, pero que nunca aparecerán publicadas en Sobremesa, una más de las revistas pretendidamente respetables que han devenido en meros catálogos del "sibaritismo y el lifestyle". Y no lo digo yo; lo dicen sus propios vendemotos: "Te dejamos todos los meses en el buzón los reportajes de la más rabiosa actualidad vinícola y gastronómica. Las mejores propuestas para realizar escapadas gastronómicas. Lo último en lujo y tendencias. Lugares de ensueño, delicatessen fascinantes y sugerentes viajes. Entrevistas con los personajes más 'in' del momento. Y por supuesto, la mejor guía de cata en la sección Dossier, para acertar siempre en tu elección, sea para tomar un vino, o para invertir en él". Lástima que hayan olvidado añadir como colofón: "Todo ello, previo pago de su importe (en publicidad o en especie) por parte de los interesados". O sea.

22.1.14

¿Cuánto cuesta una botella de vino?

¡Maldita la hora en la que mi tabernero y yo nos hemos inmiscuido en una de las más agrias polémicas que mantienen en vilo desde antiguo al tinglado vitivinícola español: el precio de la botella de vino! Cuanto más me adentro en el abismo de este negocio, a base de tragos y charlas, más cercano me siento a la rutina dominical instalada en casa de Valerio Magrelli. En su último libro, Adiós al fútbol, el poeta romano confiesa cerrar la semana dando vueltas por el salón, intentando evadirse del resultadismo balompédico: "Quiero saber y al mismo tiempo no saber". Lo mismo me ocurre a mí con el vino.

En fin, que el tabernero y yo nos las hemos tenido tiesas a cuenta del irresoluble asunto. La chispa que ha prendido una mecha trenzada tiempo atrás han sido sendos artículos publicados en los últimos días por una de las (más resistentes) fuerzas vivas de la crítica enogastronómica de nuestro país (Carlos Delgado) y por un blog paradigmático de la posmodernidad librecambista (Popthewine.com), que han dejado (más o menos) claras sus respectivas posturas sobre la peliaguda cuestión.


Por un lado, los responsables del portal de venta online que se cisca desde sus principios fundacionales en puntos, guías, medallas y gurús, defienden, tras una larga exposición de motivos, que "solo en costes de producto 'puro" (uva, sustancias adicionales, barrica, recipiente, tapón y etiquetado) una botella de vino puede "superar los 6 euros fácilmente", a los que habría que añadir "el coste humano (nóminas de los empleados en bodega y trabajos sobre la viña), el coste estructural (edificio de la bodega, depósitos, maquinaria agrícola), el coste de elaboración (máquina embotelladora, depósitos, luz, agua, productos, abonos, combustible, etc.), los costes financieros (hay vinos que salen de la bodega tras años de su vendimia), costes de marketing (acudir a premios, ferias, salir en las guías y publicaciones, catas, degustaciones, etc.) y los impuestos (que tan solo el IVA del vino comprado en una tienda es del 21%) o pertenencia a denominaciones de origen"; sin olvidar que "¡algo habrá que sumarle a eso para que gane algo de dinero la bodega, el que lo transporta y el que lo vende!".

Por otro lado, el autor del Manual del Santo Bebedor afina un poco más la puntería antes de lanzar un dardo envenenado contra el todopoderoso prescriptor patrio: "La guerra de los precios bajos (lowcost) puede causar estragos en el sector vitivinícola español y afectar seriamente la imagen de calidad de sus vinos. A la política agresiva de las grandes superficies, con promociones, venta en exclusiva y fuertes rebajas, se unen los vinos de marca 'blanca', que, en el caso de Carrefour, han tenido el privilegio de ser valorados por la prestigiosa Guía Peñín 2014. Y con puntuaciones de notable para arriba". Tras lo cual se atreve a poner nombre y apellidos a sus desvelos: "La duda surge ante determinadas ofertas, como un Rioja Reserva 2008 por 3,80 euros, el Tres Reinos de Carrefour (84 puntos GP), embotellado por Marqués del Atrio".

Tenemos, por tanto, dos hechos incontrovertibles y (aparentemente) enfrentados: de una parte, una razonada (y más que razonable) justificación del precio medio recomendado para una botella de vino español; de la otra, la (más que tozuda) realidad: su verdadero precio de mercado. Y a un servidor, marcado por el estigma del escepticismo desde su forzado paso por la pila bautismal, ni lo uno ni lo otro le terminan de convencer, para qué engañarnos. Sobre todo porque, a fin de cuentas, ambos enunciados vienen a decir lo mismo: que una botella de vino no debe ser tan cara como la venden unos ni tan barata como tratan de venderla otros.


A estas alturas de la historia, no se trata de alistarse con tirios o con troyanos, sino de ir al meollo de la guerra. El principal peligro de la estrategia que (mal)vende los caldos a precio de saldo no es el coste en sí mismo, sino el (convenientemente remunerado) aval prestado por los consejeros más mediáticos a semejantes (sub)productos. Concretando: el pasado 17 de diciembre, la Guía Peñín de los Vinos de España anunciaba a bombo y platillo la inclusión (por primera vez) en su edición 2014 de "los más de 70 vinos de marca propia de los hipermercados Carrefour", y justificaba la medida (auto)erigiéndose en servicio público: "Con la incorporación de los vinos de marca propia de la Bodega Carrefour se atiende a la demanda de aficionados al vino que buscan en la Guía Peñín una herramienta que les oriente entre el amplísimo número de marcas que existen en el mercado".

A decir verdad, a mí no me han preguntado nunca, y al resto de la parroquia que se ha sumado al debate mantenido entre el tabernero y yo, tampoco. Así que me barrunto que donde dice "demanda de aficionados al vino", debería decir "talegada aflojada por los paganinis de la cadena de hipermercados". En caso contrario, resultaría imposible de digerir el comunicado lanzado solo tres días después por la propia Guía, en un alarde de farisaísmo sin parangón que afectaba directamente a la competencia: "La cadena de supermercados Lidl ha accedido a retirar cualquier alusión a Guía Peñín en la sección de bebidas de todos sus establecimientos". Con vomitivo recochineo, el presidente de honor del alcohólico vademécum, José Peñín, zanjaba la cuestión el 22 de diciembre vanagloriándose en las redes sociales de su subvencionada omnipotencia: "En Carrefour ponen los puntos Guía Peñín hasta en las cajas de vinos", se podía leer en un bochornoso tuit que adjuntaba foto del desmán. Resumiendo: la Guía Peñín solo tiene amigos entre quienes que pasan por caja.


Todo esto dibuja un escenario devastador para el futuro del vino español, en el que el consumidor medio habrá de andarse con cuidado si no quiere caer en alguna de las numerosas trampas que le tiende el mercado. Por ir concluyendo: para elaborar la Guía Peñín 2014 se han catado (supuestamente) unas 10.000 referencias, pertenecientes a 2.137 bodegas (menos de la mitad de las existentes en España), con una nota media de 87,8 puntos; si tenemos en cuenta que casi un tercio de los vinos reseñados (3.328) supera el umbral de los 90 puntos, a nadie en su sano juicio se le ocurriría exhibir con orgullo puntuaciones de 84 (Tres Reinos, citado por Carlos Delegado) o de 87 (Moralinos, tuiteado por monsieur Peñín). Pero, en un país asolado por la necedad, incluso el cutrerío más atroz (ocupar el puesto 6.000 u 8.000 en un sector determinado) puede ser vendido con ostentación. Los puntos comprados al peso pretenden compensar un precio aligerado de cargas con el único fin de confundir al consumidor desinformado, y así es imposible adivinar cuánto cuesta realmente una botella de vino.